Inmaculada Concepción de la B.V. María
Jerusalén
8 de diciembre de 2025
Hermanos y hermanas, que el Señor os dé su paz.
¿Qué nos dice a cada uno de nosotros hoy, en este momento, esta fiesta, esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María? Creo que, en primer lugar, esta solemnidad, la figura de María Inmaculada, nos recuerda una verdad sencilla y fundamental: que lo que realmente debemos temer y temer, lo que realmente contamina el corazón humano y, por tanto, nuestra dignidad humana, es el pecado. Hoy quizá se ha perdido el sentido del pecado.
A veces se trivializa o se minimiza. Y hemos empezado a confundir pecado con culpa. Hay pecados que cometemos que nos generan culpa, nos sentimos culpables.
Y a veces hacemos actos o acciones que no son pecado pero que igual nos generan culpa. Y otras veces hay pecados que cometemos que no generan culpa en absoluto, porque en la opinión pública es algo que ya está aceptado. Cuando perdemos de vista el punto de referencia para determinar lo que es pecado y lo que no es pecado, para educarnos en una conciencia de pecado, necesitamos siempre y continuamente una referencia a la palabra de Dios.
Al cantar el Evangelio hace un momento, mientras el diácono tomaba el libro de la Palabra y lo traía tan solemnemente al ambón, pensaba precisamente esto: la liturgia ya nos lo dice todo. Nos dice lo que es realmente importante para nosotros, nos dice cuál es el sentido último de la vida cristiana. Todo está ya en la liturgia. Y pensaba en cómo interiorizamos tan solemnemente esa palabra, se convierte en un gesto tan solemne, y luego qué hacemos con esa palabra que hemos escuchado y que cada día tenemos la gracia de escuchar. Y tenemos la gracia de escuchar aquí, en esta tierra, donde esa palabra se ha hecho carne, donde esa palabra se ha actualizado.
Sin una comparación, un cotejo, una meditación de esa palabra y mi vida, realmente nosotros también comenzaremos a perder el sentido del pecado y comenzaremos a justificar lo que justifica al mundo, sin siquiera sentir más la culpa. Y me llamó la atención porque tenemos tantos miedos en nuestras vidas, el mundo tiene miedo ahora de la contaminación, del cambio climático, tenemos miedo en nuestras vidas de la enfermedad, de la guerra, que vuelva otra guerra o que amplifiquemos la tensión que queda de todos modos, pero tal vez para los estudiantes también tienen miedo de los exámenes a tomar, a enfrentar. Me pregunto si seguimos teniendo miedo de perder la cercanía con Dios.
El miedo al alejamiento de Dios, que es la verdadera pérdida, porque toca la raíz de nuestra vida, tal como escuchamos en la primera lectura. Creo que el primer gran mensaje de esta solemnidad es precisamente éste: no vivir en la indiferencia y educarnos y ayudarnos a volver a un verdadero sentido del pecado, sin la fobia, sin ver el pecado en todas partes, o sin reducir el pecado sólo al Sexto Mandamiento, sin una fobia al pecado pero también sin una indiferencia con respecto a mi vida evangélica y con respecto a lo que he profesado.
Al fin y al cabo, la Escritura lo deja claro: Si decimos que estamos libres de pecado, nos engañamos a nosotros mismos, nos recuerda Juan en su primera carta. Y de nuevo San Pablo Apóstol de los Corintios nos recuerda que Cristo murió por nuestros pecados. Por eso, si eliminamos el pecado de nuestras vidas, de alguna manera es como si vaciáramos la redención.
Tomamos la cruz de nuestro Señor Jesucristo en vano. Pero hay un segundo aspecto que nos dice esta solemnidad de la Inmaculada Concepción. Por un lado nos dice toda la seriedad y gravedad del pecado, de ese descubrirnos desnudos y por tanto con la necesidad de escondernos. Por otro lado, es una hermosa prueba de si lo que hacemos es pecado o no. Cuando uno peca se siente desnudo y necesita esconderse. Trata de pensar, porque hay tantas cosas que incluso en nuestra vida de hermanos menores se han convertido en una práctica, y tal vez no están de acuerdo con nuestra regla, esa regla que hemos profesado.
Tratemos de pensar si eso mismo lo haría frente a uno de mis hermanos o frente a la comunidad. O si lo hiciera público. Y no pienso, créanme, no pienso en el Sexto Mandamiento.
Pero todo lo demás son cosas que hacemos, que ahora se han convertido en práctica, pero que nunca tendríamos el valor de hacer públicas. Porque en el fondo lo sabemos, pero ya ni siquiera sentimos la culpa.
Sin embargo, también hay un anuncio de esperanza. Existe ese Adán donde estás tú. Hay un Dios que continuamente no se rinde ante nuestra fragilidad, no se resigna a que seamos miserables, sino que sigue amándonos. Esto es realmente el Evangelio: una buena noticia para nuestras vidas. Que a pesar de todo, a pesar de mis limitaciones, a pesar de esta inclinación mía a pecar siempre, hay una gracia que es más fuerte. Hay un deseo de Dios hacia mí que es más fuerte, que siempre vence, que nunca se resigna y que continuamente llama a mi puerta y me dice: "Francisco, ¿dónde estás?". Tengo miedo de ti, Dios. No tengas miedo, porque quiero abrazarte de nuevo. Eso dice la Virgen Inmaculada. Es la fiesta de la esperanza.
Es la solemnidad que llena nuestros corazones de alegría porque hay una oportunidad para cada uno de nosotros. La gracia es más fuerte que el mal. La santidad, queridos hermanos y hermanas, es posible. Y Dios no se cansa de venir en pos de nosotros.
Lo recuerda bien el Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium. María, llegada ya a la perfección, camina ante nosotros como modelo luminoso. Estamos aquí para mirar a María, patrona de nuestra orden, como modelo resplandeciente. Queremos ser como ella, queremos vivir cristianamente como ella vivió. Y siempre dice en Lumen Gentium, los fieles en cambio siguen avanzando en la lucha diaria por crecer en santidad y vencer el pecado. Nuestra vida es una lucha diaria, pero tenemos ante nosotros un modelo que nos da esperanza.
Mirar a la Inmaculada es, pues, redescubrir el verdadero horizonte de la vida cristiana. No nos resignemos a la mediocridad. No nos acostumbremos al pecado. Sobre todo, no perdamos el deseo de ser santos. Ella, María, la llena de gracia, como nos ha recordado el anuncio del Ángel, nos recuerda que la belleza del hombre no se mide por el éxito, sino por la transparencia del corazón.
Que nuestra vida y nuestra belleza no se miden por la visibilidad o el poder que tengamos, sino por la pureza. Nuestra belleza no se mide por la posesión, por las cosas que tenemos, sino por una gran libertad interior. Y así, al contemplar hoy a María Inmaculada patrona de nuestra orden, pidamos a Dios un corazón puro, capaz de distinguir siempre el bien del mal, pero sobre todo un corazón capaz de dejarse curar y transformar por su gracia y su misericordia para no tener miedo de Dios, sino para correr siempre hacia Él en el confesionario.
Dentro, en ese confesionario, hay siempre un Dios con los brazos abiertos que no ve la hora de poder abrazarnos de nuevo.
Alabado sea Jesucristo.
