Que el Señor os conceda la paz, soy fray Samuele Salvatori del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén.
Ya estamos a las puertas de la Navidad. Faltan pocos días para la celebración del misterio de la Encarnación y la liturgia de la Palabra, con gran sabiduría, nos hace detenernos una vez más en el umbral de la promesa, presentándonos el nacimiento de Juan Bautista, el Precursor. Es como si la Iglesia nos dijera: antes de contemplar al Niño que nace en Belén, detente a escuchar lo que Dios está realizando en el corazón del ser humano.
Sin embargo, el Evangelio de hoy no pone en el centro a Juan, sino a Zacarías. Su figura nos acompaña en este tiempo de Adviento como un espejo en el que podemos reconocernos. Ante el anuncio del ángel, Zacarías no logra creer. El nacimiento de un hijo, tan deseado y largamente implorado, se vuelve increíble a sus ojos porque él mira solo su propia vejez, sus propios límites, las evidencias humanas. Zacarías tiene dificultad para creer que la gracia de Dios aún pueda sorprender, que Dios pueda hacer lo que parece imposible.
¿No es acaso también nuestra experiencia? También nosotros hoy, como Zacarías, tenemos dificultad para creer. Miramos el mundo que nos rodea y vemos guerras, violencia, odio, divisiones. Aquí, en la tierra de Jesús, la Tierra Santa, todo esto es aún más evidente y doloroso. Parece que el poder humano quiera ocupar el lugar del poder de Dios, que la lógica de la fuerza prevalezca sobre la del amor. Pedimos cada día al Señor la paz, pero en el fondo del corazón no creemos que Él pueda dárnosla. Y si somos sinceros, no vemos el mal solo fuera de nosotros, sino también dentro de nosotros: en nuestro pecado, en nuestras caídas, en la dificultad de confiar verdaderamente en Dios.
Y, sin embargo, el Evangelio de hoy abre una rendija de luz. Zacarías, después del tiempo de silencio, recupera la palabra en el momento en que acoge la voluntad de Dios. Él y Isabel insisten en dar al niño el nombre de Juan, un nombre que no proviene de la tradición familiar, sino de la promesa de Dios. Juan significa: “El Señor ha hecho gracia”. Esta es la clave de todo el relato. No son las capacidades del ser humano las que traen la salvación, sino la gracia de Dios acogida con fe.
Cuando Zacarías escribe ese nombre, su boca se abre y su lengua se desata: la fe reencontrada se convierte en alabanza. Solo quien acoge la gracia puede cantar las maravillas del Señor. Solo quien se abre a la fe puede convertirse en testigo.
En la víspera de la Navidad, este Evangelio nos invita a dar un paso decisivo: abrir el corazón a la fe, creer que la gracia de Dios aún puede cambiar el corazón del ser humano, puede llevar paz donde hay odio, reconciliación donde hay división, esperanza donde parece reinar la desesperación. Como Zacarías e Isabel, como María, aprendamos a confiar en la promesa. Entonces también nosotros, con nuestra vida, podremos cantar las alabanzas del Señor y ser testigos de su gracia en el mundo.
Queridos hermanos y hermanas, paz a vosotros desde Tierra Santa.




