Asunción de María: “La esperanza florece en una tumba vacía”

La tradición y la devoción han reconocido desde los primeros siglos del cristianismo la tumba de María como el lugar donde la Madre de Jesús fue asunta al cielo.  En el siglo V, el obispo de Jerusalén Juvenal situó esa tumba al pie del Monte de los Olivos, en el Valle del Cedrón. Precisamente en este lugar, cada 15 de agosto, los frailes de la Custodia de Tierra Santa celebran la solemnidad de la Asunción al cielo de la Virgen María en cuerpo y alma.

Las celebraciones comenzaron la noche entre el 14 y el 15 de agosto en el jardín de Getsemaní, con motivo de la vigilia de la solemnidad, en la que las lecturas recordaron la vida y la muerte de María; la mañana del 15 de agostotuvo lugar en la basílica de las Naciones la misa solemne, dedicada íntegramente a la Asunción. Finalmente, la tarde del 15 se rezaron las segundas vísperas en la “gruta de los apóstoles” contigua y se hizo una parada en la tumba de María para la veneración del santo lugar. Aquí, los franciscanos fueron recibidos por los representantes de las comunidades greco-ortodoxa y armenia, según establece el Status Quo que regula la vida de los Santos Lugares más importantes. Estos tres momentos litúrgicos fueron presididos por el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton.

Durante la vigilia que precedió a la festividad, el padre Custodio invitó a los presentes a preguntarse, al igual que María, cómo se puede acoger la voluntad de Dios en los acontecimientos concretos de la vida. Acto seguido aclaró que, generalmente, para hablar de la muerte de la madre de Jesús se usan dos palabras especialmente significativas para la espiritualidad cristiana, “dormición” y “tránsito”.  En este sentido, fray Francesco recordó que, desde la perspectiva cristiana, morir debe entenderse como un quedarse dormido, mientras que el “tránsito” alude específicamente a un paso. El paso pascual. En este contexto, entonces, el sepulcro solo será una ubicación provisional “porque la meta de este paso es la plena participación de toda la persona en la misma vida de Dios”.

La importancia de esta solemnidad, además, reside en el hecho de que la tumba de María, como la de su hijo Jesús, está vacía. La tumba vacía evoca al Resucitado, “primicia de los que han muerto” (1 Cor 15, 20)y recuerda el origen de nuestra esperanza. Mirar dentro de la tumba vacía nos permite sentirnos consolados y vivir el asombro de constatar que “la muerte no pudo retener a María más de tres días, así como no pudo retener a su Hijo Jesús”.  En su comentario al evangelio, con motivo de la misa solemne, el padre Custodio insistió en el vínculo entre la resurrección de Cristo y la asunción de María al cielo: “Cuando contemplamos a la Santísima Virgen María asunta al cielo en cuerpo y alma, contemplamos el hecho de que Jesús resucitado quiso que su madre fuese la primera en participar y de forma total en el misterio de su resurrección. María es la primera en participar en la gracia de la resurrección, es la primera en entrar en la gloria de Dios con toda su persona: cuerpo y alma.

Por eso, esta solemnidad mariana nos recuerda el valor de toda nuestra persona, no solo del componente espiritual que llamamos alma, sino también de la parte material y concreta de nosotros mismos que llamamos cuerpo. Es más, esta fiesta nos revela de manera especial el valor de nuestro cuerpo que está hecho para participar en la gloria de la vida divina”.

Al final de la misa, los frailes seguidos por los fieles recorrieron el huerto de Getsemaní rodeándolo tres veces y llevando en procesión una imagen de la virgen.

Por la tarde, con ocasión de las vísperas celebradas en la gruta de los apóstoles, los franciscanos entonaron el Magnificat. Retomando algunas palabras de este canto, fray Francesco subrayó que la solemnidad de la Asunción nos presenta la forma paradójica con la que Dios actúa en la historia: “¡Dios enaltece a los humildes! Dios no enaltece a los soberbios y orgullosos, no enaltece a los que están llenos de sí mismos, no enaltece a los arrogantes y a los que se valen de la fuerza […], Dios enaltece a los humildes”.  Y solo lo hace si “tenemos el valor de ir a contracorriente de la mentalidad del mundo”. Como hizo María.

Las celebraciones concluyeron con la tradicional procesión hasta la cercana tumba de María.

 

Filippo De Grazia