
17 de diciembre de 2025
Tercer Miércoles de Adviento
Fray Rosario Pierri
Queridísimos, que el Señor os conceda su paz. Soy fray Rosario Pierri, os hablo desde el Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén.
¿Por qué una genealogía como apertura del Evangelio de Mateo? Era necesario remontarse a los Patriarcas, porque Jesús había dicho que era el Mesías. La genealogía, por tanto, es la demostración, o si se quiere la prueba, de que Cristo, el Ungido, el Mesías, según la carne, desciende de Abrahán y de David. Si nosotros no estamos habituados a semejantes listas de nombres, sí lo estaban en cambio los judíos, que utilizaban las tablas genealógicas para distinguir a los miembros de las diversas tribus a las que habían sido asignadas determinadas regiones de la tierra prometida.
No es posible pasar revista a todos los personajes recordados. Nos aventuraríamos por senderos bastante tortuosos. Ciertamente el Evangelista procede respetando una lógica rigurosa. Así menciona a Isaac, pero no a los otros hijos de Abrahán. A Jacob, pero no a Esaú. La razón de tal omisión es simple.
El Mesías habría de nacer en la línea de Isaac y de Jacob, y no en la de los hermanos, y es este criterio el que se aplica en la elección de los nombres. Rompiendo la costumbre de evitar nombres femeninos en las genealogías, el Evangelista menciona, además de María nombrada al final, a cuatro mujeres, cuyas vicisitudes personales no eran precisamente brillantes, al menos para tres de ellas, Tamar, Raga y Bersabea, que no es recordada por su nombre, sino como la que había sido la mujer de Urías. Destaca entre las cuatro mujeres, hasta el punto de haber merecido un breve libro para relatar a grandes rasgos su vida, Rut, la moabita, una no judía, abuela de esse, padre de David.
A nuestros ojos la genealogía va mucho más allá de su inmediato propósito de certificación y de descendencia. A través de esa secuencia de nombres, en realidad, se nos condensa una historia que, entre bastidores de muchas vidas, conduce al nacimiento del Mesías. De todos estos personajes, hombres y mujeres, conocemos la vida, al menos por lo poco que nos ha transmitido la Escritura. Cada uno de ellos, en distintos grados, se mueve conscientemente dentro de un flujo de acontecimientos detrás del cual se va realizando un designio divino. No son, sin embargo, comparsas o personajes manipulados, sino hombres y mujeres en toda su realidad, con las virtudes y los límites de sus semejantes de todos los tiempos.
Una clave de lectura de este entramado nos la ofrece el profeta Isaías. Los designios de Dios nos están ocultos. Sin embargo, la palabra de Dios, aun en medio de las contradicciones e imperfecciones que marcan la vida de los hombres, realiza Sus propósitos. Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin efecto, sin haber realizado lo que deseo y sin haber cumplido aquello para lo cual la envié.
La obra de Dios no dejará nunca de sorprendernos. He aquí, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo al que llamará Emanuel. De los hijos de Tamar, Racab y Persevea, Rut, en efecto, se dice que los padres los engendraron de sus respectivas esposas.
Tomando como ejemplo a Booz, se nos dice: Booz engendró a Obed de Rut; no así en el caso de María. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. La Virgen dará a luz a Jesús por obra del Espíritu Santo, y no de José; de hecho, sin que él la conociera, dio a luz un hijo al que él llamó Jesús.
He aquí la maravillosa obra realizada por Dios. El nacimiento del Salvador es la verdadera razón de la historia que nos narra la genealogía que hemos leído. Todo lo que precede al acontecimiento de Belén tiene sentido solo a su luz.
Abrahán y David, por tanto, son ciertamente dos eminentes representantes entre los antepasados de Jesús, pero siguen siendo siempre dos eslabones de la llamada a preparar la venida del Mesías. Dios los eligió para realizar la obra que se cumplirá en Belén, el nacimiento del Verbo de Dios hecho hombre. Ese niño crecerá en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres, y cumplirá la voluntad del Padre.
Jesús dirá de sí mismo, en un contexto de polémica: Abrahán, vuestro padre, exultó con la esperanza de ver mi día; lo vio y se alegró. Haciendo nuestras estas últimas palabras, exultemos con gozo en la espera del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Aunque el recuerdo de tanto sufrimiento, cercano y lejano, arroje un velo sobre nuestra felicidad, la tristeza y el pesimismo no podrán oscurecerla, ciertos de que el Señor, el Emanuel, está con nosotros.
Paz y bien desde Tierra Santa.
