Belén

En aquellos días, un decreto de César Augusto ordenó que se hiciera el censo de toda la tierra. Este primer censo se realizó cuando Quirinio era gobernador de Siria. Todos fueron a registrarse, cada uno en su propia ciudad.

También José, de Galilea, de la ciudad de Nazaret, subió a Judea a la ciudad de David llamada Belén: pertenecía a la casa ya la familia de David. Tenía que estar registrado con María, su novia, que estaba embarazada. Mientras estaban en ese lugar, los días de entrega se cumplieron para ella. Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo colocó en un pesebre, porque no había espacio para ellos en la casa.

El nombre

En las fuentes antiguas, Belén aparece ya citada en una tablilla cuneiforme hallada en Egipto, perteneciente al archivo del faraón Akenatón (siglo XIV a.C.); en ella se habla de la ciudad de Bit Lahmu, situada en el territorio de Jerusalén.

Es probable que el nombre original de la ciudad derive del término Lahmo, una divinidad caldea de la naturaleza y de la fertilidad adoptada por los pueblos cananeos, que cambiaron su nombre en Lahama. Si se da crédito a esta hipótesis, la traducción del nombre Beit el-Laham podría ser «Casa de Lahami», acepción razonable en virtud de la particularidad de esta tierra, muy fecunda y rica en agua.

En este sentido, el Antiguo Testamento llama a la ciudad Bet Léhem, «Casa del Pan», y también Efratá (Mq 5,2), epónimo de la tribu que vivía en estos lugares y que significa, literalmente, «fructífera». También los nombres modernos evocan esta idea de fertilidad y abundancia: en árabe, Beit Lahm significa «la Casa de la carne», debido a su gran cantidad de rebaños de ovejas y cabras, una de las actividades más importantes de la comarca; en hebreo, Beit-Léhem significa «la Casa del pan», argumento que nos introduce en la imagen de Jesús como pan bajado del cielo (cf. Jn 6).

Historia antigua

En el Antiguo Testamento, la ciudad es recordada como capital y casa de la tribu del rey David, establecida en estas tierras desde el 1200 a.C. (1Sam 17,12; cf. libro de Rut). También se cita a Belén como lugar de la sepultura de Raquel, esposa del patriarca Jacob (Gn 35,19). Estos acontecimientos bíblicos nos hablan de la secular historia de guerras y repartos de tierras que ha caracterizado siempre la vida de esta región. En el año 586 a.C., el ejército caldeo de Nabucodonosor conquistó Judea y deportó al pueblo judío a Babilonia, donde vivieron cincuenta años de exilio.

Acabado este periodo, el rey persa Ciro II permitió a los judíos volver a su patria. También Belén fue repoblada por este tiempo. Historia antigua Toda Palestina –y, en consecuencia, también la ciudad de Belén– fue ocupada nuevamente por Alejandro Magno en el 333 a.C., quedando sometida sucesivamente al reino de los Tolomeos de Egipto (301-198 a.C.) y al poder de los Seléucidas de Antioquía.

Entre el 167 y el 164 a.C., a raíz de la persecución llevada a cabo contra los judíos y de la posterior insurrección antisiria de los Macabeos, dio comienzo la dinastía de los Asmoneos, que reinaron durante unos treinta años sobre todos los territorios, incluida la ciudad de Belén, hasta la llegada de las legiones romanas.

El periodo romano

Los territorios de Palestina, conquistados definitivamente por Pompeyo en el 63 a.C., estaban bajo dominio romano en la época de la vida de Jesús. La administración romana había dividido los territorios conquistados en tetrarquías.

Así, la ciudad de Belén estaba sometida al poder de Herodes el Grande, que, hacia el año 30 a.C., mandó construir en las cercanías de la ciudad un palacio-fortaleza llamado Herodión. En cualquier caso, toda esta época queda marcada claramente por el acontecimiento del nacimiento de Jesucristo, que originó el advenimiento de la era cristiana y que coincidió también con un periodo de grandes revueltas del pueblo judío contra el dominio romano.

En el año 6 d.C., con el relevo del etnarca Arquelao, toda Judea fue incorporada a la provincia imperial de Siria y administrada por procuradores que residían en Cesarea del Mar. Cuando la destrucción de Jerusalén por parte de Tito en el año 70 d.C., Belén afortunadamente se salvó de la catástrofe.

El lugar santo atrajo como lugar de culto ya a los primeros cristianos, que veneraban la cueva en la que había nacido el Mesías. Sin embargo, en este periodo se recrudecieron progresivamente las revueltas judías, reprimidas con determinación por el emperador Adriano. Éste decidió levantar en Belén un templo pagano dedicado a Adonis precisamente en el lugar de la Gruta de la Natividad, que quedaría enterrada, destruida y despojada de todo signo cristiano, como ya había ocurrido con el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Por aquel tiempo, parece que el lugar presentaba un estado natural, tal como lo describe después Orígenes (340-420). En todo caso, siempre permaneció vivo el recuerdo de que allí estaba el lugar del nacimiento de Jesús, según transmite Orígenes (siglo III) en sus escritos. A causa de las fuertes represiones, muchos judeo-cristianos dejaron la ciudad, que quedó en manos de paganos. Y estos continuaron con su culto.

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Periodo romano-bizantino

El Edicto de Constantino (año 313) proclamó la libertad de culto y se inauguró así un nuevo periodo de renacimiento para todos los lugares de culto cristiano. Con el Concilio de Nicea (325) y por expresa voluntad de la reina Elena, tras las debidas investigaciones, comenzó la construcción de la Basílica de la Natividad, un templo que devolvía la dignidad al lugar santo custodiado allí.

La conclusión de la obra tuvo lugar en el año 333, como recuerda el peregrino anónimo de Burdeos (Itinerarium, 598). De esta forma, Belén se convirtió en un gran centro religioso. Más aún: con la llegada de San Jerónimo en el 384, Belén pasó a ser foco de nuevas formas de experiencia monástica.

Además, Jerónimo contribuyó en la historia de la Iglesia con la redacción de la Biblia Vulgata, encargo directo del Papa Dámaso (366-384). Otra figura relevante en la ciudad de Belén para el desarrollo del monaquismo, masculino y femenino, fue la patricia romana Paula: junto con su hija Eustoquio, llegó a Belén en el 386 y destinó gran parte de su patrimonio a la creación de dos monasterios en las proximidades del lugar de la Natividad de Jesús.

Tras la muerte de Jerónimo en el 420, la vida monástica en Belén no tuvo mucho seguimiento. Y la ciudad sería asaltada ferozmente por los samaritanos de Nablus, quienes, tras las revueltas contra el emperador de Bizancio de los años 521-528, saquearon iglesias y monasterios, atacando duramente a los cristianos (529).

Tras estos saqueos, que condujeron a la destrucción de la Basílica de la Natividad, el emperador Justiniano, a petición de San Sabas, restauró el santuario en el año 531 y reconstruyó la ciudad, que había quedado en ruinas. Se elaboró entonces un bello mosaico en el tímpano mayor, decorado con imágenes de los Magos vestidos a la usanza persa. Este detalle resultó muy útil, porque, durante la invasión encabezada por Cosroes II en el 614, la basílica fue preservada de la destrucción a causa de la visión de este mosaico, que amedrentó a los ejércitos persas.

En el año 629, el emperador Heraclio reconquistó a los persas todos los territorios palestinos.

