Amar al Señor y escuchar a su Palabra

Dt 10,12-22; Sal 147; Mt 17,22-27

    1. Queridos hermanos y queridas hermanas, el Señor les dé su paz.

    Quisiera comenzar esta reflexión pidiendo al Señor Jesucristo el don de la misma paz que dio a sus discípulos en el Santo Cenáculo, en Jerusalén, en la tarde de su resurrección. Creo que, nunca como hoy necesitamos que este saludo y deseo de paz se cumplan. Y también creo que no sólo en la tierra del Medio Oriente es necesario realizar este don y sueño de Dios, que es la paz, sino en todo el mundo. Queremos la paz del Señor para esta hermosa nación mexicana, para sus familias, sus jóvenes y para esta ciudad de Monterrey.

    2. Para mí, es una experiencia importante celebrar la Eucaristía en tierras de México, que este año celebra los 500 años de la creación de su primera Diócesis. Igualmente, es una experiencia importante celebrar la Eucaristía en la tierra que recibió el Evangelio por la predicación de los 12 apóstoles franciscanos de México; y es singularmente importante celebrar la Eucaristía en la nación consagrada a la Virgen de Guadalupe. Ella nos revela el rostro materno de Dios y de la Iglesia, y toda la ternura que Dios nos quiere manifestar, cuando nosotros tomamos conciencia de nuestra pequeñez y pobreza. Su mensaje sigue vigente en el mundo de hoy, y si fue importante ese momento de la historia de México, tal importancia continúa hasta nuestros días. Igualmente, es actual para nuestra realidad de conflictos en Tierra Santa.

    3. La Palabra de Dios que llega a nosotros providencialmente en este día, nos ayuda a reflexionar sobre nuestra relación con Dios y su Palabra: «Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que sirvas al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma, que guardes los preceptos del Señor, tu Dios, y los mandatos que yo te mando hoy, para tu bien» (Dt 10,12-13). Todo lo que el Señor nos pide a nosotros es amor por El y escucha de su Palabra, que es para nuestro bien, porque el amor y la palabra de Dios alientan y trasforman nuestra vida y nuestra persona. Este amor y escucha de su Palabra no es sino una respuesta a su amor para nosotros; un amor que llega hasta la entrega de su vida, como hemos escuchado en el Evangelio: «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día» (Mt 17,22).
    
    Necesitamos hombres y mujeres llenos del amor de Dios y comprometidos con el Evangelio hoy, y aquí me gustaría decir que debemos orar, pidiéndole al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lucas 10,2), llenos de su amor y de su Palabra. Esta es la fuente de una nueva evangelización no sólo para América Latina, sino para toda la Iglesia. 

    4. Nuestro seráfico Padre San Francisco, al enviar a los hermanos a nuestra misión en Tierra Santa, nos ha dejado esta actitud de coherencia y minoridad como un testamento. San Francisco nos recuerda que estamos llamados a evangelizar de dos maneras: la primera consiste en no hacer peleas o disputas y estar sujetos a cada ser humano por el amor de Dios y confesar que somos cristianos. Esta primera forma es, por tanto, el testimonio de vida que ofrecemos, evitando toda forma de agresión y controversia, poniéndonos al servicio de los demás por amor de Dios y teniendo una identidad cristiana muy clara. En la segunda, San Francisco añade: "Cuando vean que complace al Señor", entonces los hermanos pueden hacer una proclamación explícita del misterio de Cristo y administrar los sacramentos que incorporan a la Iglesia. Finalmente, es necesario considerar la posibilidad de ser rechazado, perseguido e incluso asesinado, pero esto ya es parte de la profesión religiosa, con la cual nuestra vida misma está totalmente en manos de Dios.

    5. Esta visita a México sigue siendo significativa después de la celebración de los 800 (ochocientos) años de la presencia franciscana en Tierra Santa y de la peregrinación de paz que el mismo san Francisco hizo en 1219, encontrándose con el Sultán de Egipto.

    Hoy, nuestra presencia franciscana y misionera continúa en Tierra Santa y en los diversos países del Medio Oriente, con tantos desafíos y logros, que siguen haciendo de ella un perenne testimonio de amor y fidelidad a nuestro Señor Jesucristo y a su Evangelio. 

    6. Quisiera concluir pidiéndoles a todos ustedes, hermanos y hermanas, que oren por nuestra misión en Tierra Santa para que el Señor pueda despertar vocaciones para la vida misionera allí, en su tierra. ¡Roguemos a la Virgen Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, que interceda por cada uno de nosotros para que podamos ser fieles proclamadores del Evangelio de su Hijo, misioneros de la paz y el bien!