22 de diciembre de 2025 - Feria de Adviento - fray Diego Dalla Gassa

Evangelio del día meditado por el fray Diego Dalla Gassa, Moderador para la Formación Continua

22 Dic 2025

22 de diciembre de 2025
Feria de Adviento
Fray Diego Dalla Gassa

Soy fray Diego Dalla Gassa y actualmente me encuentro en la fraternidad que vive en el monte Tabor, en el Santuario de la Transfiguración del Señor. Es hermoso para mí pensar en el misterio de la luz que el Señor Jesús ha manifestado a lo largo de toda su vida. Ya estamos a las puertas de la celebración de la verdadera Luz que viene al mundo. Con el Evangelio que acabamos de escuchar, somos invitados a percibir el canto de toda la Iglesia, que con ánimo agradecido une su voz a la voz de María Santísima. Así es también para nosotros, si lo pensamos bien: también nosotros percibimos la belleza de esa noche que se acerca; es la melodía de la Navidad, es el encanto del canto de Dios para la humanidad. Intentemos percibir la belleza y la trepidación y los muchos e infinitos corazones que han soñado, que han deseado encontrarse con el Rey de reyes.

También nosotros, como los Magos, somos atraídos por este misterio de Dios que se hace pequeño. Todos nuestros rostros están orientados hacia Belén, la ciudad del pan (significado literal), en la que el Dios innombrable y grande se hace accesible a todos y se convierte en pan bueno para nosotros. Es maravilloso y al mismo tiempo fascinante percibir cómo el Dios infinito, el Rey del universo, el Creador del cielo y de la tierra, se ha inclinado sobre nuestra humanidad, haciéndose uno de nosotros: es el misterio de la Encarnación. Lo inmenso se hace pequeño, lo inaccesible se da a conocer, lo innombrable se deja llamar por Nombre, lo inaprensible se deja tomar en brazos; es nuestro Dios infinito que decididamente se ‘limita’ por su propia y libre voluntad en nuestra condición humana porque desea que nosotros podamos volver a Él, ¡al Paraíso!

Todo esto recuerda aquella profecía de Isaías que escucharemos en la noche de Navidad: “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz” (Is 9,1). En este versículo se habla de una condición ‘oscura’ en la que vive la humanidad y que luego se ve visitada por una gran luz. Para nosotros, esta gran luz no es abstracta, sino que tiene rasgos muy concretos: el rostro tierno del Hijo de Dios. Con María Santísima y San José contemplamos la maravilla de este misterio.

Hagamos nuestra la oración de San Francisco que en uno de sus escritos afirma: “¡Oh admirable altura y estupenda condescendencia! ¡Oh sublime humildad! ¡Oh humildad sublime, que el Señor del universo, Dios y Hijo de Dios, se humille hasta tal punto de esconderse, por nuestra salvación, bajo la pequeña apariencia de pan! Mirad, hermanos, la humildad de Dios, y abrid delante de Él vuestros corazones; humillaos también vosotros, para que seáis exaltados por Él. No retengáis, pues, nada de vosotros para vosotros mismos, para que os acoja enteramente Aquel que enteramente se os ofrece” (Carta a toda la Orden, FF: 221, 26-29).

Que la Reina de la paz pueda ayudarnos a acoger y contemplar este misterio de Dios que se hace Carne; demos gracias a Él por tanta benevolencia hacia nosotros. Intercedamos por nuestra humanidad necesitada del verdadero Dios.

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