Homilía para la solemnidad de la Epifanía




Hermanos y hermanas,

¡que la paz sea con vosotros!

Celebrar la Epifanía aquí, en Belén, significa dejarnos alcanzar por el corazón mismo del misterio que la Iglesia contempla hoy: la manifestación de Cristo como luz para todos los pueblos.

Las lecturas de esta solemnidad presentan dos temas opuestos que se entrecruzan constantemente: la luz y las tinieblas, la acogida y el rechazo, la alegría y el miedo.

Es el gran drama de la historia humana, que también hoy pasa ante nuestros ojos.

El Evangelio de los Magos nos lo muestra con claridad. En torno al Niño Jesús se perfilan dos ciudades: Belén, la ciudad de David, el lugar del cumplimiento de la promesa; y Jerusalén, la ciudad de Herodes, marcada por la inquietud, por el miedo a perder el poder.

A la búsqueda violenta de Herodes se contrapone la búsqueda confiada de los Magos; a la noche se superpone la luz de la estrella; a la pregunta inquieta: "¿Dónde está el Rey de los judíos?" sigue la alegría sencilla de quienes "vieron al niño con María, su madre".

Y al final, los Magos regresan "por otro camino": el nuevo camino de los que han encontrado a Dios y ya no pueden caminar como antes.

La Epifanía deja claro que la historia está atravesada por una elección. No hay neutralidad ante Cristo: o se acepta o se rechaza.

Mateo nos muestra cómo el rechazo, representado por Herodes, crece progresivamente hasta volverse agresivo y sangriento. Las tinieblas parecen a menudo el rasgo más llamativo del relato. Sin embargo, no tienen la última palabra.

Pero junto al campo de las tinieblas, la liturgia de hoy nos hace contemplar el otro gran espacio de la historia: el de la luz.

La luz es el símbolo de la Navidad y de la Epifanía; la luz de la estrella y la luz que brilla en el comer.

Una luz que no se posee, que no se agarra, pero que nos envuelve, nos ilumina, nos da vida. La estrella de los Magos no es sólo un fenómeno que hay que observar: es un signo que hay que comprender con los ojos de la fe.

Un signo luminoso que hay que seguir para llegar a la luz de Cristo.

Una luz que no ciega, sino que cura; que no domina, sino que acompaña; que se adapta incluso a los ojos cansados y heridos del hombre.

San Agustín recordaba que la Navidad cae en invierno, cuando el sol es más débil, precisamente para indicar la delicadeza de la luz de Cristo hacia nuestra fragilidad.

Aquí, en Belén, ante el lugar donde la luz eligió hacerse pequeña, pidamos la gracia de convertirnos también nosotros en hombres y mujeres iluminados, capaces de llevar la luz a nuestras opciones, a las relaciones, a las heridas de la historia.

Como los Magos, aprendamos a dejarnos guiar, a detenernos en adoración y a emprender de nuevo otro camino: el que nace del encuentro con el Señor.

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