
2 de diciembre de 2025
Primeros martes de Adviento
fray Alessandro Coniglio
¡El Señor te dé la Paz! Soy fray Alessandro Coniglio, profesor en el Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén.
Apenas hemos comenzado a dar los primeros pasos de este camino de Adviento y enseguida la palabra de Jesús se abre a la alabanza del Padre celestial, porque Él ha revelado su misterio de salvación no a los sabios y entendidos, no a quienes pueden presumir de títulos académicos, sino a los pequeños, a los sencillos, a quienes son capaces de sintonizarse—en total disponibilidad de escucha y acogida—con la revelación que Jesús de Nazaret ha venido a traernos.
El camino de Adviento es una espera temblorosa y gozosa de un Dios que, para entrar en comunión con nosotros, eligió hacerse pequeño en todos los sentidos: se hizo niño y quiso compartir nuestros mismos tiempos de crecimiento, lentos y trabajosos; se despojó de su divinidad, ocultándola bajo la humilde apariencia de una humanidad frágil, como la de cada uno de nosotros; se ocultó a los ojos de la historia oficial, la escrita por “los que cuentan”, para vivir una existencia completamente “discreta”, como la de cualquier israelita de su tiempo, durante al menos treinta años…
Por eso no nos sorprende esta alabanza a la pequeñez, esta revelación de que, en su benevolencia y complacencia, su Padre celestial ha elegido precisamente a los pequeños, a los sencillos, a los humildes, a los que no cuentan a los ojos del mundo, a quienes no tienen títulos ni funciones sociales de las que presumir, para revelarles su misterio.
Porque, nos dice Jesús, el conocimiento del misterio de la vida íntima de Dios no es cuestión de estudio ni de esfuerzo humano, sino puro don de gracia, pura revelación: y solo el Hijo, que es uno con el Padre, solo Aquel que es la Palabra eterna pronunciada por el Padre desde toda la eternidad, solo el Verbo de Dios puede revelarnos adecuadamente el misterio de esta vida íntima. Una vida que es intercambio de amor eterno entre un Padre que da la vida, que comunica su propia vida y ser, y un Hijo que recibe esta vida de modo pleno y total.
Los mismos nombres de Padre y Hijo expresan únicamente una relación, indican el vínculo que une a las dos Personas: revelan que la vida de Dios en sí misma es vida de pura relación, existencia de amor totalmente entregado y plenamente recibido, circulación de amor ofrecido y acogido.
Y el Hijo, Jesús, vino al mundo—nace por nosotros en la pobreza de Belén—precisamente para manifestar, revelar, expresar y compartir con nosotros, sus hermanos en humanidad, esta vida divina que constituye la contemplación beatífica de las Personas divinas en la Trinidad.
La alegría del Padre está en generar al Hijo, en darlo todo y darse por entero al Hijo. Así también la bienaventuranza del Hijo está en recibir con gratitud todo del Padre—la misma vida del Padre—que genera al Hijo en unidad de sustancia consigo mismo.
El misterio de la vida trinitaria parece complicado a los sabios, a los teólogos, pero se vuelve claro para los sencillos, que perciben haber sido elegidos, por pura gracia y benevolencia, para participar de este misterio.
Bienaventurados, en verdad, los ojos que saben ver, en cada circunstancia de la vida y en todo lo que sucede a nuestro alrededor, los signos de esta vida de amor eterno, que se despliega en la historia del mundo y quiere involucrarnos no como simples espectadores, sino como participantes. Al nacer por nosotros en Belén, Jesús nos ha hecho partícipes de la alegría del amor que une eternamente al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre. Ha asumido nuestra pequeñez y fragilidad humana para que—hechos hijos en el Hijo, hijos adoptivos en el Hijo unigénito—podamos compartir la historia del amor eterno, esa vida divina reservada a quienes la acogen con humildad y gratitud.
¡Paz y bien desde Tierra Santa!