Periodo árabe-musulmán

Con la ocupación árabe-musulmana por parte del califa Omar en el 638, también Belén fue sometida a este nuevo poder. Un gesto simbólico del califa garantizó el clima de tolerancia y convivencia entre musulmanes y cristianos: tras la ocupación de la ciudad, Omar entró a rezar ante el ábside sur de la basílica.

Desde aquel momento, el templo se convirtió en lugar de oración para cristianos y musulmanes. Este escenario de respeto entre ambas religiones fue empeorando progresivamente a lo largo de los siguientes califatos, hasta que se llegó a las persecuciones de 1009 por parte del califa fatimí Al-Hakim, que ordenó la destrucción de todos los santuarios de Tierra Santa.

Milagrosamente, la Basílica de la Natividad de Belén quedó preservada de esta devastación, probablemente por la importancia que el lugar había adquirido para la religión islámica, al ser el lugar de nacimiento de aquel a quien los musulmanes identifican como el Profeta Issa, pero también por el hecho de que la basílica hospedaba en su interior una pequeña mezquita.

Periodo cruzado

Comienza así un nuevo periodo en la historia de Tierra Santa. Debido a las difíciles condiciones de vida en la región de Belén, los cristianos pidieron ayuda a Godofredo de Buillón, que residía en Emaús. La llegada de los cruzados a Tierra Santa había arruinado definitivamente las relaciones entre musulmanes y cristianos, de forma que estos últimos esperaban con ansiedad la liberación de Belén por parte de los cruzados.

En 1099, cien caballeros capitaneados por Tancredo, conquistaron la ciudad, que, a partir de entonces, vivió un siglo de oro, puesto que se intensificaron las relaciones con Europa a través de peregrinaciones e intercambios comerciales. Los cruzados dieron también un nuevo aspecto a la ciudad, erigiendo un monasterio para los Canónigos de San Agustín (el actual convento franciscano), a quienes fue confiado el servicio litúrgico de la basílica y la acogida de los peregrinos; a los ritos orientales se les concederá la posibilidad de celebrar su propia liturgia.

El 24 de diciembre de 1100, Balduino I fue coronado primer rey de Jerusalén en la Basílica de Belén. Desde entonces, la ciudad dependerá directamente del Patriarca de Jerusalén y se convertiría en sede episcopal y capital diocesana.

Entre 1165 y 1169, por voluntad del obispo Raúl, se procedió a la restauración de la basílica, con la contribución económica del rey cruzado Amalarico I y del emperador de Constantinopla, Manuel Porfirogeneta Comneno, como se evidencia por el peregrino Focas. Esta colaboración constituyó un claro signo de unidad entre la iglesia oriental y la occidental. La derrota cruzada de Hattín (Galilea) en 1187 a manos de Saladino (Salah ad-Din ibn Ayyub) provocó una nueva ocupación de Belén. La comunidad latina que residía en la ciudad abandonó Belén, volviendo diez años más tarde, cuando los musulmanes permitieron a los latinos reanudar el culto mediante el pago de un alto tributo.

Con toda seguridad, la historia de Belén, como la de todos los lugares santos, tuvo un punto culminante en el viaje que Francisco de Asís, junto a otros doce frailes, emprendió hacia Oriente en los años 1219-1220. Es muy probable que Francisco de Asís llegara a Belén, porque la tradición siempre ha transmitido el especial cariño que el santo profesaba por la imagen del nacimiento, pero el detalle no está confirmado por ninguna fuente. Sí es del todo cierto que Francisco desembarcó en el puerto de Acre junto con los cruzados y se dirigió a Egipto, a la corte del sultán Al-Kamil al-Malik; éste, impresionado por la personalidad del santo, le concedió un salvoconducto para transitar por Palestina.

Algunos de sus compañeros, que ya habían llegado a Palestina en años precedentes, se quedaron al servicio de la Iglesia en estas Santas Tierras. Como fruto de las dos treguas, una entre el emperador Federico II y el Sultán de Egipto y otra entre el Rey de Navarra y el Sultán de Damaso, Belén pasó al Reino Latino de Jerusalén durante los años 1229-1244, poco más de un decenio, puesto que, en 1244, la invasión de los corasmios en Palestina desestabilizó nuevamente el territorio.

Periodo mameluco

En 1263, con la invasión de Jerusalén por parte de los mamelucos de Egipto, el Califa Baibars expulsó a los cristianos de Belén y derribó las murallas fortificadas de la ciudad. Durante este periodo, los peregrinos sólo podían llegar a la ciudad con el pago de altos aranceles.

La caída de Acre en 1291 supuso el fin del Reino Latino de Jerusalén. Toda Palestina permanecería bajo el poder de los mamelucos hasta la conquista del Imperio Otomano.

Los Franciscanos y Belén

Los frailes menores, llegados ya a Tierra Santa a comienzos del siglo XIII, se establecieron definitivamente en Belén en 1347, en el convento de los Canónigos de San Agustín, que habían sido expulsados por los mamelucos. Así lo acredita Fray Nicolás de Poggibonsi, que llegó a Tierra Santa precisamente en aquel año. El sultán donó a los «frailes de la cuerda» (como se les recuerda en las crónicas y documentos antiguos) la propiedad de la Basílica y de la Gruta de la Natividad.

Los otros ritos cristianos obtuvieron el permiso de celebrar sus respectivas liturgias. A partir de esta época, los franciscanos fueron los representantes del rito latino en Belén y en otros santos lugares. En 1479 se acometió la obra de restauración del tejado de la basílica, gracias a la laboriosidad del Hermano Guardián Juan Tomacelli.

La madera, proporcionada por Felipe III de Borgoña (Felipe el Bueno), fue transportada desde Europa en naves venecianas, mientras que el plomo fue donado por Eduardo IV de Inglaterra, como se evidencia Fray Francisco Suriano.

Periodo Turco

En 1517, el territorio de Palestina fue anexionado a las fronteras del Imperio Turco. El sultán Selim I destruyó lo que quedaba de las murallas de Belén. La ciudad cayó así en una lenta ruina, de forma que los cristianos, oprimidos y perseguidos, abandonaron poco a poco el país.

Los derechos sobre la basílica quedaron divididos entre franciscanos y ortodoxos, lo que significó el inicio de continuos desencuentros, sobre todo a causa del gobierno de la Sublime Puerta, que apoyaba arbitrariamente a una u otra confesión con diversos privilegios.

En 1690, los frailes franciscanos consiguieron readquirir todos sus derechos, pero en 1757 se llegó a un nuevo y ya definitivo cambio de propiedad. Entre 1831 y 1841, el virrey de Egipto, Mehmet Alí, y su hijo, Ibrahim Pasha, liberaron Palestina del dominio turco durante un breve periodo. En esta coyuntura, los cristianos reivindicaron su derecho sobre la ciudad de Belén y, tras años de sumisión y persecución, expulsaron a los musulmanes, cuyo barrio fue destruido en 1834. Desde entonces, la mayoría de la población de la ciudad será cristiana.

Uno de los acontecimientos más significativos de todo este periodo es la agitada historia de la Gruta de la Natividad y de las disputas entre las distintas confesiones; más en concreto, la trama de la desaparición de la estrella colocada por los latinos en el lugar del nacimiento de Jesús. El conflicto fue provocado por los griego-ortodoxos el 12 de octubre de 1847 y agudizó las seculares diferencias entre las dos confesiones.

