30 de noviembre de 2025 - I domingo de Adviento - Fray Francesco Ielpo

Meditation by Fr. Francesco Ielpo, Custos of the Holy Land

30 Nov 2025

30 de noviembre de 2025
I Domingo de Adviento
Fray Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa

El Señor te dé la Paz. Soy Fray Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa.

Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico, y con él el tiempo de Adviento. Es un tiempo de espera, de silencio, de deseo. El Adviento siempre tiene dos direcciones: recordar la primera venida de Jesús, en el misterio de la Navidad, y esperar su venida final, cuando volverá en la gloria. Es un tiempo que une memoria y esperanza, pasado y futuro, porque toda la historia está orientada hacia el encuentro definitivo con el Señor.

El Evangelio de este domingo nos lleva a los “días de Noé”.
La gente vivía inmersa en sus ocupaciones, sin darse cuenta de nada. Comer, beber, casarse, trabajar - todas cosas buenas - habían llegado a ser el único horizonte de la vida. Pero mientras todo transcurría con normalidad, Noé construía un arca. A los ojos de los demás parecía un loco. Sin embargo, aquella arca lo salvó.

También hoy, en un mundo distraído, quien reza, quien busca el silencio, quien construye dentro de sí un espacio para Dios puede parecer fuera de lugar. Pero el “arca” que construimos en la vida espiritual es lo que nos salva del diluvio de la superficialidad.
El diluvio, en el fondo, es la pérdida del sentido - perder el porqué de lo que hacemos, la diferencia entre lo que importa y lo que pasa.

El problema no es morir - eso nos sucederá a todos - sino vivir sin un horizonte último. Vivir como si todo estuviera aquí, como si el único horizonte fuera lo que poseemos o consumimos. El Adviento nos recuerda que cada instante contiene un fragmento de eternidad. Que cada instante determina la dirección de nuestra vida.

La vida eterna comienza ya ahora, cuando amamos. Porque solo lo que se hace por amor, por amor a Cristo, permanece para siempre. Cada gesto de bondad, de perdón, de escucha, es una semilla de eternidad que el tiempo no destruye.

Jesús nos invita a velar como quien protege la casa de los ladrones durante la noche. Una imagen extraña: ¡el Señor que viene como un ladrón! Pero es un ladrón bueno: no roba, regala.
Entra de puntillas, trastoca nuestros planes y trae consigo la verdadera riqueza: el encuentro con Él.

El Señor viene de noche, en el tiempo del cansancio y de la duda.
Viene en silencio, pero solo quien vela se da cuenta. Velar no significa no dormir: significa vivir despiertos, con un corazón atento, con una mirada capaz de reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano. Quien vela no deja morir la esperanza, incluso cuando todo parece oscuro.

Hermanos y hermanas, el Adviento no es solo la espera de un acontecimiento futuro: es el descubrimiento de que Dios ya está actuando, que llama a nuestra puerta cada día. Es el tiempo para darnos cuenta de que Dios está cerca, que nos habla a través de las personas, de los encuentros, de los silencios, incluso de las heridas.

Entonces, al comenzar este Adviento, dejémonos interpelar por tres verbos:
Despiértate. Construye. Ama.
Despiértate del letargo de la rutina.
Construye, como Noé, un arca interior: un espacio para la oración, para la escucha, para la esperanza.
Ama: porque solo el amor da valor eterno a las cosas pequeñas.

Paz y bien desde Tierra Santa.

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