Jubileo de las profesiones religiosas y las ordenaciones sacerdotales

Tres frailes franciscanos de Tierra Santa, fray Giuseppe Ferrari, frayStephaneMilovitchy frayFredericManns, ofrecieron su testimonio sobre la Custodia y el franciscanismo a partir de su experiencia

El domingo 14 de julio tuvo lugar una de las celebraciones que precede a la clausura del Capítulo Intermedio de la Custodia.  Era el jubileo de las profesiones religiosas y las ordenaciones sacerdotales. Fueron muchos los que celebraron los 25, 50 y 60 años de vida sacerdotal o religiosa, y muchos los frailes de la Custodia que compartieron esta fiesta.

Fray Giuseppe Ferrari, italiano, Delegado para Italia de la Custodia de Tierra Santa, presta su servicio en Roma y este año celebra los 50 años de vida religiosa.

¿Cuál es el acontecimiento más importante que le ha tocado vivir durante estos años?
- La mía es una vida muy normal. Crecí adquiriendo una cierta conciencia sobre mí mismo.  En el camino, me encontré dentro de una realidad que sentí como mía, como el espacio en el que mi persona, con mis expectativas y mis sueños, se encontraba bien.  Es cierto que después mi vida estuvo llena de experiencias de distinto tipo, muy diferentes entre sí, pero nunca conseguí identificar un momento decisivo que me hubiera ayudado a entender que este era mi camino, incluso durante el trayecto. Quizá la experiencia más importante que vivo a diario es el hecho de sentir a mialrededor una gran acogida por parte de los frailes y de las personas que me rodean, es algo que me hace muy feliz y a menudo no logro saber el motivo.  Esta experiencia es también la que me impulsa a seguir adelante en determinadas situaciones, a pesar de todo, aunque no tenga ganas.  Si hay algo que siempre ha sido importante para mí es haber estado inmerso en una realidad que me decía “eres parte de nosotros”.  Esta experiencia interior siempre la interpreté como una expresión de la presencia del Padre Eterno hacia mí.
Probablemente en la vida suceden muchas cosas, yo he estado en ellas en cierto modo y ahora me encuentro aquí.  Pero sin duda no es una casualidad.

¿Cómo ha cambiado – según su experiencia personal – el franciscanismo?
- Parto de una experiencia muy significativa para mí: hace tiempo viví en fraternidad en Emilia Romagna (Italia) y en esa circunstancia me preguntaba mucho, incluso dentro de mi fraternidad, sobre nuestra identidad.  La respuesta que me daba es que con frecuencia se corre el riesgo de que la imagen que las personas tienen del franciscanismo supere la realidad: creo que deberíamos adentrarnos más en esta realidad social que me ha creado y crea a mis hermanos para entenderla, apoyarla y vivirla explicando aquello que es específicamente nuestro.  Seguramente, desde que era niño y tuve mi primer encuentro con “el fraile”, el concepto de franciscanismo ha cambiado mucho, tanto que aquella idea de entonces prácticamente ya no existe.  Lo que me cuesta percibir hoy es que quienes nos rodean con frecuencia nos piden ciertas cosas que nos gustaría que fueran otras.  Muchas veces hay estimación y afecto por parte de muchos, y también voluntad de incluir el franciscanismo en proyectos culturales y sociales de todo tipo, pero se tiende a omitir la experiencia religiosa y de Dios a favor de la cultural y social.

¿Cuándo entró en la Orden, esperaba que este fuera su recorrido?
- Nunca he tenido demasiadas expectativas. Esta profunda acogida que me rodeaba siempre me sirvió de plataforma para saber cómo proceder.  He tenido la posibilidad de vivir muchas experiencias, desde muy joven, que me han gratificado humanamente, incluso experiencias de compromisos concretos que yo no habría ni siquiera considerado, pero luego me di cuenta de que fueron momentos de enriquecimiento personal que no entraban en mis expectativas.
Mi vida ha sido muy sencilla, sin duda hermosa.  Han sido años llenos de dificultades pero siempre me encontré con una buena dosis de herramientas para hacerles frente, por lo que incluso las crisis y las dificultades debidas a mi temperamento y a mis límites, nunca me impidieron avanzar.

Fray Stéphane Milovitch, francés, es responsable de la Oficina de Bienes Culturales de la Custodia, viceecónomo y subdirector de Recursos Humanos.  Celebra 25 años de su profesión religiosa.

¿Cuál es el acontecimiento más importante que le ha tocado vivir durante estos años?
- Para mí un acontecimiento decisivo en estos años en la Custodia fue cuando el entonces Custodio, fray PierbattistaPizzaballa, me pidió ser Secretario.  En ese momento, yo era un fraile en formación, que tenía un itinerario de estudios teológicos concreto, primero, y litúrgico, después.  Servir como Secretario fue crucial para mí porque me permitió conocer la Custodia a través de horizontes que, de otra forma, nunca habría tenido oportunidad de conocer. Tuve la posibilidad de experimentar situaciones con las que de otro modo nunca me habría relacionado, y eso fue una experiencia enriquecedora, que me hizo sentir profundamente orgulloso de la Custodia.  Cuanto más ampliaba mis horizontes, más en sintonía me sentía con esta realidad que había elegido. Fue una época llena de dificultades pero me proporcionó claves de interpretación fundamentales para comprender no solo la parte de la Custodia que vivo, sino también todo lo que gira a su alrededor, permitiéndome unirme a ella cada vez más.  Una segunda experiencia es la presente: actualmente soy responsable de Bienes Culturales. Tener la posibilidad de entrar en contacto con la parte histórico-artística de la Custodia me ha permitido seguir comprendiendo, cada vez mejor, cómo la historia de un objeto, incluso los de pequeñas dimensiones, te lleva a la historia del donante y de su relación con la Iglesia, pero también a la de la Custodia.

