
3 de diciembre de 2025
Primer miércoles de Adviento
Fray Ulises Zarza, Vicario Custodial
Que el Señor les de paz.
Soy fray Ulises Zarza, Vicario Custodial
Queridos, en el corazón de la primera semana de Adviento la liturgia nos ofrece el Evangelio de Mateo 15,29-37, un pasaje que nos adentra en la espera, la compasión y la ternura de un Dios que nunca abandona a su pueblo. Jesús sube al monte y se sienta. Es el gesto del Maestro, pero también del Esposo que mira desde lo alto no para desprenderse, sino para abrazar mejor la vida de los hombres.
San Ambrosio nos recuerda que Cristo sube a la montaña no para alejarse de los hombres, sino para atraerlos hacia sí. Así comienza nuestro Adviento: con un Dios que no huye, sino que sale a nuestro encuentro, que se deja entrever desde las alturas de su amor para atraer nuestra mirada.
La muchedumbre trae a sus pies todo lo que es frágil: cojos, ciegos, lisiados, enfermos. Traen lo que no funciona, lo que no está entero, lo que pesa. Y Jesús los cura. San Jerónimo señala que ninguna miseria queda excluida de la misericordia de Cristo. Esta es una imagen poderosa para nuestro camino de Adviento: podemos traer al Señor cada fatiga, cada lucha interior, cada fragmento roto de nuestras vidas. El Adviento no es tiempo de fingir perfección, sino de presentar nuestras heridas a Aquel que puede custodiarlas y curarlas.
Entonces, de repente, en medio de la multitud curada y asombrada, surge otra hambre: la del cuerpo. "Tengo compasión de esta multitud", dice Jesús. Y no lo dice como un mero movimiento emocional. Es el sentimiento de quien siente en su propia piel el hambre del otro.
San León Magno explicó que Cristo vino no sólo a curar, sino a participar plenamente de nuestra condición. Este es el corazón del Adviento: un Dios que no permanece distante, un Dios que toca nuestras heridas y comparte nuestras carencias, que toma nuestra hambre y la hace suya.
Los discípulos, sin embargo, sólo ven escasez: "¿Cómo podremos alimentar a esta gente en el desierto?". Es la mirada de quien mide la realidad por sus propias fuerzas. Jesús, en cambio, les pide que pongan lo poco que hay en sus manos.
San Agustín dice que el milagro sale de las manos de Cristo, pero pasa por las manos de los discípulos. Y así el Adviento se convierte en la pregunta que el Señor nos hace: ¿qué podéis entregarme de lo poco que tenéis? ¿Qué es ese trozo de pan, quizá pequeño, que no te fías de poner en mis manos? Basta: un pequeño gesto, un poco de bien, una palabra que repara, una presencia silenciosa que sostiene. Es con lo poco que Dios construye lo mucho.
Y así el Evangelio se cierra con una imagen que ya huele a Navidad: "Todos comieron y se saciaron". Dios nunca es tacaño; nunca es comedido. Orígenes decía que en Cristo hay pan para todos, porque su amor no tiene medida.
En esta primera semana de Adviento, dejémonos atrapar por esta sobreabundancia. Dejémonos alimentar por el Señor que viene, porque el hambre más profunda del hombre no es de pan, sino de ser amado, curado, acompañado.
El Niño que nacerá es signo de que Dios se toma en serio nuestras expectativas y no nos deja solos en nuestros desiertos. Paz y bien desde Tierra Santa.
