Embajadores de Paz: 19 de noviembre de 2025

Comienzan los trabajos del Congreso de Comisarios de Tierra Santa "Embajadores de Paz" en Jerusalén

Hoy, 19 de noviembre de 2025, ha comenzado el Quinto Congreso Internacional de los Comisarios de Tierra Santa, con el título "Embajadores de Paz, escuchar, sostener y anunciar Tierra Santa". Son 75 los comisarios presentes, acompañados por colaboradores y periodistas, provenientes de 38 países de todos los continentes, desde Ecuador hasta Canadá, desde Bolivia hasta Polonia, desde Perú hasta México, desde Panamá hasta Singapur, pasando por Croacia, Sudáfrica, El Salvador, Brasil, Filipinas, Paraguay, Australia, Indonesia y muchos otros más. Una representación verdaderamente global, signo vivo de la universalidad de la misión franciscana.

La jornada inaugural estuvo llena de actividades, oración común, escucha de testimonios, relatos de los territorios, momentos de diálogo y los primeros trabajos en los talleres, pensados para favorecer una reflexión compartida sobre la misión de los comisarios.

La celebración en el Cenáculo, presidida por el Custodio, abrió oficialmente el congreso, recordando a los presentes la disponibilidad para la escucha y el compromiso de sostener Tierra Santa en este tiempo complejo.

De regreso en el Convento de San Salvador, los participantes se reunieron luego en la Immacolata Hall para las introducciones, donde tomaron la palabra fray Matteo Brena, Comisario y presidente del comité organizador, fray Rodrigo De La Fuente, director del CLIO, junto con las reflexiones iniciales del Custodio, que delinearon el sentido y los objetivos de estas jornadas de trabajo.

Presentaciones

El Congreso Internacional de los Comisarios de Tierra Santa se abrió con una liturgia intensa y recogida, guiada por el Custodio, fray Francesco Ielpo, quien invitó a la asamblea a invocar al Espíritu Santo, a "prepararse para escuchar la Palabra" y a reconocer la luz de Dios que "no conoce oscuridad". En su saludo, el Custodio expresó gratitud por el servicio a menudo silencioso de los comisarios, animándolos a vivir estos días como un tiempo de comunión y renovado entusiasmo por una misión compartida, escuchar, comprender y sostener Tierra Santa en el tiempo presente.

En esta línea se insertó la intervención de fray Matteo Brena, quien recordó cómo el congreso representa el primer gran momento de encuentro después de años de distancias forzadas, afirmando "Necesitamos volver a encontrarnos, estar juntos", recorriendo las dificultades vividas - entre pandemia y guerra - y subrayando el deseo común de reconstruir relaciones y colaboraciones. Fray Brena relató también la génesis del congreso, "organizado en poco tiempo pero con el corazón", retomando una idea cultivada en años anteriores y relanzada a pesar de las incertidumbres del período, para devolver impulso a la misión de los comisarios como "embajadores de paz" en escucha de Tierra Santa.

Finalmente, conectándose desde Italia, intervino fray Silvio Della Fuente, llevando un saludo lleno de gratitud y memoria del trabajo compartido en los últimos años. Aseguró su cercanía espiritual a los comisarios y expresó el deseo de que este congreso pueda ser un tiempo fecundo de escucha, discernimiento y renovado impulso para la misión franciscana en el mundo.

Padre Gabriel Romanelli, informando desde Gaza.

Entre los momentos más intensos de la primera jornada estuvo la conexión con el padre Gabriel Romanelli, párroco de la Parroquia Católica Latina de la Sagrada Familia de Gaza, la única comunidad latina presente en la Franja. Argentino, originario de Buenos Aires, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado, el padre Gabriel vive y trabaja en Gaza desde 2019, tras una larga experiencia en Oriente Medio, durante la cual aprendió árabe en Egipto y enseñó filosofía en el seminario patriarcal de Beit Jala, cerca de Belén.

En su intervención ofreció a los comisarios un cuadro realista y doloroso de la situación humanitaria y espiritual vivida por la población y por la pequeña comunidad cristiana bajo asedio. Recordó cómo, en los últimos meses, la parroquia se ha convertido no solo en un lugar de culto sino también en refugio para familias desplazadas, enfermos y niños de todas las religiones, transformándose en uno de los pocos espacios relativamente seguros durante los bombardeos. Aunque marcada por duelos y destrucción, la parroquia fue alcanzada también por una bomba el pasado julio, la comunidad continúa dando testimonio de una fe "inquebrantable" y de una esperanza que, como subrayó el padre Gabriel, nace de estar cerca unos de otros y de sentir el apoyo de la Iglesia universal.

El Padre Romanelli puso particular atención en el fenómeno de la emigración forzada, una herida profunda que marca desde hace años a la comunidad cristiana de Gaza. Muchos, explicó, se ven obligados a abandonar la Franja por motivos económicos o sanitarios, o simplemente para poder garantizar un futuro a sus hijos, y esta lenta pero constante diáspora corre el riesgo de disolver una presencia histórica y preciosa. Sin embargo, junto a quienes se marchan, existe un núcleo de fieles que elige conscientemente permanecer, incluso en medio de los bombardeos, la falta de bienes primarios y la incertidumbre diaria.

