Queridas amigas, queridos amigos,
“Que el Señor les dé paz”.
Soy fray Francesco Patton, de la Custodia de Tierra Santa, y les hablo desde el Memorial de Moisés en el Monte Nebo, en Jordania.
El tercer domingo de Adviento contiene siempre una invitación a alegrarnos y regocijarnos, no por motivos banales o superficiales, sino porque hemos aprendido a reconocer la presencia y la acción de Dios en nuestra vida, en nuestro mundo y en nuestra historia: una presencia y una acción que todo lo renueva y sana a partir de signos concretos de bien que se nos ponen delante de los ojos.
En el evangelio que acabamos de escuchar, Juan el Bautista se encuentra en la cárcel y envía a algunos de sus discípulos a interrogar a Jesús, porque le ha surgido una duda.
Dicho sea de paso, el lugar en el que Herodes Antipas había encarcelado a Juan el Bautista y desde el cual envía a sus discípulos a interrogar a Jesús es la fortaleza de Maqueronte, reconstruida por Herodes el Grande entre el 30 y el 20 a.C., no lejos del Mar Muerto, para vigilar la frontera oriental de su reino. Actualmente se encuentra en Jordania, a unos treinta minutos de “Betania al otro lado del Jordán”, donde Juan predicaba y bautizaba, y a solo una hora de donde les hablo. En la excavación de este sitio, importante por los hechos relativos al encarcelamiento y la muerte de Juan el Bautista narrados en los evangelios, trabajaron en los años 80 también los frailes arqueólogos del Estudio Bíblico Franciscano de la Flagelación, Virgilio Canio Corbo, Stanislao Loffreda y Michele Piccirillo.
Volviendo a nosotros, Juan el Bautista envía a sus discípulos a interrogar a Jesús porque le ha surgido una duda sobre su mesianidad: Juan esperaba a un Mesías que blandiera el hacha de la justicia y arrasara a los malvados, quizá incluso un Mesías caudillo, y se encuentra delante de Jesús de Nazaret, un Mesías que se encuentra con los pecadores, come con ellos y los acoge con misericordia, un Mesías que no busca sublevar a las multitudes contra el poder de Roma.
Jesús pide entonces al Bautista que cambie de perspectiva y que aprenda a reconocer y acoger los signos de salvación que Él ofrece, en línea con las antiguas Profecías y con los Salmos, en lugar de aquellos que el mismo Bautista había imaginado y deseaba ver.
A la duda de Juan, por tanto, Jesús replica invitándolo a abrir los ojos y ver las semillas de ese mundo nuevo y redimido, sanado, que Él, en cuanto enviado último de Dios y su encarnación, ha venido a traer: «Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos recuperan la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandaliza de mí!» (Mt 11,4-6).
La verdadera alegría no es la emoción producida por el hecho de que se cumplan nuestras expectativas o de que tengan éxito nuestros proyectos y sueños de grandeza, sino que nace cuando aprendemos a esperar y acoger de Dios la salvación, y cuando —en consecuencia— aprendemos a descubrir en la vida de cada día el bien que Él obra en la historia, a través de su Hijo y de la acción misteriosa del Espíritu Santo, a partir de signos humildes.
La alegría nace cuando aprendemos a reconocer la aurora de un mundo nuevo, que es ya la primicia del mundo transformado por la resurrección del Hijo de Dios y por el don de su Espíritu.
Este domingo ejercitémonos también nosotros en reconocer los signos y las semillas de bien, incluso pequeños, que están presentes a nuestro alrededor y en nosotros. Aprendamos a reconocer las semillas de bien que vemos realizarse en otras personas y en nuestro mundo, aunque también esté marcado por muchos signos de mal y de muerte. Si Dios nos pide vencer el mal con el bien, Él primero vence el mal con el bien, dando por amor a nosotros a su Hijo Jesús y dando su Santo Espíritu a toda persona que tenga el corazón abierto hacia Él.
A todas y todos ustedes les deseo vivir un domingo lleno de la verdadera alegría,
paz y bien desde el Memorial de Moisés en el Monte Nebo, en Tierra Santa.




