En el Santo Sepulcro se celebra el Descubrimiento de la Santa Cruz

En Jerusalén, todos los años, el 7 de mayo, la capilla de Santa Elena se cubre con vestiduras rojas y doradas: se celebra el Descubrimiento de la Santa Cruz, que sucedió en este lugar. La capilla, en el complejo de la basílica del Santo Sepulcro, se encuentra donde antiguamente había una cantera, a pocos metros del Calvario. Precisamente allí, dice la tradición que, tras colocar el cuerpo de Jesús en el sepulcro, la cruz fue abandonada y solo siglos más tarde, en el 327, fue encontrada por la madre del emperador Constantino, Elena. Durante la vigilia de la fiesta, celebrada en las primeras horas del jueves 7 de mayo, se recordó este milagro.  Una lectura de la Historia de la Iglesia de San Rufino recordó cómo Santa Elena logró reconocer la verdadera cruz de Jesús, entre las tres encontradas, porque curó a una mujer gravemente enferma.

Jerusalén es el único lugar en el mundo donde todavía se celebra esta fiesta, ya que en 1960 el papa Juan XXIII suprimió la solemnidad del calendario romano, a favor de la fiesta de la Exaltación de la Cruz, el 14 de septiembre.  Esta solemnidad también es llamada de la “Invención” de la Cruz, de la palabra latina “inventio”, que significa “descubrimiento”, “hallazgo”.  La fecha escogida para la conmemoración fue el 7 de mayo, en memoria de otro signo importante relacionado con la cruz y la ciudad de Jerusalén. Como escribió San Cirilo de Jerusalén al emperador Constancio, el 7 de mayo de 351 “una enorme cruz luminosa apareció en el cielo, sobre el sagrado Gólgota, y se extendió hasta el Monte de los Olivos”.

La fiesta del Descubrimiento de la Cruz, en el tiempo pascual, recuerda que la cruz es fuente de vida eterna, como también destacó el padre Custodio en la homilía de la santa misa la mañana del 7 de mayo.  La celebración tuvo lugar en la capilla de Santa Elena, delante de la reliquia de la Vera Cruz. Siguiendo las disposiciones de las autoridades locales, participaron solo los frailes de la comunidad del Santo Sepulcro y unos pocos religiosos al servicio de la liturgia.

“Este año la fiesta del descubrimiento de la Santa Cruz y las lecturas que hemos escuchado adquieren un significado especial debido a la pandemia que está afligiendo al mundo entero”, dijo fray Patton a los pocos presentes.  El Custodio quiso enfatizar la importancia de pasar de la experiencia de la curación a la experiencia de la salvación.

“En este periodo hemos rezado y rezamos mucho por la curación de los enfermos de coronavirus. Sin embargo, la curación física es solo un aplazamiento del momento inevitable de la muerte, afirmó.  La experiencia de la salvación es entrar en una forma de vida plena, que es fruto de la relación personal con Jesús, con aquel que tiene la vida en sí mismo, puede darla y puede recuperarla, puede y quiere compartirla con nosotros. (…) Yo sé que moriré, pero sé que cuando acogí a Jesús en mi vida, su Palabra y su Espíritu, y acepté su invitación a vivir en relación con Él, Él mismo puso dentro de mí la semilla de la vida eterna.  La vida eterna ya ha sido sembrada en mí gracias al regalo que Jesús hizo dando la vida por mí y atravesando el misterio de la muerte por amor hacia mí y para llevarme a conocer al Padre y vivir en Él” (aquí la homilía completa).

Al final de la misa, se llevó en procesión la reliquia de la Santa Cruz dando tres vueltas alrededor de la tumba vacía de Cristo. En el edículo del Sepulcro, en el altar de la Magdalena y en la capilla de la Aparición a la Virgen María, los frailes cantaron: “O crux, ave, spes única! / Paschále quæ fers gáudium”, “Salve, oh Cruz, única esperanza, / que traes la alegría de la Pascua”.

 

Beatrice Guarrera