¿Cómo ha cambiado – según su experiencia personal – el franciscanismo?
- Para mí la vida franciscana debía ser una vida sencilla, pero la de la Custodia tiene aspectos más estresantes, que requieren también la gestión de diferentes responsabilidades en las que nunca hubiera pensado.  Por ejemplo, en estos años he realizado unos 690 libros de liturgia vinculada a los santuarios.  En general, creo que el modelo de vida no es el que yo esperaba.  Sin embargo, me parece importante que un fraile menor pueda hacer de todo, desde arreglar el jardín a ocuparse de los bienes culturales.
Creo que es importante tener fe en el carisma y ser menor incluso cuando las situaciones te dan visibilidad, hay que hacerlo de manera sencilla.  Debemos seguir mostrando nuestro ser franciscano independientemente de la situación.  Para mí es importante ser un signo en cualquier situación y por eso me cuesta no llevar el hábito en todo lo que hago durante la jornada: me recuerda quién soy, en qué creo y qué quiero ser.

¿Cuándo entró en la Orden, esperaba que este fuera su recorrido? 
- Mi vocación franciscana nació junto con mi vocación por la Custodia. Cuando estaba en Francia, frecuentaba un grupo juvenil de las clarisas, pensaba en la vida consagrada pero creía que los franciscanos no eran para mí.  Después pasé un periodo de voluntariado en Tierra Santa en 1992 y el carisma franciscano que había conocido en Francia arraigó profundamente aquí y por eso entré en la Orden en la Custodia.  También entré aquí con la idea de poder servir a la Custodia como guía para los peregrinos: amo la Tierra Santa y la ciudad de Jerusalén y pensaba que tendría la posibilidad de poder compartir esta pasión, pero nunca hice nada de todo eso.  Como demuestra la evidencia, estoy haciendo algo totalmente distinto, pero poniendo a disposición lo que yo soy.

Fray Frederic Manns, francés, es profesor emérito de exégesis neotestamentaria en el StudiumBiblicumFranciscanum.  Es uno de los mayores expertos en las relaciones entre judaísmo y cristianismo en los primeros siglos y celebra 50 años de vida sacerdotal.

¿Cuál es el acontecimiento más importante que le ha tocado vivir durante estos años?
- Una experiencia fundamental para mí fue cuando conseguimos que el StudiumBiblicumFranciscanum fuera reconocido como facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología.  De hecho, cuando llegué a Tierra Santa, la Flagelación era una facultad de teología bíblica.  Nadie creía en ello, después de varios intentos fallidos.  Yo lo intenté y conseguí obtener el reconocimiento de la Santa Sede para nuestros arqueólogos y nuestra escuela bíblica.  Estoy realmente agradecido al Señor y a la Custodia por ello.

¿Cómo ha cambiado – según su experiencia personal – el franciscanismo?
- El mundo ha cambiado muchísimo en estos años.  Máquina de escribir, ordenador, Internet, el mundo cambia a un ritmo increíble pero para nosotros es importante tener puntos de apoyo sólidos, de lo contrario estaríamos siempre a merced de los cambios.  Creo que es necesario volver a descubrir la identidad franciscana profunda todos los días: la vida de los Frailes Menores es vivir el Santo Evangelio y por eso tratamos de estudiarlo y profundizar en él, porque intentamos ponerlo en práctica con la gracia del Espíritu Santo.  El mundo cambia a un ritmo increíble y seguirá cambiando, por eso nuestra identidad debe reafirmarse constantemente de forma contundente.

¿Cuándo entró en la Orden, esperaba que este fuera su recorrido? 
- Yo le había pedido a mi Provincial ser sacerdote obrero, pero él no respetó mi voluntad y yo obedecí su plan.  Llegué a Jerusalén, a la Flagelación, para permanecer durante seis meses y ya hace 47 años que estoy aquí.  La voluntad de Dios nos dice algo cada día, debemos estar atentos para obedecer a la Providencia de Dios porque él es el maestro de la historia.  En las iglesias orientales siempre está el Pantocrator en la cúpula: él es quien manda, nosotros debemos hacer su voluntad con el don del Espíritu.  Creo firmemente que algo está ocurriendo, incluso a partir del enorme sufrimiento extendido por el mundo, especialmente en las zonas más sensibles que están muy cercanas a nosotros.  Cada día gritamos: “Maranatha, ven Señor Jesús”, y vivimos en la espera y la esperanza de esta vuelta porque sin Dios somos incapaces de resolver los problemas de la humanidad.  Este periodo de mi vida está lleno de espera y esperanza, que es la última en morir.
 

Giovanni Malaspina