Son familias, ancianos, jóvenes y voluntarios que deciden quedarse "para custodiar su tierra, su comunidad y su fe", transformando la parroquia de la Sagrada Familia en un lugar de resistencia espiritual y servicio incansable. Romanelli subrayó cómo esta elección no nace de la imprudencia, sino de una profunda convicción, ser signo de esperanza para quienes no pueden marcharse y testimoniar que, a pesar de todo, la vida continúa.

La comunidad de Chipre y Líbano: testimonios

Otro momento particularmente rico del congreso fue dedicado a los testimonios provenientes de Chipre y del Líbano, dos realidades que, aunque diversas, comparten desafíos pastorales, fragilidades sociales y una fuerte necesidad de acompañamiento.

Por Chipre intervino Mons. Bruno Varriano, OFM, obispo auxiliar del Patriarcado Latino de Jerusalén y vicario patriarcal de la isla desde 2022. Franciscano, antiguo rector y guardián de la Basílica de la Anunciación en Nazaret, Varriano recordó cómo la suya es la primera presencia episcopal latina después de casi cuatro siglos, un signo de renacimiento para una Iglesia fuertemente marcada por la pluralidad lingüística, la movilidad de los migrantes y las heridas aún abiertas de la división de la isla.

Describió una comunidad en crecimiento, sostenida por cinco parroquias - una de ellas recién erigida en el territorio ocupado - y compuesta por fieles provenientes de Filipinas, Sri Lanka, India, Europa y Oriente Medio, una verdadera "Iglesia puente", llamada cada día a generar diálogo entre culturas y confesiones diversas. Varriano subrayó la importancia del trabajo de sanación y reconciliación, recordando cómo hoy las relaciones con el Arzobispo ortodoxo y con las otras Iglesias están marcadas por la colaboración, a pesar de las inevitables tensiones, afirmando "Debemos educar a las nuevas generaciones a amar a los ortodoxos".

Desde el Líbano llegó la voz apasionada de Mons. César Essayan, vicario apostólico de Beirut para los católicos de rito latino. Su intervención devolvió con claridad la dramaticidad del momento histórico del país, atrapado entre un colapso económico sin precedentes, la parálisis política y una emigración creciente que vacía escuelas, parroquias y familias.

Essayan habló del esfuerzo de acompañar a una población agotada y al mismo tiempo de la extraordinaria resiliencia de la comunidad cristiana, que continúa sirviendo a través de escuelas, centros de escucha, obras caritativas y caminos formativos. En particular, destacó el deseo de los jóvenes de recibir una formación teológica y espiritual más sólida, signo - dijo - de que incluso en la crisis más profunda puede nacer un "hambre de futuro". Sus palabras ofrecieron a los presentes una mirada sincera, concreta y profundamente humana sobre un Oriente Medio que sufre pero no renuncia a la esperanza.

Ser artífices de paz en el país de las heridas: la reunión de la tarde

En el corazón de un conflicto que dura ya dos años y que ha dejado a toda Tierra Santa en un clima de miedo, suspensión y división, el congreso dio voz a las "piedras vivas", los cristianos locales que cada día viven las tensiones y las heridas de esta tierra. El panel moderado por Alessandra Buzzetti, corresponsal de TV2000, reunió a Mons. Rafik Nahra, vicario patriarcal para Galilea, fray Amjad Sabbara, párroco en Jerusalén y hoy en Nazaret, y a Elias Habash, jefe de los Scouts latinos de Jerusalén. Sus intervenciones trazaron un cuadro doloroso pero también lleno de esperanza, atravesado por la conciencia de que los cristianos tienen aún una misión fundamental: "unir y no dividir".

Mons. Nahra describió con lucidez el peso de la guerra sobre las comunidades cristianas, especialmente árabes, que viven una doble fragilidad, minoría en Israel y minoría también dentro del mundo árabe. Entre los jóvenes, explicó, se ha abierto una verdadera crisis de identidad: "Muchos ya no saben quiénes son, israelíes, árabes, palestinos, cristianos, todo se confunde". A esto se suma el miedo cotidiano, relaciones deterioradas en el trabajo, dificultades para expresarse, desconfianzas recíprocas, hasta el temor de hablar árabe en la calle. No es casualidad que muchos hayan elegido abandonar ciudades como Nazaret o incluso el país, empujados por un creciente sentido de precariedad.