A causa de estas fricciones, el gobierno turco promulgó en 1852 un firmán que sancionaba los derechos de propiedad existentes en los santuarios cristianos (statu quo), tratando de poner paz tras siglos de desencuentro. La Sublime Puerta, como agradecimiento a los países europeos que contribuyeron a su victoria contra Rusia en la Guerra de Crimea (1854-56), concedió a los latinos mayores libertades. Durante este periodo se establecieron en Palestina muchas congregaciones religiosas que se ocuparon de escuelas, hospitales y hospicios.

La llegada de tantos occidentales fue dejando su impronta en la ciudad, visible hasta el día de hoy. En 1859 los franciscanos adquirieron Siyar al-Ghanam, el Campo de los Pastores, donde, tras las pertinentes excavaciones, quedaron al descubierto restos de construcciones de la época bizantina, lo que significa que en el lugar existía desde antiguo un lugar de culto.

Tras la caída del Imperio Otomano en 1917, y tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, Palestina quedó bajo protectorado de Gran Bretaña en julio de 1922, sobre la base de acuerdos internacionales.

Fecha del nacimiento de Jesús

Hoy es comúnmente aceptado, entre historiadores y estudiosos, que el año del nacimiento de Jesucristo no fue calculado correctamente en su momento. Se habla de un error cometido por el monje Dionisio el Exiguo (siglos V-VI), a quien Roma encargó proseguir la compilación de la tabla cronológica de la fecha de Pascua preparada en tiempos del obispo Cirilo de Alejandría. El monje tomó como punto de partida la fecha de la encarnación del Señor.

El error de Dionisio radica en el hecho de que, según sus cálculos, el nacimiento de Jesús se produjo tras la muerte de Herodes, es decir, unos cuatro o seis años después de la fecha en la que realmente aconteció, que correspondería al año 748 de la fundación de Roma. Sin embargo, Flavio Josefo nos transmite que la muerte de Herodes I el Grande ocurrió después de 37 años de su reino; considerando que subió al trono en el año 40 a.C., el año de su muerte sería el 4 a.C.

Este dato lo confirma otro acontecimiento astronómico que el cronista recuerda antes de la muerte del monarca: hubo un eclipse lunar, que tuvo que ocurrir entre el 11 y el 12 de abril de 4 a.C. Por eso, si la fecha de la muerte de Herodes se produjo en el 4 a.C., Jesús no pudo nacer más tarde de ese año. Sin embargo, en lo que se refiere al mes y al día del nacimiento existen muchos indicios de veracidad en las fechas tradicionales. Para hacer este análisis hay que tomar en consideración dos fuentes: el evangelio según san Lucas y el calendario solar encontrado en Qumrán.

Lucas nos dice que el ángel Gabriel anunció a Zacarías que Isabel estaba embarazada cuando «oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno» (Lc 1,8). A través de esas dos fuentes es posible calcular las veinticuatro clases en las que estaban divididas las familias sacerdotales e identificar la octava clase, la de Abías, a la cual pertenecía el sacerdote Zacarías (Lc 1,5), que desarrollaba su servicio los días 8-14 del tercer mes y los días 24-30 del octavo mes.

Estas últimas fechas corresponden a finales de septiembre, nueve meses antes del 24 de junio, fecha del nacimiento del Bautista. En consecuencia, el anuncio a la Virgen María «en el mes sexto» (Lc 1,26) de la concepción de Isabel correspondería al 25 de marzo. Se puede, por tanto, considerar histórica la fecha del nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre.

No obstante esto, es común la idea de que la tradición de la Iglesia estableció esta fecha de la fiesta del nacimiento de Jesús en correspondencia con la festividad pagana del Dies natalis solis invicti, que se celebraba el 21 de diciembre, día del solsticio de invierno, probablemente para sustituir el culto pagano y divulgar velozmente el cristiano. Pero también es evidente que una fiesta tan central no pudo fijarse sólo por motivos oportunistas: con toda probabilidad, la tradición tenía raíces históricas y reales. Es verdad que el paso de la fiesta pagana a la cristiana fue muy fácil, pues la tradición bíblica vio siempre al Mesías como la luz y el sol: «nos visitará el sol que nace de lo alto» (Lc 1,78).

San Jerónimo

Nacido en Estridón (Dalmacia) en el 347, Jerónimo representa uno de los mayores exponentes del monaquismo ascético; ostenta además el título de Doctor de la Iglesia. Recibió la formación inicial en su familia de fe cristiana, estudios que prosiguió primero en Milán y después en Roma, junto con Rufino de Aquileya, en la escuela del célebre gramático Donato.

La fascinación de la Ciudad Eterna lo atrajo, tanto por su ambiente de estudio como por su vida mundana. Sin embargo, bautizado a la edad de 19 años, comenzó una vida retirada, buscando una profunda conversión y una vida ascética dedicada a la contemplación. Acabados los estudios, se dirigió a Tréveris para iniciar su carrera, pero descubrió la belleza de la experiencia monacal.

Así, contra la voluntad de su propia familia, se retiró a Aquileya de Dalmacia, junto a su amigo Rufino. Desde allí decidió dirigirse al Oriente, a la cuna del monaquismo, buscando una experiencia todavía más ascética. Se detuvo en Antioquía, junto al obispo Evagrio, de quien aprendió la lengua griega. Fue un periodo de alta experiencia ascética y espiritual, tanto en la lectura asidua de la Palabra de Dios como por la enfermedad.

Desde Antioquía, Jerónimo se retiró al desierto de Calcis, en la frontera con Siria, y comenzó una dura vida de anacoreta. Allí aprenderá el hebreo, con el fin de leer en lengua original el Antiguo Testamento. Viviendo esta profunda experiencia en el desierto, se le encargó traducir la Sagrada Escritura al latín. El resultado de su prodigioso trabajo resultó un don precioso para la Iglesia de Occidente: su Biblia, llamada «Vulgata», es hasta hoy el texto confirmado como oficial por la autoridad de la Iglesia.

Tras una breve experiencia precenobítica en el monte Aventino de Roma, se retiró a Belén, donde vivió los últimos años de su vida y donde pudo llevar a término su trabajo de traducción de la Biblia. En Belén le acompañaron Paula y su hija Eustoquio, dos patricias romanas que aportaron una fuerte suma de dinero para la construcción de dos monasterios, masculino y femenino, un hospicio para peregrinos y una escuela monástica.

Esta fue la primera experiencia de fundación monástica en las proximidades de la Gruta de la Natividad. Aunque no existen datos sobre la exacta ubicación de los monasterios, es seguro que Jerónimo elegiría las cuevas próximas a la Gruta Santa para la oración y la meditación. Emblemática en su espiritualidad es la reflexión sobre el pesebre de la Gruta de la Natividad, que, con el fin de dignificar el lugar, había sido sustituido ya en aquel tiempo por un receptáculo de plata:

«¡Ay, si pudiera contemplar aquel pesebre en el cual reposó el Señor! Hoy en día, en honor a Cristo, hemos limpiado la suciedad de aquel lugar y lo hemos adornado con objetos de plata, aunque para mí tiene más valor aquello que se quitó. Propio es de paganos el oro y la plata; la fe cristiana prefiere, en cambio, aquel otro pesebre lleno de estiércol. Aquel que nació en ese pesebre rechaza el oro y la plata. No es que esté criticando a quienes, con el fin de tributarle un honor, obraron de tal modo (así como tampoco a aquellos que en el templo fabricaron vasos de oro): lo que me admira es que el Señor, creador del mundo entero, no naciera en medio del oro y la plata, sino en un lugar lleno de lodo»

(Jerónimo, Homilía para la Natividad del Señor, finales del siglo IV).

