
El segundo día del congreso “Ambasciadores de Paz” se abrió con una palabra clave que atravesó todas las intervenciones: custodia. No solo la custodia de piedras y santuarios, sino la custodia de la memoria, de las relaciones, de las vocaciones, del futuro.
El tema de la mañana, “Custodire i Luoghi e la Memoria”, fue guiado por fray Marcelo Cicchinelli OFM, Custodio de la Natividad en Belén, quien moderó el diálogo entre tres voces de la Custodia de Tierra Santa, fray Stéphane Milovitch OFM, responsable del Terra Sancta Museum, fray Siniša Srebrenović OFM, Custodio del convento de la Agonía en Getsemaní, fray Juan David OFM, joven fraile colombiano y estudiante del Studium Biblicum Franciscanum. Surgió un mosaico vivo, Tierra Santa como lugar donde el Evangelio está escrito en la geografía, pero también en las biografías de quienes la habitan y la sirven.

Fray Stéphane Milovitch reconstruyó el camino que llevó al nacimiento del Terra Sancta Museum, definiéndolo como un instrumento para narrar los ochocientos años de presencia ininterrumpida de la Custodia en Tierra Santa. La Custodia, recordó, vive desde siempre una triple misión, custodiar los lugares santos y hacerlos accesibles a los fieles, servir a la población local, acoger a los peregrinos de todo el mundo.
El museo nace para reflejar y hacer comprender estas tres líneas de apostolado. No está pensado como un "cementerio de objetos sagrados", sino como un lugar donde el patrimonio se convierte en epifanía de la identidad de la Custodia, una Iglesia que ora, que celebra, que acoge, que cuida.
Muchas de las obras expuestas, cálices, ornamentos, dones de reyes, de peregrinos, de comisarios, nacieron para la liturgia y narran una historia de comunión entre la Iglesia local y la universal. Además, el museo quiere ser un espacio de diálogo con judíos y musulmanes, en una ciudad donde cada uno "debe ocupar un espacio", político, físico y cultural.
A través de documentos, firmanes, registros de bautismo, archivos, el museo devuelve a los cristianos locales la conciencia de una identidad enraizada y fecunda. La cultura se convierte así en un puente entre la Iglesia y la sociedad, entre pasado y futuro, entre la comunidad cristiana y las otras religiones.

La palabra pasó luego a fray Siniša Srebrenović, quien llevó la experiencia concreta de la vida en los santuarios durante las crisis recientes, desde la pandemia hasta tiempos de guerra.
En el Santo Sepulcro, durante el COVID, la escena fue casi paradójica, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación, la basílica fue cerrada por el gobierno. Los frailes de la Custodia, única comunidad que vive dentro de la basílica, se encontraron literalmente encerrados en casa, sin llave para salir. El convento tiene como única puerta la de la basílica, sellada. Durante semanas la comida llegaba por una pequeña ventana, como en siglos pasados, luego, gracias a un pasaje interno, los griegos ortodoxos abrieron para los frailes una salida a través de su monasterio.
Pero el punto decisivo no es logístico. Es espiritual.
Fray Siniša recordó que en la larga historia de la Custodia la ausencia de peregrinos fue a menudo más normal que la presencia masiva a la que nos habíamos acostumbrado en las últimas décadas. Y sintetizó así la vocación de la Custodia, "Custodiar el lugar santo significa, ante todo, orar en el lugar santo."
Incluso con la basílica vacía, las procesiones cotidianas nunca se detuvieron. Lo mismo sucede hoy en Getsemaní, a menudo con muy pocos o ningún peregrino, la comunidad sigue celebrando, orando, intercediendo por toda la Iglesia y por el mundo.
Si falta la oración, insistió, el santuario corre el riesgo de convertirse solo en un museo. La diferencia entre un patrimonio para conservar y un lugar de vida es precisamente la liturgia celebrada, la intercesión, la ofrenda silenciosa en un contexto a menudo marcado por el miedo, por las sirenas, por la memoria de guerras vividas en la propia piel.

El testimonio de fray Juan David, joven arquitecto colombiano, aportó el aliento de quien encontró Tierra Santa como una sorpresa vocacional.
Criado en Bogotá, donde para muchos la religión sigue siendo "cosa de la abuela", descubrió casi por casualidad la presencia de los franciscanos en Tierra Santa. Su párroco le propuso conocer la Custodia, intuyendo que su perfil de arquitecto podía ser un don para la misión de custodiar los lugares santos.
Llegado en 2015, su primera experiencia no fue tanto "iniciar un camino hacia el sacerdocio", sino redescubrir su propia fe, verificar que Jerusalén, Belén, el Santo Sepulcro no eran solo nombres escuchados en la Misa, sino lugares concretos donde el Verbo se hizo carne.
Hoy, mientras continúa los estudios bíblicos y arqueológicos, mira al futuro con una convicción fuerte, las piedras hablan y seguirán hablando. Recordando el Evangelio en el que Jesús dice que si callan los discípulos, las piedras gritarán, fray Juan David relacionó esta imagen con los grandes arqueólogos franciscanos que excavaron en Nazaret, Cafarnaúm, Magdala.

