Queridísimos, nos encontramos en el centro del Tiempo de Adviento y hoy la Iglesia nos propone estos pocos versículos del Evangelio de Mateo que parecen tener en su centro la persona de Juan el Bautista.
Examinándolos con más atención, notamos ante todo que quien habla es Jesús; y es Él mismo quien nos explica quién es Juan el Bautista, cuál es el sentido profundo de su historia, de su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. (Todos estamos acostumbrados y ya no prestamos atención al nacimiento de un niño: nacen y mueren tantos… pertenece a la naturaleza nacer y morir. Pero a los ojos de Dios, nadie viene al mundo “por casualidad”; cada uno ha sido querido por Él, para sí mismo y para los demás: esto significa que la vida humana es vocación… ¡deberíamos reflexionar más a menudo sobre ello!).
Ahora bien, ¿por qué fue querido, llamado a la existencia Juan el Bautista? En su nacimiento, su padre Zacarías profetiza (Lc 1,68ss) que aquel niño será profeta del Altísimo, porque “irá delante del Señor para prepararle los caminos”, es decir, será el Precursor del Mesías, de Jesús, como lo fueron todos los antiguos profetas, o mejor dicho, como dice Jesús, “todos los profetas y la Ley profetizaron hasta Juan”, y el mismo Juan encarna el espíritu de Elías; es más—dice también Jesús—es él ese Elías que debe venir. Con Juan el Bautista, por lo tanto, ha terminado la espera, el tiempo de la promesa: ahora comienza un tiempo nuevo, el tiempo del Reino de Dios, porque Dios mismo, en Jesús, está en medio de nosotros.
Prepararse para la Navidad significa entonces darse cuenta de la novedad absoluta que Jesús es para cada ser humano, para cada uno de nosotros: Él es Dios-con-nosotros, Jesús es Dios que nos ha visitado, que ha venido a este granito perdido del universo que es la tierra, que se ha hecho cercano a cada persona en la humanidad frágil de un niño. ¡Que Él pueda encontrar espacio en tu corazón! ¡Santo Navidad!