[«O si mihi liceret illud praesepe videre, in quo Dominus iacuit! Nunc nos Christi quasi pro honore tulimus luteum et posuimus argenteum: sed mihi pretiosius illud est quod ablatum est. Argentum et aurum meretur gentilitas: christiana fides meretur luteum illud praesepe. Qui in isto praesepe natus est, aurum condempnat et argentum. Non condempno eos qui honoris causa fecerunt (neque enim illos condempno qui in templo fecerunt vasa aurea): sed admiror Dominum, qui creator mundi non inter aurum et argentum, sed in luto nascitur»].

Este párrafo manifiesta el deseo de reconocer la humildad y la sencillez de la encarnación de Cristo, que fue depositado en un pesebre sencillo, no hecho de materiales preciosos, un simple pesebre que hiciera más patente la grandeza del acontecimiento de la encarnación. Tras la muerte de Paula y Eustoquio, y tras la llegada de la noticia de la toma de Roma por parte de Alarico (410), Jerónimo experimentó un cierto desarme moral y el agravamiento de su estado de salud. Permaneció ya solo en su monasterio, que se iba desmoronando y estaba amenazado por continuos saqueos, y se dedicó a la acogida de cuantos llegaban al lugar y necesitaban refugio y hospitalidad.

El 30 de septiembre de 420 murió, tras un periodo de fuertes sufrimientos físicos, dejando a la Iglesia el tesoro inestimable de sus escritos.

Derechos sobre el terreno y el santuario

El santuario de Belén, no mencionado por el papa Clemente VI en sus dos bulas de 1342, fue concedido a los franciscanos por el sultán Al Muzzaffar Hayyi en los años 1346-1347, según transmite el cronista franciscano Nicolás de Poggibonsi.

No existe ningún firmán que sancione esta cesión, pero sí existe una confirmación de la misma en una cita del firmán del sultán Barsbay en 1427. Parece que fue el rey Pedro IV de Aragón quien solicitó el santuario al sultán de Egipto, como se colige explícitamente de dos cartas suyas, una dirigida al propio sultán y otra al papa Inocencio VI.

En 1558, los jefes musulmanes y cristianos de Belén declararon que los lugares de sepultura de la ciudad pertenecían a los franciscanos. Con una sentencia (hogget) de mayo de 1566, el tribunal de Jerusalén estableció que todo el santuario de Belén fuese posesión de los religiosos francos, quienes gestionarían la apertura y clausura de la basílica.

La Gruta de la Natividad, cuya propiedad había sido cedida injustamente a los griegos, les fue restituida a los latinos en 1690. En 1717, éstos colocan una nueva estrella de plata en el lugar mismo del nacimiento de Cristo. Con el establecimiento del statu quo, la cuestión sobre la propiedad quedó zanjada definitivamente.

A causa de los continuos desencuentros entre las diversas confesiones, la Sublime Puerta determinó que un soldado hiciese guardia junto al altar de la Natividad; este decreto se mantiene hasta hoy por las autoridades civiles competentes.

Fases de la excavación

En 1932, William Harvey, Ernest Tatham Richmond, Hugues Vincent y Robert William Hamilton realizaron los primeros sondeos en el patio que precede al santuario. En 1934, los mismos arqueólogos efectuaron algunas exploraciones en el interior de la basílica, descubriendo elementos pertenecientes al edificio constantiniano del siglo IV: los mosaicos de la nave central y el presbiterio octogonal.

A raíz de estas excavaciones, los arqueólogos produjeron una densa literatura, de la que se pueden citar los siguientes textos fundamentales: W. Harvey, en Archaeologia, volumen 87 (1937); E. T. Richmond, en QDAP, volúmenes 5 y 6; H. Vincent, en Revue Biblique (1936 -1937); J. W. Crowfoot, en Early Churches in Palestine (Londres 1941); R. W. Hamilton, en The Church of the Nativity, Bethlehem (Jerusalén 1947).

En 1947, el Padre Bagatti excavó la zona franciscana contigua a la basílica bizantina y el claustro de san Jerónimo, que por aquella época estaba en proceso de restauración general; en estas excavaciones se hallaron restos del periodo cruzado.

Bagatti publicó todas las fases de estudio y excavación en el libro «Gli Antichi edifici sacri di Betlemme» (Jerusalén 1952), que aún hoy permanece como una publicación fundamental sobre los elementos arqueológicos del santuario y de las zonas colindantes. En 1962-1964, el padre Bagatti llevó a cabo una nueva excavación en el terreno del convento, en concreto en las cuevas aledañas a la Gruta de la Natividad.

P. Bellarmino Bagatti

El padre Bagatti nació en Lari (Pisa, Italia) el 11 de noviembre de 1905 y murió en el convento de San Salvador (Jerusalén) el 7 de octubre de 1990. Tomó el hábito franciscano a los 17 años en el santuario del Monte Alverna, en la Toscana italiana, y fue ordenado sacerdote a los 23.

Su extraordinaria aptitud para los estudios facilitó su envío al Instituto Pontificio de Arqueología Cristiana de Roma en 1931, donde obtuvo brillantemente el título de doctor en 1936. Por aquellos años comenzó su actividad docente como profesor en el Studium Biblicum de Jerusalén, enseñando topografía y arqueología cristiana.

Junto con el padre Sylvester Saller, creó la serie «SBF Collection Maior» (1941) y, en colaboración con Donato Baldi, fundó la revista «SBF Liber Annuus» (1951). Una vez que asumió la dirección del Studium jerosolimitano, amplió los programas académicos y aumentó el número de docentes. Fue, además, profesor en la facultad franciscana de teología de Jerusalén. Recibió innumerables reconocimientos académicos y participó en muchos congresos internacionales de arqueología, Sagrada Escritura, mariología, literatura apócrifa, culto a san José...

Entre las excavaciones realizadas por el padre Bagatti se pueden enumerar las siguientes: las catacumbas de Comodila, en Roma (1933-1934); Monte Nebo y Khirbet el-Mukhayyat (1935); el santuario de las Bienaventuranzas (1936); la Visitación en Ain Karem (1938); Emaús-Qubeibeh (1940-1944); Belén (1948); Dominus Flevit en el Monte de los Olivos (1953-1955); Nazaret (1954-1971); Monte Carmelo (1960-1961).

Su vocación como profesor le llevó a emprender iniciativas innovadoras en la formación de sus hermanos de hábito, como, por ejemplo, el «Curso de actualización bíblico-teológica», que se celebra cada año sin interrupción desde 1969 hasta nuestros días.

Con su actividad científica, el padre Bagatti consiguió que los santos lugares no fuesen ya considerados sólo como piadosas tradiciones franciscanas, sino que la comunidad científica internacional los reconociese como auténticos lugares arqueológicos que conservan recuerdos antiguos y de las primeras comunidades judeo-cristianas.

Concretamente, los trabajos de Bagatti en las excavaciones de Belén se centraron en el estudio de la zona del convento franciscano y de las cuevas próximas a la Gruta de la Natividad. Trabajó, además, en formular y precisar la naturaleza del presbiterio octogonal de la basílica constantiniana, descubierto en las excavaciones inglesas de los años treinta.