Las inscripciones, las casas, las iglesias antiguas surgidas de las excavaciones han "gritado" durante siglos, devolviendo al mundo la memoria concreta de la casa de María, de la casa de Pedro, de los pueblos del Evangelio. Pero queda mucho por hacer, áreas enteras como Cafarnaúm, excavadas solo en mínima parte, esperan aún ser exploradas.
Para él, el futuro pasa por aquí,
Venir a Tierra Santa, para un joven, no significa solo elegir un carisma, sino servir a la Iglesia universal custodio del "paso del Verbo sobre la tierra".
Al concluir, fray Siniša ofreció un mensaje directo a los comisarios de Tierra Santa, llamados a narrar en sus países la misión de los frailes,
no se trata solo de "hablar de santuarios", de proyectos o de necesidades económicas, sino de dar a conocer a las personas concretas que viven y sirven en estos lugares, frailes que oran, estudian, acogen, cuidan, acompañan, comunidades cristianas locales que resisten y esperan, muchos laicos involucrados en escuelas, obras sociales, peregrinaciones.
Sin rostros, nombres, historias, incluso el discurso más noble corre el riesgo de permanecer abstracto. Con rostros y historias, en cambio, Tierra Santa vuelve a aparecer por lo que es, la perla de las misiones, como la llaman las Constituciones franciscanas, pero una perla habitada, no de colección.

Fray Marcelo Cicchinelli concluyó la sesión recordando el centro del cual todo toma sentido, Hic.
Hic, aquí nació, aquí murió, aquí resucitó el Señor. Todo lo que hace la Custodia, todo lo que narran los comisarios, todos los proyectos, museísticos, pastorales, arqueológicos, educativos, tienen su epicentro en el "aquí" del Resucitado, que sigue dando vida a esta tierra y a quienes la sirven.
El segundo día del congreso “Ambasciadores de Paz” puso así de relieve una verdad simple y radical, ser embajadores de paz significa, ante todo, custodiar lugares y memorias para que estén abiertos al encuentro con Dios, con el otro, con la propia historia.
En una Tierra Santa marcada por heridas y conflictos, los frailes de la Custodia recuerdan con su vida que mientras exista una comunidad que ora, acoge, estudia y narra estos lugares, la esperanza seguirá encontrando aquí su hogar.

La mañana continuó luego con la presentación de fray Rosario Pierri sobre la historia, las propuestas formativas, los objetivos para el futuro y las excelencias históricas del Studium Biblicum Franciscanum. Profesor de griego bíblico y crítica textual, Pierri es hoy una de las figuras más autorizadas del SBF. Su guía, iniciada en 2017, ha coincidido con años de relanzamiento internacional de la Facultad, culminados en el centenario de 2024. Con estilo sobrio y riguroso, Pierri insiste en un punto clave, el estudio de la Escritura no es abstracto, sino que arraiga en Tierra Santa, "lugar teológico" que habla a través de las piedras, los textos y la memoria.
El Studium Biblicum Franciscanum nace de una intuición de la Custodia de Tierra Santa a comienzos del siglo XX, dar a los frailes y a la Iglesia un centro estable para los estudios bíblicos en el corazón mismo de Jerusalén. Tras años de preparación, las clases comienzan en 1924 en el convento de la Flagelación, a lo largo de la Vía Dolorosa. En 1960 el SBF se vincula a la Pontificia Universidad Antonianum y en 2001 se convierte oficialmente en Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología, única en su género en el mundo católico.
Desde sus orígenes, el Studium une estudio e investigación sobre el terreno, excavaciones, reconocimientos arqueológicos, catalogación de los hallazgos, publicaciones científicas, museos. El enfoque es típicamente franciscano, unir el rigor académico y el contacto directo con los lugares de la Biblia.

