Jerusalén: la Natividad de María en Santa Ana

“La pandemia que vivimos ha creado un clima de miedo, que pone de manifiesto nuestra interdependencia. Estamos vinculados, para bien o para mal, pero para salir de esta crisis debemos estar unidos”.  Así introducía fray FrédéricMannns, biblista y profesor emérito en el StudiumBiblicumFranciscanum, la celebración eucarística del martes 8 de septiembre, solemnidad de la Natividad de la Virgen María y celebración en honor de Francia en la basílica de Santa Ana de Jerusalén.

Una fiesta diferente y especial, dada la total ausencia de religiosos y fieles franceses residentes en Jerusalén, que habitualmente participan en la celebración.  Este año, debido a la situación provocada por la propagación del coronavirus y a la espera de las próximas disposiciones locales, todos han tenido que renunciar a formar parte de los festejos. Asistió a la celebración, en representación del consulado francés de Jerusalén, el padre LucPareydt, jesuita y consejero eclesiástico del consulado.

“Hoy el plan de Dios se cumple a través del nacimiento de esta niña llamada María”, dijo fray Manns en su homilía. “Dios no podrá llevar a cabo su proyecto sino a través del sí de esta joven, el día en que ella pueda decidir sobre su vida.  Dios está unido en su humanidad a toda esta estirpe de hombres y mujeres. Está unido al libre albedrío de María, igual que estará unido a la libertad de elección de los discípulos y, hoy, a la de cada uno de nosotros”.

El lugar en que se encuentra la iglesia de Santa Ana tiene sus orígenes en el protoevangelio de Santiago, que afirma que la casa de los padres de María, Joaquín y Ana, estaba situada “no lejos del templo”. A partir de la dedicación de la pequeña iglesia construida sobre la casa de los dos santos, que tuvo lugar en el siglo IV, la solemnidad se extendió por todo Occidente gracias al papa Sergio I, de origen sirio.

La iglesia es uno de los edificios cruzados que se mantienen intactos gracias al rey Saladino, que la transformó en escuela coránica shafiita. Para la Custodia de Tierra Santa se trata de una celebración tradicional, que hunde sus raíces en el pasado: de hecho, incluso durante la ocupación musulmana, los franciscanos trataban de acceder por todos los medios para poder celebrar allí, y los testimonios narran que lograban hacerlo colándose a través de una ventana que todavía hoy puede verse dentro de la cripta.

Solo en el siglo XV los frailes obtuvieron un permiso oficial que les permitía celebrar el día del nacimiento de la Virgen, el 8 de septiembre, y el de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre.  Tras la guerra de Crimea, en 1856, el edificio fue donado a Napoleón III por el sultán Abdul Majid como agradecimiento por su ayuda militar durante el conflicto.  La iglesia actual, restaurada después de la guerra de 1967 que le causó graves daños, está a cargo de los padres misioneros de África, una congregación misionera fundada por el cardenal Charles-MartialAllemandLavigerie.

“Para que la obra de Dios se cumpla en nuestra vida durante toda nuestra existencia en la Tierra, basta abrir nuestro corazón a la gracia de Dios que siempre está trabajando”, concluía fray Manns. “Todo lo que se necesita es tomarse tiempo para meditar la Palabra de Dios cada día y dejar que esta tenga su espacio en nuestro interior, para que el Espíritu Santo pueda descender a nuestro corazón y ayudarnos a acoger la llamada que hemos recibido y a estar preparados para nuestros impulsos más hermosos”.

Para finalizar, antes de la bendición, se rezó la tradicional oración por la república francesa, en la que se pidió al Señor que los hombres y mujeres de este país busquen siempre la justicia para asegurar una paz sólida y verdaderapara todos.

 

Giovanni Malaspina