En 2008 la Autoridad Nacional Palestina (ANP) impulsó la restauración de la iglesia de la Natividad con un decreto del presidente de la ANP Mahmoud Abbas. Se creó una comisión para la restauración presidida por el ingeniero Ziad Albandak, consejero presidencial para asuntos cristianos, que abrió una convocatoria de licitación.  Sobre esta base, en septiembre de 2010 se firmó el acuerdo entre las tres instituciones responsables de la basílica: el Patriarcado greco-ortodoxo de Jerusalén, la Custodia de Tierra Santa y Patriarcado armenio ortodoxo de Jerusalén.
Teniendo en cuenta los fondos disponibles, se puso en marcha de inmediato la restauración del tejado (que no se había tocado desde 1832 y tenía filtraciones por la lluvia) y de las 42 vidrieras.

El 22 de julio de 2013 el trabajo fue asignado a la empresa Piacenti S.p.a. de Prato (Italia), especializada en la restauración y conservación de edificios protegidos, complejos monumentales y bienes de interés histórico-artístico. Las obras se iniciaron el 15 de septiembre de 2013 y la primera fase concluyó en marzo de 2015. En un año y medio se construyeron 1.625 metros cuadrados de nueva cubierta y se sustituyó el 8 por ciento de las vigas de madera con madera antigua importada de Italia.  También se rehicieron completamente las grandes vidrieras y los marcos de madera. Las nuevas, de fabricación italiana, tienen doble acristalamiento. 

A partir de esta fase comenzaron a llegar fondos de varios donantes, lo que animó a la comisión a programar también otras intervenciones de restauración, que alcanzaron un presupuesto de 11 millones de euros. Así, se decidió intervenir en el nártex y las correspondientes puertas de acceso de madera y metal, en las fachadas externas de piedra (3.076 metros cuadrados), en los revestimientos internos (3.600 metros cuadrados), los mosaicos murales (125 metros cuadrados) y del pavimento, en las 50 columnas (28 de las cuales tienen pinturas al fresco del siglo XII que representan santos monjes egipcios y palestinos).  En diciembre de 2017 ya se había instalado un nuevo sistema de iluminación y otro para la detección de humos.  La restauración del nártex permitió retirar un apuntalamiento de madera instalado en los años treinta del siglo pasado, durante el mandato británico.

La restauración de los mosaicos de las paredes finalizó en junio de 2016 con la restitución de los colores brillantes de los mosaicos y con una sorpresa: salió a la luz un séptimo ángel, que se daba por perdido y que se reencontró gracias a una técnica llamada termografía (técnica que consiste en explorar superficies sólidas para buscar obras escondidas por el paso del tiempo o el abandono). Después se trabajó en las columnas y en los mosaicos del pavimento.
La idea es concluir las obras a finales de 2019, pero faltan por recaudar más de 2 millones de euros para financiar la última fase de los trabajos que, en casi una década, han devuelto la limpieza, la eficiencia y la luz al complejo basilical de la Natividad en Belén.

Llegada a la basílica

ecorriendo la Calle de la Estrella, como un día hicieran los Magos de Oriente y tras ellos todos los peregrinos, se atisba a lo lejos, antes de llegar a la plaza de la actual basílica, el encanto de un lugar que desde siempre atrajo a millones de visitantes llegados de todo el mundo para adorar al Niño.

Cuando se llega a la plaza enlosada que precede a la basílica, aparece al fondo la silueta del santuario de la Natividad. No es fácil captar, a primera vista, la estructura arquitectónica del conjunto basilical, cargado como está de siglos de historia y transformaciones.

El edificio esencial se remonta al siglo VI y es obra de los arquitectos del emperador bizantino Justiniano, que mandó reconstruir la basílica del siglo IV, destruida tras la revuelta de los samaritanos. Con todo, un detenido examen de la fachada permite distinguir algunos elementos que integran el conjunto de la basílica y sus estructuras anexas.

El aspecto de fortaleza es consecuencia de la secular necesidad de protección, tanto de la estructura general como de la residencia de los religiosos que custodiaban la basílica. Mirando hacia la fachada, los muros de la derecha corresponden a los monasterios armenio y griego; a la izquierda se encuentran las construcciones modernas de la Casa Nova y del convento franciscano de la época cruzada.

En la época constantiniana, sobre la actual plaza se levantaba un gran atrio porticado que, como espacio abierto y amplio, daba acceso a la basílica. Así lo confirmaron las excavaciones, que sacaron a la luz la planta de la basílica del siglo IV.

Delante de la entrada a la basílica se encontraron algunas cisternas, cuyas embocaduras son todavía reconocibles entre las losas del pavimento. Recogían el agua de lluvia para usarla en los ritos litúrgicos y para la vida cotidiana de los monasterios.

Actualmente, la plaza está cerrada por un muro perimetral que recorre todo el lado sur hacia el oeste. En este punto, abierto hacia la población, existió un amplio portal que servía como entrada a todo el conjunto constantiniano y delimitaba así el espacio sagrado del espacio civil.

La existencia de este portal, ahora inexistente, queda atestiguada por los restos de los cimientos excavados y por los dibujos de Bernardino Amico (siglo XVI) y de Mayer (siglo XVIII).

La actual fachada pertenece a la estructura de la construcción justiniana, aunque su composición se presenta hoy poco clara a causa de las continuas modificaciones. Una atenta observación permite apreciar hasta tres puertas de entrada que sucesivamente fueron tapiadas hasta llegar al acceso actual.

La fachada bizantina debía de ser majestuosa e imponente, con tres grandes puertas de acceso a sus naves correspondientes. La planta bizantina, alargada en un intercolumnio con respecto a la constantiniana, quedó completada con la innovación de un nártex.

La pequeña puerta de entrada es el resultado de las progresivas reducciones que a lo largo del tiempo sufrió el acceso a la basílica. Es fácil reconocer la gran puerta central de la época bizantina, con arquitrabe horizontal y piedras dispuestas en diagonal. Cuando llegaron los cruzados, la puerta fue rebajada según el estilo de los caballeros occidentales, para asegurar mejor la defensa del lugar santo. Esta etapa es hoy visible en los restos de arco ojival que se puede apreciar en el muro.

En la época otomana, las dimensiones de la puerta fueron reducidas todavía más, dejando como resultado el actual acceso de entrada a la basílica. Esta última reducción se hizo para impedir el paso a los que trataban de profanar el lugar santo. De este modo, la historia de la puerta permite reflexionar sobre las distintas fases del cristianismo en Belén: hubo periodos en los que la libertad de culto garantizaba el reconocimiento de la fe cristiana; hubo también otras épocas en las que las persecuciones y la intolerancia hacían muy difícil la vida de la comunidad cristiana local.

Las otras dos puertas bizantinas, ocultas completamente tras el muro perimetral de la basílica y tras los contrafuertes construidos en la fachada en la época cruzada, permiten intuir la majestuosidad y la belleza que la basílica bizantina debía de suscitar en aquellos que llegaban como peregrinos.

Entrada

​​​​​Entrando por la pequeña puerta, se accede en primer lugar a un espacio definido técnicamente como nártex, realizado en la época bizantina. El nártex, en la antigua tradición cristiana, desempeñaba la función de acceso a los espacios sagrados; también estaba destinado a los catecúmenos, que no podían entrar en la basílica en ciertos momentos de las celebraciones.

En la época constantiniana no existía nártex, pero un amplio atrio desempeñaba una función parecida. El espacio del nártex justiniano está dividido en cuatro partes.

En la época cruzada, los dos extremos sirvieron como base para sendos campanarios que tenían una altura de cuatro plantas. Una cuarta área, a la izquierda de la actual puerta de acceso, es utilizada por los policías que protegen y vigilan la basílica desde la época de los turcos.

