Jerusalén anuncio perenne de la Resurrección

“Señor, tráenos hacia ti para que volvamos, renueva los tiempos pasados” (Lam 5,21).

Esta es la antífona que encuadra los tres cánticos de las Vigilias de los domingos de Cuaresma. Los cánticos, que son un diálogo entre el Dios misericordioso y el pueblo pecador sediento de reconciliación preceden a la Memoria de la Resurrección.

El penúltimo versículo de los cánticos es una súplica que los franciscanos, con los amantes de las vigilias de Jerusalén y de los peregrinos que se unen a la celebración, elevan a Dios en el lugar de la Resurrección, en nombre de la humanidad atribulada en busca de reconciliación: “¿Porqué te olvidas siempre de nosotros y nos tienes abandonados por tanto tiempo?” (Lam 5,20).

Esta angustia de la humanidad fue asumida por el sufrimiento de nuestro Señor en Getsemaní y en el Calvario: “¡Abba! ¡Padre!: todo es posible para ti, aparta de mí este cáliz, pero no se haga lo que yo quiero,m sino lo que quieres tú! (Mc 14,36); “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34) La respuesta la encontramos en la celebración que recuerda la potencia de Dios Padre, que resucitó a su Hijo de la muerte y el ángel anuncia con su presencia: “El ángel del Señor bajó del cielo y se acercó, corrió la losa se sentó encima. Aleluya”. En efecto, al entonarse esta antífona toda la asamblea presidida por el Libro de los Santos Evangelios, homenajeado por las virutas de incienso perfumado, se dirige a la tumba nueva del Señor, ahora vacía e iluminada por las lámparas que arden noche y día.
Honrada también la tumba por el canto incensante de la antífona, el Padre Custodio entra en la gruta de la Anástasis, coloca sobre la losa el Libro sagrado e inciensa libro y altar, que también es la tumba. Permanece arrodillado en contemplación y plegaria intensa y ardiente mientras la asamblea alumbrada por las velas que porta en las manos canta sin cesar la antífona de la resurrección, del aleluya.

Es verdad, aunque estamos en cuaresma no olvidamos que cuaresma es pascua anticipada, porque la Anástasis es resurrección en todo tiempo. Lo proclama la Tumba, ahora vacía, antes nueva, lo anuncia el Evangelio de la Resurrección siempre vivo y vivificante. Es la luz que alumbra a los que viven en tienieblas y en sombras de muerte. Por eso se canta el Evangelio de la Resurrección al ritmo de los cuatro evangelistas en la sucesión de las semanas de Cuaresma para proclamarlo de nuevo delante de la Tumba el sábado de la Resurrección del Señor. ¡Jerusalén, Jerusalén, ciudad de la agonía, ciudad del gozo, ciudad de la Luz, ciudad de la Resurrección, ciudad de eterna esperanza!

E. Bermejo