La fiesta de la Ascensión se celebra en Jerusalén

En el Monte de los Olivos, el lugar donde se recuerdan los últimos instantes que Jesús pasó en la Tierra, los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa celebraron la fiesta de la Ascensión.   Las celebraciones en Jerusalén comenzaron la tarde del 20 de mayo con la entrada solemne del vicario custodial, fray DobromirJasztal, en la capilla de la Ascensión, donde solo una vez al año, con motivo de esta solemnidad, está permitido celebrar la Eucaristía. Después, los frailes y las hermanas rezaron Vísperas y Completas al aire libre, frente a la capilla.  Luego, los religiosos, junto con algunos otros laicos, realizaron la procesión solemne que dio tres vueltas alrededor del edículo de época cruzada, que conserva una roca donde la tradición reconoce la huella del pie derecho de Jesús.

Los primeros cristianos recordaban la Ascensión reuniéndose en una gruta en el Monte de los Olivos, donde habría sucedido el episodio bíblico, según se lee en los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 12).  El actual edículo es todo lo que queda de una iglesia cruzada, destruida por los musulmanes, que compraron el lugar en 1198 y desde entonces ha sido propiedad del waqf islámico de Jerusalén.  Una primera iglesia fue construida ya en el siglo cuarto: según algunos, en 390, por Poimenia, una devota romana, mientras que los escritos de Eusebio indican que fue en 333, por obra del emperador Constantino, a petición de su madre, Elena. La iglesia fue destruida dos veces en el transcurso de los siglos, hasta la reconstrucción de los cruzados. El edificio del edículo, que aún hoy perdura, fue transformado en mezquita, pero actualmente no se utiliza para el culto.

El 21 de mayo, festividad de la Ascensión, los frailes celebraron varias misas en la capilla del Monte de los Olivos, desde la mañana temprano.   La misa solemne, presidida por el vicario custodial, fray DobromirJasztal, se celebró al aire libre, fuera de la capilla.  “La Ascensión al Padre es un hecho que completa la comprensión de la resurrección misma, hasta la efusión del don del Espíritu Santo”, dijo el vicario en su homilía.  Ascendiendo al Padre, Jesús no se aleja de sus discípulos, permanece con ellos con su obra y les encarga una misión: «Id, pues, yhaced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y delHijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-20).

“La comprensión del misterio de la salvación y de la misión encomendada llega con el tiempo y, sobre todo, con la disposición personal a recibir el don del Espíritu Santo que se ha prometido – explicaba fray Dobromir –.  Hoy, a dos mil años de distancia, tambiénpodemos sentir la tentación de preguntarnos: Señor, ¿cuándo vendrás a recogernos a todos, para llevarnos allí donde has ascendido y hacernos disfrutar de la felicidad y la gloria a las que estamos llamados?  Lamentablemente, tampoco recibiremos una respuesta que tenga una fecha o cualquier otra indicación precisa.  Nosotros también recibimos la invitación a no mirar el cielo sino permanecer en la tierra y, como los discípulos de entonces, mirar a nuestro alrededor para ver dónde y cómo podemos encontrar la presencia del Señor”.  El vicario concluyó diciendo que no le pidamos al Señor otros milagros para nosotros: “Pidamos la luz y la fuerza del Espíritu para poder servirle a Él en los hermanos, unirnos a Dios y alcanzar la gloria que celebramos en este lugar”.

 

Beatrice Guarrera