Junto a esta incertidumbre, los Scouts cristianos representan un espacio de respiro y resistencia para muchos jóvenes. Elias Habash, que vive y guía el grupo en el corazón de la Ciudad Vieja de Jerusalén, relató la desorientación de los jóvenes: "Ya no logran imaginar el futuro, los estudios, el trabajo, el matrimonio, todo se ha detenido". Ante este bloqueo existencial, los Scouts han decidido multiplicar los esfuerzos: actividades, campamentos, música, deporte, encuentros semanales. En la sede de los Scouts se dejan los celulares a un lado durante unas horas para no dejarse arrastrar por el flujo de imágenes violentas o propagandísticas provenientes de las redes sociales. "No ha sido fácil", dijo Habash, "pero nos hemos convertido en una familia".

Fray Amjad Sabbara recordó otra dimensión crucial: la elección cristiana de la mansedumbre. En un contexto donde cada palabra puede ser malinterpretada o castigada, donde la polarización se ha vuelto el lenguaje cotidiano, el fraile recordó que la mansedumbre no es pasividad: "No es debilidad, sino el rechazo de la violencia y la mentira". Vivir la mansedumbre significa visitar a las familias, acompañar a quienes tienen miedo, sostener a quienes han perdido el trabajo o piensan emigrar, y sobre todo seguir transmitiendo la fe como una raíz estable en medio del caos. Emblemático es el gesto espontáneo de la comunidad cristiana de Jerusalén que, en plena guerra, reunió ayuda para los fieles de Gaza, una forma concreta de ser "como el buen samaritano".

A pesar del clima de cierre y sospecha, no faltan ejemplos de diálogo y colaboración. Mons. Nahra recordó a los israelíes que protegen a campesinos palestinos de los ataques de colonos, o los programas escolares e interreligiosos que, al menos en tiempos de relativa calma, permiten que jóvenes árabes, judíos, drusos y cristianos se encuentren. "Hay personas dispuestas a trabajar juntas. Debemos crear ocasiones", afirmó. También Habash relató iniciativas comunes entre Scouts cristianos y musulmanes, o intercambios con grupos de Cisjordania: "Estamos abiertos, y esa es nuestra fuerza", dijo, aunque reconociendo que la guerra ha vuelto todo más difícil.

En su llamado final, Mons. Nahra invitó a los cristianos del mundo a informarse con seriedad, evitando narraciones simplificadas que desde fuera corren el riesgo de alimentar más odio: "No comiencen a tomar posición de inmediato. Infórmense. Aquí todos sufren. Debemos encontrar palabras que unan, no que dividan". Una petición fuerte, especialmente en un tiempo en que la polarización global se refleja inevitablemente también en Tierra Santa.

A pesar del sufrimiento, los tres ponentes coinciden en una certeza: la Iglesia local encuentra coraje también gracias a la cercanía de los cristianos de todo el mundo. El regreso de los peregrinos, dicen, es esencial para devolver aliento económico y esperanza espiritual a las comunidades que viven aquí. "Su regreso devuelve dignidad a nuestra gente", afirmó fray Amjad. Habash añadió: "Ayúdennos a permanecer. Sin cristianos, esta tierra pierde una parte de sí misma". Y Mons. Nahra concluyó recordando la vocación de los cristianos de esta tierra: ser pequeñas luces del Evangelio, capaces de creer que, incluso entre los escombros de la guerra, es posible reconstruir puentes.

Un pequeño regalo final, y luego el trabajo en grupo

Al concluir la jornada, marcada por la escucha atenta y el encuentro directo con las "piedras vivas" de Tierra Santa, tuvo lugar un momento simple pero profundamente significativo: un homenaje musical del Instituto Magnificat. El coro Yasmeen, en vista de su gira por Italia del 4 al 9 de diciembre, quiso ofrecer a los comisarios dos piezas de su repertorio como gesto de gratitud y, al mismo tiempo, como testimonio concreto de las actividades formativas y culturales llevadas adelante por el Magnificat.

El breve concierto no fue solo un intermedio artístico, sino una manera de mostrar cómo la música - lenguaje universal - sigue siendo, en esta tierra herida, un puente de diálogo, de belleza y de esperanza. A través de su interpretación, los jóvenes del coro dieron voz al deseo de crecer, estudiar y construir un futuro aquí, a pesar de las dificultades del presente, convirtiéndose en un símbolo de la resiliencia de las nuevas generaciones cristianas.

El gesto tenía también un valor institucional. Es tarea de los comisarios conocer a fondo Tierra Santa: sus comunidades, sus desafíos, pero también las obras vivas que la Custodia promueve y sostiene, como el Magnificat, una escuela frecuentada por estudiantes cristianos, musulmanes y judíos. Para muchos de los presentes, sin embargo, esta tarea está todavía por descubrir: varios comisarios han sido nombrados recientemente o, aunque llevan algunos años en el cargo, no han podido vivir plenamente su papel a causa primero de la pandemia y después del conflicto.

El canto del coro Yasmeen representó, por tanto, una invitación a entrar con mayor consciencia en la vida real de Tierra Santa, recordando que la misión de los comisarios no es solo administrativa u organizativa, sino también y sobre todo pastoral: acompañar, sostener y dar a conocer al mundo la riqueza de una Iglesia que, aunque probada, sigue generando belleza.

Francesco Guaraldi

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