El portón de acceso, hoy cubierto por andamios, es un regalo del rey armenio Hetum en 1227, tal como declara una doble inscripción en armenio y árabe.

Interior de la basílica

En su interior, la basílica ha conservado todos los elementos arquitectónicos del siglo VI. El emperador bizantino, cuando examinó el proyecto, no aprobó las opciones tomadas por el arquitecto y lo acusó de haber malgastado el dinero, condenándolo a la decapitación. A pesar de la insatisfacción del emperador, la estructura ha demostrado ser muy sólida, ya que ha llegado íntegra hasta nuestros días.

En la época constantiniana, el suelo estaba totalmente cubierto por mosaicos finamente trabajados, tal como mostraron las excavaciones financiadas por el gobierno inglés en 1932. Estos bellos mosaicos ofrecen decoraciones geométricas y florales.

Entre todos ellos, destaca el que se conserva a la izquierda del presbiterio: levantando la trampilla de madera, se puede observar el acrónimo ΙΧΘΥΣ(pez, en griego), que los primeros cristianos utilizaban para expresar el nombre de Cristo. Actualmente, el pavimento de la basílica consiste en un sencillo enlosado de piedra común, pero en la época bizantina estaba hecho a base de losas de mármol blanco con vetas muy acentuadas; de ellas queda algún ejemplo en la zona del transepto norte. El piso constantiniano presentaba una inclinación en ligera pendiente con respecto al actual, que es, además, cerca de un metro más alto que el original. El espacio interior, dividido en cinco naves mediante hileras de columnas, resulta oscuro y poco iluminado.

En el siglo VI, la basílica debía de estar totalmente recubierta de mármol: quedan todavía algunas huellas de orificios encontrados en los muros revocados en yeso, orificios que servían para anclar las losas de mármol a las paredes. Las filas de columnas, que hoy llegan a la altura de la zona absidal, en la antigüedad continuaban hacia el este, de forma que creaban un deambulatorio alrededor de la Gruta de la Natividad.

Este tipo de estructura arquitectónica fue muy empleada en varios lugares santos, especialmente para los «martyria»: según la costumbre, el peregrino daba un determinado número de vueltas en torno al lugar y adquiría así la gracia deseada. Las columnas y sus capiteles, realizados en piedra roja de Belén, son las originales de la época bizantina y obra de artesanos locales. Los capiteles, de fina factura, estaban coloreados de azul. En los fustes de las columnas figuran imágenes de santos orientales y occidentales, religiosos y laicos. También los arquitrabes son de la misma época, pero las decoraciones datan del periodo cruzado y guardan muchas semejanzas con sus contemporáneas del Santo Sepulcro.

Los lienzos altos de los muros de la nave central presentan decoraciones musivas de gran calidad, del siglo XII, obra de maestros orientales. Estos mosaicos están divididos en tres secciones horizontales que representan, de abajo hacia arriba, la genealogía de Jesús, los concilios y los sínodos locales y, ya en lo alto, una procesión de ángeles. Por un testimonio griego del siglo IX se sabe que, antes de estos mosaicos, existían otras decoraciones musivas de la época bizantina.

Entre esas decoraciones, la citada fuente griega recuerda especialmente una representación de los Magos llegando a Belén para adorar al Niño, que decoraba la fachada. Resulta así curiosa la crónica que habla de los soldados persas que invadieron la ciudad en el 614 d.C.: atemorizados por la visión de dicho mosaico, no se atrevieron a saquear la basílica, que resultó indemne. El episodio se le informará mediante la adición de elementos milagrosos, como en la historia del peregrino Jean Boucher.

Los transeptos, que todavía conservan el piso en mármol original de la época bizantina, están hoy decorados con iconos y mobiliario litúrgico de las tradiciones greco-ortodoxa (transepto derecho) y armenia (transepto izquierdo). En esta última sección se conservan también decoraciones musivas de escenas evangélicas hábilmente elaboradas.

El piso de la basílica constantiniana estaba totalmente cubierto por un lienzo musivo, tal como descubrieron las excavaciones realizadas en los años 1932-1934 por el gobierno inglés. El piso del siglo IV subía suavemente en dirección a la zona absidal con un desnivel que variaba entre los 75 y los 31 centímetros.

En la época bizantina, como consecuencia de la variación en las dimensiones de la planta basilical, todo el suelo fue pavimentado con mármol blanco veteado. Hoy, a través de las trampillas abiertas en el suelo, es posible disfrutar con la contemplación de los antiguos mosaicos. Su confección es verdaderamente minuciosa y refinada, sobre todo en la nave central.

Se calcula que se emplearon unas 200 teselas por cada diez centímetros cuadrados de superficie, cuando, en los mosaicos comunes, la densidad de teselas es de unas 100 para esa misma superficie. Este dato permite apreciar la excelencia de estas decoraciones: una mayor densidad de teselas permitía elaborar imágenes mucho más detalladas y reproducir una más amplia gama de colores. El resultado es el de una decoración musiva muy delicada, que muestra la importancia de este lugar santo.

Estos mosaicos que recubrían la nave central y el ábside reproducen motivos geométricos y decorativos (cruces gamadas, círculos, grecas); algo más raros son los motivos vegetales, tales como hojas de acanto y vid. Y es excepcional, en el transepto norte, la representación de un gallo, porque la ausencia de figuras animadas es típica de la tradición medio-oriental, en la que no se usaban figuras de animales o humanas.

Un elemento muy interesante de la decoración musiva ha quedado conservado en el ángulo izquierdo de la nave central: bajo la trampilla de madera se puede leer el acrónimo ΙΧΘΥΣ, que es el signo usado en la antigüedad cristiana para referirse al nombre de Cristo (Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador) y literalmente significa “pez”. Es el único elemento que confirma que el lugar santo era cristiano. En la época clásica era habitual el uso de acrónimos o nombres en la entrada de las casas patricias romanas, junto con la representación de los bustos de los propietarios. Esta referencia permite conjeturar que el acrónimo de la basílica pudiera señalar originalmente el punto de acceso a la zona sagrada y a la “Casa de Jesús”.

De hecho, los resultados de la excavación inglesa sugieren la hipótesis de que el acceso a la zona del presbiterio constantiniano se realizaría por medio de una escalera que nacía precisamente en el punto donde se encuentra el mosaico. Según el padre Bagatti, esta escalera de acceso al presbiterio quedó inutilizada para realizar una entrada directa a la Gruta de la Natividad.

La decoración de las columnas, inadvertida hasta que el padre Germer-Durant la estudió en el año 1891, representa uno de los elementos más interesantes de la ornamentación interior. Es difícil verificar si existe algún tipo de continuidad u orden en el proyecto iconográfico. Las pinturas están realizadas al encausto, técnica pictórica que consiste en aplicar pigmentos desleídos en cera a base de calor. Tanto los artistas como el periodo de producción son heterogéneos, por lo que se piensa que los trabajos eran pedidos ocasionalmente por personas particulares a distintos pintores. Sí es seguro que todas las imágenes se remontan a la época cruzada, que fue un tiempo de transición en la división entre las iglesias de oriente y occidente. Así lo confirma también la presencia de santos de ambas tradiciones, occidental y oriental. Las imágenes, todas en las columnas de la nave central y en la columnata de la nave sur, están circundadas por un borde de color rojo o blancuzco, mientras que las figuras de los santos destacan sobre un fondo azulado. Cada santo tiene su propio nombre escrito en un marbete, colocado en lo alto o entre las manos. La finalidad de toda esta imaginaría nos la describe el peregrino Focas, que habla de la costumbre de celebrar misas en las proximidades de la columna del santo del día. Según los cánones eclesiásticos de aquel tiempo, estas columnas decoradas hacían visible metafóricamente la presencia de los santos en el lugar. Y es tradición común, tanto entonces como ahora, que los santos son quienes soportan el peso de la Iglesia. De esta forma, las imágenes de los santos en las columnas transmiten este concepto, con fuerza y sencillez, a todos los fieles que visitan la basílica. Se puede definir a estas pinturas como “frescos con finalidad votiva”, porque es muy probable que sirviesen como testimonio de haber completado una peregrinación. Por otra parte, quienes encargaban las pinturas sabían que contribuían así al embellecimiento del templo.

