Homilía – XXIV Domingo del Tiempo Ordinario – Año A
Eclo 27,30–28,7; Rom 14,7-9; Mt 18,21-35
Hermanos y hermanas:
¡Que el Señor os conceda su Paz!
En Jerusalén, en el Museo Arqueológico de la Flagelación, se conservan y exponen también diversas monedas que se usaban en tiempos de Jesús. Al contemplarlas, podemos comprender mejor algunos detalles del Evangelio que, en una primera lectura, podrían pasarnos desapercibidos.
Hoy Jesús habla de un siervo que debe a su señor diez mil talentos. Un talento equivalía aproximadamente a seis mil denarios; y un denario correspondía, más o menos, al salario de una jornada de trabajo. Un talento suponía, por tanto, algo así como quince o veinte años de trabajo. Diez mil talentos son una cantidad sencillamente inimaginable: sesenta millones de jornadas de trabajo. Miles y miles de años.
Jesús exagera deliberadamente. Aquel hombre jamás podrá pagar.
Y, sin embargo, ante su señor, el siervo dice: «Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo». Es casi una frase absurda. No bastaría toda su vida, ni la de sus hijos, ni la de los hijos de sus hijos.
El señor no se limita a concederle más tiempo. Hace mucho más: «Compadecido de aquel siervo, el señor lo dejó marchar y le perdonó la deuda».
Este es Dios. Esto es lo que Dios hace con nosotros.
Antes incluso de hablar de nuestro deber de perdonar, deberíamos detenernos aquí. Porque la parábola no comienza con el perdón que debemos ofrecer, sino con el perdón que hemos recibido.
Pedro había preguntado a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Pedro piensa que está siendo generoso. Siete veces ya son muchas. Pero Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
Jesús no propone un nuevo número. Jesús está sacando el perdón de la lógica de los cálculos.
Porque Dios no ha hecho cálculos con nosotros.
Esta es la raíz del perdón cristiano. No perdonamos porque el otro lo merezca. No perdonamos porque aquello que nos ha hecho deje de dolernos de repente. Y tampoco perdonamos porque tengamos que convencernos de que el mal no es realmente un mal.
Perdonamos porque hemos sido perdonados.
El perdón de Dios precede al nuestro. Y se convierte en la medida del nuestro.
Aquí se comprende la segunda escena de la parábola. El siervo, apenas ha salido, se encuentra con un compañero que le debe cien denarios. No es una cantidad insignificante: son varios meses de trabajo. La deuda existe. La injusticia existe. Jesús no la niega.
Pero, comparados con los diez mil talentos que acaban de serle perdonados, aquellos cien denarios se vuelven pequeñísimos.
Y aquí aparece el detalle dramático. El segundo siervo pronuncia prácticamente las mismas palabras que el primero acababa de dirigir a su señor: «Ten paciencia conmigo y te pagaré».
Debería reconocerse en él. Debería recordar que, apenas unos instantes antes, él se encontraba en la misma situación. Y, sin embargo, lo agarra, lo ahoga y le dice: «¡Págame lo que me debes!».
El problema de este hombre no es simplemente que no sabe perdonar. Es algo más profundo: ha olvidado que él mismo ha sido perdonado.
Ha recibido misericordia, pero no se ha vuelto misericordioso. Ha permitido que el perdón de Dios llegara hasta él, pero no ha permitido que pasara a través de él para alcanzar a otro.
Y esta es quizá una de las tentaciones más sutiles también de nuestra vida cristiana: separar nuestra relación con Dios de nuestra relación con los hermanos.
Podemos rezar, celebrar la Eucaristía, pedir perdón a Dios, recibir su misericordia y después salir de la iglesia conservando celosamente nuestros rencores. Podemos pedir a Dios comprensión para nuestras fragilidades y ser inflexibles ante las fragilidades de los demás. Podemos esperar que Dios tenga una paciencia infinita con nosotros y decidir que nuestra paciencia con alguien ya se ha agotado.
El Evangelio de hoy nos dice que esto no es posible. El movimiento de la misericordia no puede detenerse en nosotros.
El amor de Dios no es simplemente circular: Dios me ama y yo devuelvo algo a Dios. Es más bien expansivo: Dios me ama para que ese amor, entrando en mi vida, llegue a través de mí a otra persona.
Perdonar no significa olvidar mágicamente. No significa decir que no ha pasado nada. No significa necesariamente restablecer de inmediato una relación como si nada hubiera ocurrido. Hay heridas que necesitan tiempo; hay relaciones en las que es necesario restablecer la verdad y la justicia.
Pero perdonar significa, al menos, comenzar a decir: el mal que he recibido no tendrá la última palabra sobre mí. No permitiré que quien me ha herido siga viviendo dentro de mí a través del rencor. No devolveré necesariamente el mal que he recibido. No haré de la deuda del otro la medida de toda su persona.
Esta palabra adquiere un peso particular precisamente en Tierra Santa. Vivimos en una tierra en la que cada uno conserva la memoria de sus propias heridas, de las injusticias sufridas, de sus víctimas, de sus propias razones. Y muchas de estas heridas son reales y profundas.
Pero si cada herida genera únicamente una nueva deuda que cobrar, si cada mal tiene que ser devuelto con otro mal, nunca saldremos de esta situación. La cuenta nunca quedará saldada. Seguirá pasando de generación en generación. Alguien tiene que tener el valor de romper la cadena.
Y quizá esta sea hoy una de las vocaciones más necesarias de los cristianos en esta tierra: ensanchar el espacio del perdón. No negar la justicia, no ocultar la verdad, sino dar testimonio de que la justicia por sí sola no basta para reconciliar a los hombres. De la justicia entendida como exigencia de saldar la deuda ya hablan muchos. El discípulo de Jesús debe tener el valor de introducir en el mundo algo diferente: la gratuidad.
Dentro de poco rezaremos una vez más: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
Quizá hoy podamos pronunciar estas palabras un poco más despacio.
En nuestras fraternidades, en nuestras familias, en nuestras comunidades. Y, cuánto lo necesitamos, sobre todo en la amada y herida Tierra Santa.