Su historia está marcada por figuras de relieve. Entre los pioneros destacan Maurus Witzel, Donato Baldi, Gaudenzio Orfali y Sylvester Saller, que ponen las bases metodológicas y académicas del instituto. En la posguerra emerge la figura de Bellarmino Bagatti, arqueólogo incansable y director del SBF, protagonista de excavaciones que redefinieron el conocimiento de los primeros siglos cristianos.
Junto a él trabaja Virgilio Corbo, uno de los mayores arqueólogos franciscanos, artífice de la valorización de importantes sitios de Tierra Santa y de las colecciones reunidas en el Terra Sancta Museum. Con Corbo trabaja Stanislao Loffreda, fino estudioso de la cerámica y director del SBF durante más de una década, referencia de las excavaciones en Cafarnaúm, Maqueronte y Herodión, lamentablemente fallecido recientemente.
Otra figura clave es la de Michele Piccirillo, conocido en todo el mundo por sus estudios sobre la arqueología bizantina y por la valorización de los mosaicos de Jordania, desde el Monte Nebo hasta Madaba. En el ámbito internacional es también memorable la obra de Gabriele Allegra, fundador de la sección china del Studium y autor de la primera traducción católica completa de la Biblia al chino.
El año 2024 marcó el hito de los cien años, un siglo de frailes que enseñan, excavan, estudian y narran, porque Tierra Santa no es solo un escenario, sino una clave de lectura de la Biblia y del mundo. Bajo la guía de fray Rosario Pierri, el SBF sigue siendo un puente entre la investigación científica y la vida de la Iglesia, un lugar donde la Palabra se estudia allí donde nació.

Fray Matteo Munari, profesor del Studium Biblicum, ofreció una profunda meditación sobre el tema de escuchar la voz de Dios en los momentos de crisis. Una intervención intensa, rica en referencias bíblicas, experiencias personales y provocaciones espirituales, que tocó con sinceridad uno de los nudos más complejos de la experiencia humana, comprender dónde está Dios cuando todo parece oscurecerse.
Fray Matteo abrió su reflexión con una imagen sorprendente, la primera mención de la voz de Dios en la Biblia no aparece como consolación, sino como llamado. En el capítulo tercero del Génesis, después del pecado original, Adán y Eva "oyeron la voz del Señor Dios que caminaba por el jardín".
El hombre, marcado por el pecado, huye de esa voz. "Esto es lo que nos sucede también a nosotros", explica fray Matteo, "la voz de Dios se vuelve incómoda porque pone de manifiesto lo que no queremos ver". Sin embargo, en ese "¿Dónde estás?" que Dios dirige al hombre, Aiekka en hebreo, no hay condena, sino búsqueda amorosa.

Recordando la experiencia del Éxodo, fray Matteo recordó que la primera generación que salió de Egipto no entró en la Tierra Prometida "porque no había escuchado la voz del Señor" (Josué 5,6). La escucha, por tanto, no es un elemento accesorio de la fe, sino su corazón palpitante.
El predicador denuncia con franqueza una actitud típica del hombre contemporáneo, el intento de sustituirse por Dios, de modificar la realidad según su gusto, de manipular la creación. "También las guerras", afirma, "son a menudo intentos de cambiar la historia porque no aceptamos lo que Dios ha hecho".
Elías en el Horeb: Dios no está en el estruendo
En un pasaje central de la meditación, fray Matteo recuerda la célebre página de Elías en el monte Horeb, donde Dios no se manifiesta en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el "susurro de una brisa suave", literalmente "una voz de silencio sutil".
Es una lección decisiva para nuestro tiempo, Dios habla en el silencio. Y precisamente el silencio frágil, fatigoso, a menudo evitado, se convierte en el lugar privilegiado de la escucha. En Jerusalén, cuenta fray Matteo, el riesgo mayor no eran las sirenas ni los misiles, sino el estruendo de los medios, la conexión continua que impedía una verdadera interioridad.

El centro de la voz de Dios es Cristo mismo. En la Transfiguración, la nube divina declara, "Este es mi Hijo, el Amado, escúchenlo". Para fray Matteo no existe voz más clara en tiempos de crisis, "Si una madre abadesa me pidiera una palabra de parte de Dios, yo le diría, léete el Evangelio."
El ejemplo más radical, el mandamiento de amar a los enemigos. Un joven musulmán, amigo del fraile, le confesó un día que ningún libro sagrado (ni la Torá ni el Corán) contiene palabras tan claramente divinas como aquellas de Jesús en Mateo 5, "amen a sus enemigos". Palabras que, según su juicio, "pueden realmente cambiar Oriente Medio."
Fray Matteo compartió varios episodios personales, como el de un soldado israelí encontrado en un tren, en crisis por lo que había visto y hecho durante el servicio militar en Gaza. "¿Por qué vino a hablar precisamente conmigo?", se pregunta el fraile, "porque sabía que necesitaba una luz diferente."
Ser cristianos en Tierra Santa significa esto, no alinearse, no acusar, sino ser presencia que ilumina, que encuentra, que escucha y que invita a la reconciliación.

Finalmente, fray Munari no oculta las dificultades de la vida religiosa, ni la tentación de refugiarse en la "zona de confort"de los conventos o de los propios estudios. Pero recuerda el ejemplo de los primeros cristianos, cuyo testimonio, incluso a través de la persecución, conquistó el corazón del mundo.
Para ser embajadores de paz, afirma, hay que estar dispuestos a dejarse encontrar, a acoger incluso el desprecio, a vivir sin miedo.
Francesco Guaraldi