La nave central es particularmente oscura, debido a la falta de mantenimiento, que, con el pasar de los años, ha llegado a comprometer el estado mismo del santuario. De todas formas, sigue siendo fascinante el efecto de los mosaicos con sus fondos dorados y las brillantes incrustaciones de madreperla que en otro tiempo recubrían todas las paredes de la basílica. La decoración de las paredes, de época cruzada, está dispuesta en bandas horizontales, hoy en gran parte cubiertas con yeso. Los últimos estudios de inspección relacionados con la restauración de la basílica han mostrado que las teselas de los mosaicos fueron colocadas con una cierta inclinación hacia abajo, con el fin de resaltar la belleza del mosaico al observarlo desde una posición inferior. En efecto: el peregrino que entra en la basílica recibe un fuerte impacto visual, aunque condicionado desfavorablemente por el mal estado de conservación de los mosaicos. El testimonio más directo y preciso acerca de esta decoración musiva es el del padre Quaresmi, quien, en su Elucidatio Terrae Sanctae (1626), describe minuciosamente todos los detalles de los mosaicos de las paredes. En el nivel inferior, en el lado derecho, están representados san José y los antepasados de Cristo, según el evangelio de san Mateo. Simétricamente, según palabras de Quaresmi, en el lado izquierdo debía de estar representada la misma genealogía según el evangelio de Lucas. En la sección intermedia, intercalados por hojas de acanto, están representados los siete concilios ecuménicos (Nicea, 325; Constantinopla, 381; Éfeso, 431; Calcedonia, 451; Constantinopla II, 553; Constantinopla III, 680; Nicea II, 787), cuatro concilios provinciales (Antioquía, 272; Ancira, 314; Sardes, 347; Gangres, ca. 340) y dos sínodos locales (Cartago, 254; Laodicea, siglo IV). Cada concilio está representado por un edificio sagrado y ofrece, en una extensa inscripción, la decisión tomada en asamblea. En el nivel más alto figura una representación de ángeles en procesión, todos en dirección hacia la Gruta de la Natividad, con caracterizaciones femeninas y vestidos con túnicas blancas.

A los pies de uno de estos ángeles se encuentra la firma del artista: “Basil”, de probable origen sirio. En los transeptos de la basílica se pueden observar escenas extraídas de los evangelios canónicos: la incredulidad de Tomás (la mejor conservada), la ascensión y la transfiguración, en el transepto norte; la entrada de Jesús en Jerusalén, en el transepto sur. En el ábside principal, según el testimonio de Quaresmi, debía de estar representada la Virgen con el Niño; en el arco absidal, la Anunciación a María, entre los profetas Abraham y David; y sobre las paredes inferiores, escenas de la vida de la Virgen, según la literatura apócrifa. En la contrafachada, sobre el portón de entrada, estaría representado el Árbol de Jesé, con Jesús y los profetas. El mosaico está ahora cubierto con yeso blanco. El peregrino Focas, en 1168, dice haber visto en la iglesia la imagen de su emperador bizantino, Constantino Porfirogéneta. Sería un indicio significativo de que, incluso después del cisma de 1054 y estando la basílica bajo el control de los cruzados, existían buenas relaciones entre las iglesias de oriente y occidente. Una inscripción en el ábside principal menciona juntos los nombres de Manuel Comnenos y Amalarico de Jerusalén. Por tanto, los mosaicos debieron realizarse antes de 1169, en las últimas décadas de la presencia cruzada en Palestina, que terminó en 1187.

Los mecenas fueron el rey cruzado de Jerusalén y el emperador bizantino: un ejemplo de colaboración único en la historia, que muestra la importancia que tenía en aquel tiempo el santuario de Belén. Los estudios efectuados tras los últimos trabajos de restauración han suscitado una nueva cuestión relativa al origen de los maestros artistas de los mosaicos. La hipótesis apunta la posibilidad de que fueran artistas locales quienes trabajaron en el proyecto decorativo, como por lo demás ocurría normalmente por evidentes motivos prácticos. Las firmas de los maestros de mosaicos, Efram y Basil, nombres de claro origen sirio, son un buen indicador para ubicar la procedencia local de los artistas. Es posible que intervinieran maestros o creadores griegos, pero resulta evidente que, quienes trabajaron en la decoración de estos mosaicos, conocían muy bien los grandes monumentos de Tierra Santa, decorados por artistas procedentes de occidente. Por ejemplo: en la nave central, en la banda decorativa que separa el segundo nivel (concilios) del tercero (ángeles), a la altura de las ventanas, aparece una máscara zoomorfa típica del arte románico europeo. Es posible, por tanto, reconocer en los mosaicos de Belén una armoniosa relación entre arte bizantino y arte occidental. Las últimas investigaciones concluyen que, en lo que se refiere al arte musivo, en la Basílica de la Natividad se forjó la muestra más grande de la época cruzada en el encuentro entre el arte bizantino y el arte cruzado. Los mosaicos simbolizan así el “perfil” ecuménico que la Basílica de Belén representa aún hoy para aquellos que la visitan: un punto de unión entre las Iglesias de Oriente y Occidente.

El iconostasio griego que actualmente preside el presbiterio es de 1764. En la primera basílica, esta zona, justo encima de la gruta, era de forma octogonal, como quedó evidenciado en las excavaciones de 1932-1934. A partir de la reconstrucción que se puede hacer tras los hallazgos arqueológicos, parece que, en el siglo IV, se accedía al presbiterio a través de una escalera ubicada en los muros de este perímetro octogonal. En este presbiterio octogonal, bajo el actual piso, se encontraron decoraciones en mosaico parecidas a las de la nave central, pero mucho más ricas, con representaciones animales, vegetales y geométricas.

Toda esta área sagrada es la que más transformaciones experimentó en la época justiniana. El presbiterio fue ampliado en tres direcciones por medio de tres espaciosos ábsides formando una cruz. El baldaquín constantiniano fue sustituido por un auténtico presbiterio de forma semicircular en el centro del área, con el fin de permitir a los peregrinos deambular libremente alrededor del lugar santo. También se transformó la entrada a la gruta, realizando dos accesos laterales a la misma.

