
El sábado 29 de noviembre, según la tradición, el Custodio de Tierra Santa hizo su entrada solemne en Belén para el inicio del Adviento.
La parroquia de Jerusalén acogió al Custodio, Fray Francesco Ielpo, en la parroquia de San Salvador, con saludos y agradecimientos, para luego partir en cortejo hacia el convento Mar Elías.
Allí el Custodio saludó a la comunidad local y concedió algunas entrevistas. El cortejo se dirigió después hacia el puesto de control de Belén, por donde hace su entrada según los acuerdos del Statu Quo.
Al llegar al centro "Acción Católica" de Belén, las autoridades civiles y la comunidad local acogieron al Custodio y a los frailes de la Custodia de Tierra Santa. Los scouts iniciaron luego el cortejo con la banda y acompañaron al Custodio por la calle Star Street hasta la Basílica de la Natividad.

El Custodio y los frailes franciscanos fueron acompañados por la banda musical de los scouts por la tradicional calle Star Street, donde Fray Ielpo saludó a la comunidad local, a los estudiantes y a los ancianos.
Junto a él caminaron también autoridades locales, tanto civiles como religiosas, en continuidad con la tradición centenaria que acompaña la presencia franciscana en Tierra Santa.

Llegado a la Plaza de la Natividad, acogido por los estudiantes del Terra Santa College de Belén, además de otras autoridades civiles, ciudadanos y fieles locales, el Custodio entró en la Basílica de la Natividad a través de la puerta que conduce a la Basílica Ortodoxa, donde fue recibido por las autoridades de las Iglesias Ortodoxas Locales.
Luego se dirigió, acompañado por los fieles y los frailes de la Custodia, a la Iglesia de Santa Catalina. Allí el Custodio fue acogido por Fray Marcelo Cicchinelli, guardián de la Natividad.
Después de la vestición y el beso de la Cruz, el Custodio saludó a la comunidad con un mensaje que el párroco, Fray Rafael Tayem, tradujo al árabe para la parroquia y los fieles presentes.
En su mensaje, Fray Ielpo subrayó cómo este retorno representa un "gran signo de esperanza", recordando que Dios no abandona a sus hijos ni siquiera cuando la historia parece alejarse de nuestros deseos de armonía y reconciliación.

En su discurso, el Custodio subrayó luego que el Adviento no es una espera pasiva sino confiada, arraigada en la certeza de que Dios continúa haciéndose cercano. La espera cristiana es "la certeza de que el Señor viene, y viene siempre para llevar luz a nuestras noches".
Estas palabras resuenan en una tierra que desde hace siglos alterna esperanzas y heridas, y que precisamente en esta celebración encuentra un momento de unidad. Belén, lugar de la Encarnación, se convierte una vez más en el centro simbólico de una historia en la que, a pesar de todo, Dios continúa entrando.
La referencia a la Encarnación es fuerte y actual: la historia, incluso en el sufrimiento, sigue siendo historia de Dios, que en Belén eligió hacerse hombre y que aún hoy continúa caminando junto a la humanidad. Es precisamente esta continuidad la que permite a los fieles mirar hacia adelante con confianza, conscientes de la fidelidad de Dios y de su presencia en los pasajes más complejos de la vida colectiva.
El retorno de la entrada solemne no representa solo la recuperación de una tradición sino el anuncio de un posible nuevo comienzo. En un tiempo en el que las heridas de la guerra están aún abiertas, la celebración se convierte en una declaración de resiliencia, una elección de luz contra la tentación del desánimo.
Belén vuelve a ser así no solo un lugar de la memoria cristiana sino un símbolo vivo, una invitación universal a la esperanza.

A primera hora de la tarde, los frailes franciscanos rezaron las Primeras Vísperas, presididas por el Padre Custodio. La procesión continuó luego hasta la Gruta de la Natividad, donde el Custodio incensó la estrella de plata que indica el lugar donde, según la tradición, nació el Salvador. Después incensó también el altar latino y el pesebre, en un clima de silencio y recogimiento, en vista del Adviento que estamos llamados a vivir en las próximas semanas.

El domingo 30 de noviembre, en la Iglesia de Santa Catalina, el Custodio celebró la misa solemne por el inicio del Adviento junto con la parroquia y la comunidad local, que llegó numerosa y feliz de acoger al Custodio en su primer Adviento y Navidad en Tierra Santa.
En su homilía, Fray Ielpo quiso subrayar el significado del Adviento para las comunidades cristianas del pasado.
En particular, explicó cómo las comunidades cristianas vivían, y viven aún hoy, una paradoja: Cristo ya había venido, había dado todo, y sin embargo la historia parecía no cambiar. Las injusticias, las violencias y los miedos no desaparecían. Este es el misterio del "ya y todavía no", la idea de que algo ha empezado pero aún no está cumplido.

Hoy esta paradoja no es menos actual: vivimos en un mundo donde la tecnología avanza rápido pero muchos corazones quedan atrás, donde se habla de progreso mientras naciones enteras siguen de rodillas, donde nos afanamos en construir aun sabiendo que "no quedará piedra sobre piedra" salvo la fidelidad de Dios.
La invitación del Evangelio, recordada con particular fuerza, no podría ser más directa: "¡Mirad!".
No un simple observar distraído, sino una mirada capaz de captar lo que escapa al ruido del mundo.
Mirar para reconocer los signos de una presencia discreta.
Mirar para no dejarse engañar por lo efímero.
Mirar para permanecer despiertos en una época de distracción permanente.
Es un mandato que hoy suena casi contracorriente: en un tiempo que nos quiere rápidos, hiperconectados y saturados de estímulos, se nos pide ralentizar, enfocar la mirada y no dejar escapar lo que realmente importa.

No es casual que esta invitación llegue precisamente desde Belén. La ciudad donde, según la tradición, Dios eligió entrar en el mundo sin ruido, "con pasos pequeños y silenciosos", como recuerda el Custodio. Es una lección aún viva: lo que realmente cambia la historia comienza a menudo en la sombra, lejos de los reflectores, en gestos cotidianos que nunca aparecerán en las portadas.
De Belén llega también la imagen más poderosa: todos somos espera.
Espera de una luz que ilumine tiempos complejos.
Espera de un futuro que no tema la fragilidad.
Espera de un bien que aún no vemos pero que puede sorprendernos justo cuando creemos que todo ha quedado igual que antes.
Y desde Belén, en este primer domingo de Adviento, las palabras finales suenan como un deseo universal: pedir ojos capaces de vigilancia y un corazón capaz de esperar.
Para acoger una paz que no es ingenua sino valiente.
Y para descubrir, una vez más, que la esperanza sabe florecer incluso en los lugares más probados.
Francesco Guaraldi
