
5 de diciembre de 2025
Primer Viernes de Adviento
Fray Alessandro Cavicchia
¡El Señor les dé la paz! Soy fray Alessandro Cavicchia, fraile menor al servicio de la Custodia de Tierra Santa y docente de NT en el Estudio Bíblico Franciscano.
Este paso nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestra condición humana y existencial. Nos invita luego a reflexionar sobre nuestra relación con el Señor Jesús, que solo puede permanecer viva mediante una fe profunda. También pone en cuestión nuestra fidelidad y nuestra constancia en nutrir nuestra relación con Él. Finalmente, nos ayuda a gozar de los maravillosos frutos que provienen del encuentro con Jesús.
Querísimos, notamos que los dos hombres que se colocan detrás de Jesús son ciegos. Viven con una seria limitación física por la privación de la vista y llevan el peso de tal falta: la falta de autosuficiencia en los asuntos más simples de la vida cotidiana; viven dificultades sociales, quizá siendo excluidos de una serie de actividades y posibilidades; quizá están obligados a vivir de la limosna. Las dificultades de la vida y su condición los han humillado profundamente.
Respecto a muchos, sin embargo, quizá incluso respecto a nosotros mismos, aun en su ceguera física, ellos son capaces de ver y reconocer en Jesús a un personaje del todo extraordinario. Creen que Él tiene el poder de sanarlos. Por esto se colocan detrás de Jesús, se unen a Él y, aunque parece en un primer momento que Él no se ocupa de ellos, continúan teniendo confianza.
Todo esto para nosotros significa que necesitamos tomar conciencia de nuestros límites. Tal vez no vivimos en la ceguera física, pero las formas de ceguera intelectual o espiritual pueden ser realmente muchas.
Muchas formas de vista nublada, en efecto, no tienen que ver con los ojos del cuerpo, sino con nuestra libertad y nuestra disponibilidad para conocer y hacer propia una verdad más profunda, quizá incómoda, y sin embargo preciosa. Sobre todo estos dos hombres tienen esa capacidad particular de la mirada de la fe: saben reconocer a Jesús como Hijo de Dios y por lo tanto como Mesías, el Salvador, y es la relación profunda y perseverante con Él la que les permite recobrar la vista.
Querísimos, estos dos hombres nos muestran entonces la importancia de estar unidos interiormente en nosotros mismos y profundamente conscientes de nuestra realidad humana, que nos ayuda a abrirnos a relaciones significativas y sobre todo a la relación de fe con el Señor Jesús, en un diálogo interior y comunitario que alimenta nuestra oración.
En la relación con Él y viviendo en su amor, nuestra vida y cada uno de nuestros límites encuentra un nuevo significado, llevándonos a alegrarnos por los nuevos horizontes que se abren ante nosotros: la novedad de la relación con nosotros mismos, interiormente reconciliados con nosotros mismos; la relación con Dios y con nuestros prójimos; y —¿por qué no?— también la esperanza de que la gracia de Dios pueda sanarnos de nuestras enfermedades, o al menos concedernos llevarlas con la serenidad y la alegría de quien ha experimentado un amor que no tiene miedo de nuestros límites y nos acoge en nuestra realidad más profunda.
Paz y bien desde Tierra Santa.