Grutas

Las cuevas subterráneas contiguas a la Gruta de la Natividad son múltiples y están bien articuladas. Toda esta área, destinada ya en la antigüedad a uso funerario, ha mantenido a lo largo del tiempo esta finalidad.
La gruta más amplia y próxima al lugar de la Natividad es la llamada “Gruta de San José”. Está dividida en dos espacios y comunica con el convento de los franciscanos. Desde aquí es posible acceder también a la Gruta Santa a través de un pasillo privado de los latinos, usado para la procesión que se realiza cada día hasta el lugar de la Natividad.
Si el visitante se sitúa de espaldas al “Altar de San José”, encuentra, a su derecha, dos pequeñas grutas, la segunda de las cuales está dedicada a los Santos Inocentes. De frente se puede observar un arco pre-constantiniano bien conservado, perteneciente a una antigua cámara funeraria que fue derribada en la época de Constantino para construir los cimientos de la basílica. Es posible que este punto de la gruta fuera la entrada original a la cueva, puesto que desde aquí podía divisarse al fondo el lugar del Santo Pesebre.

A la izquierda sale el pasadizo que conduce a las grutas de las Santas Paula y Eustoquio y de San Jerónimo: aquí se descubrieron sus tumbas, junto a otros 72 enterramientos de diversas épocas, ahora conservados todos en un mismo sepulcro.

La entrada actual está ubicada lateralmente respecto al lugar del nacimiento de Jesús, pero se conjetura que en el siglo IV el acceso se realizaría frontalmente, desde la parte delantera del presbiterio. Las dos pequeñas portadas de ambos accesos son del periodo cruzado. Por la escalera sur (derecha del iconostasio) se llega al interior mismo de la Gruta de la Natividad. El espacio es estrecho y angosto; las paredes, originalmente irregulares, forman ahora un perímetro casi rectangular. En la época bizantina, la roca natural de las paredes estuvo recubierta con mármol.

El Altar de la Natividad se comenzó a venerar sólo cuando, en la época bizantina, fue creado este espacio como recuerdo del lugar preciso del nacimiento de Jesús. La estructura actual es completamente distinta a la descrita por los peregrinos Focas y l'Abad Daniel en el siglo XII. Dos columnas de piedra roja sostienen el altar, donde figura la inscripción «Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus»; en el conjunto están representados el Niño entre pañales, la escena del lavatorio del Niño y la llegada de los pastores. Bajo el altar se encuentra la estrella de plata con la inscripción latina: «Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est - 1717», en recuerdo del lugar exacto de la Natividad.

A la derecha del altar de la Natividad está el lugar donde María colocó al Niño tras nacer: un “comedero”, llamado popularmente el Altar del Pesebre. En esta parte de la gruta el suelo es más bajo. Este espacio está delimitado por columnas parecidas a las bizantinas de la nave central de la basílica y por restos de dos columnas cruzadas. Frente al pesebre existe un altarcillo dedicado a los Magos donde los latinos celebran la santa Misa. La actual estructura de toda esta capillita no es original, sino resultado de muchos cambios realizados a lo largo del tiempo y derivados del continuo trasiego de peregrinos.

Tras el incendio de 1869 y para prevenir nuevos siniestros, las paredes de la Gruta fueron recubiertas con paneles de amianto, donados por el presidente de la República Francesa, el mariscal MacMahon, en 1874. Por debajo de este revestimiento son todavía visibles los mármoles cruzados, mientras que sobre dichos paneles penden cuadros de madera de escaso interés artístico.

Siguiendo el recorrido de la Procesión Cotidiana, se sale de la Gruta de la Natividad a través de un túnel practicado por los franciscanos para garantizar un acceso directo al lugar santo y se llega a la Gruta de San José. Esta gruta, remodelada en estilo moderno por el artista Farina, debía de ser la cueva más próxima al lugar de la Natividad. A la salida del pequeño túnel, a la derecha, se encuentra el “Altar de San José”. Frente a éste se conservan los cimientos de un muro constantiniano y un arco pre-constantiniano: estos elementos revelan que ya en los siglos I-II el lugar estaba habilitado como lugar de enterramiento “ad sanctos”. De hecho, la costumbre de enterrar a los muertos junto a lugares santos era una práctica común, también en occidente (en Roma, por ejemplo). Ya en las escaleras que conducen desde las grutas subterráneas a la iglesia de Santa Catalina es posible observar los muros de apoyo de las tres construcciones sucesivas de la zona absidal: uno de la época constantiniana y otros dos de época bizantina, uno de los cuales parece ser un proyecto no completado. 

Situados de espaldas al “Altar de San José”, a la derecha se encuentra la Gruta de los Inocentes. En ella se distinguen tres arcosolios que albergaban entre dos y cinco enterramientos. Aquí se recuerda la memoria de la matanza de los inocentes, ordenada por el rey Herodes el Grande poco después del nacimiento de Jesús (Mt 2,16). En los primeros siglos, la memoria de los Santos Inocentes era celebrada en la gruta adyacente, que debía de ser un osario común, puesto que allí se encontraron muchos restos de huesos.

En la gruta intermedia entre la Gruta de San José y la Gruta de San Jerónimo se encuentran dos altares: uno dedicado a las santas Paula y Eustoquio, el otro a los santos Jerónimo y Eusebio de Cremona.

En la pared, a la derecha del primer altar, hay tres sepulcros dispuestos al estilo de las sepulturas en la zona rural de Roma (Lacio). Este detalle permite suponer que aquí vivían fieles procedentes de las comunidades latinas, que mantuvieron la costumbre de enterrar según el uso romano de las catacumbas, donde los cuerpos eran depositados en nichos practicados en las paredes. Desde la última gruta, dedicada a San Jerónimo, es posible acceder directamente al claustro de los cruzados a través de una escalera interna.

Los edificios cerca de la Basílica

El complejo monumental de los edificios religiosos, incluyendo la Iglesia de la Natividad, que es el centro, ocupa una superficie de 12 000 m2, e incluye, además de la iglesia, conventos América (norte), griego (South-East), Armenia (Southwest) y la Iglesia Católica de St. Catalina de Alejandría, con el claustro de S. Jerome.

La iglesia de Santa Catalina es accesible por tres vías: a través del transepto norte de la basílica, desde las grutas subterráneas y por el claustro de san Jerónimo. La iglesia, que pertenece al conjunto del convento cruzado, ha sido objeto de numerosas remodelaciones a lo largo de los siglos; la última se realizó con ocasión del Jubileo del año 2000. El lugar estaba dedicado a Santa Catalina de Alejandría ya en 1347.

Inicialmente consistía tan sólo en una pequeña capilla interna del convento franciscano; se trata del espacio que corresponde hoy al altar dedicado a Santa Catalina. Con todo, la antigua estructura descrita en los dibujos de Bernardino Amico es ya irreconocible, puesto que todo el espacio se ha ido agrandando con el tiempo. El actual edificio sagrado es amplio y luminoso. Está constituido por tres naves con un ábside en el que se sitúa el coro de los frailes. En este mismo ábside está representada la escena de la Natividad, en vidriera de época moderna realizada en la reforma del año 2000. Al fondo de la nave derecha está situado el altar dedicado a Santa Catalina; un poco más a la derecha, en una pequeña capilla lateral dedicada a la Virgen, se encuentra la popular imagen del Niño Jesús de Belén, del siglo XVIII, centro de las celebraciones solemnes de la Navidad. Mención especial merecen los arcos de época cruzada conservados todavía en la entrada de la iglesia, ahora englobados en la estructura del templo.

Se trata de la galería este del “Claustro de San Jerónimo”. En este espacio se muestra el bajorrelieve donado por el Papa Juan Pablo II con ocasión del Jubileo del año 2000.

El Claustro de San Jerónimo, llamado así por su acceso directo a la gruta dedicada al santo, fue restaurado por el arquitecto Antonio Barluzzi en 1947. El arquitecto colaboró también con el padre Bagatti en la investigación arqueológica de las grutas subterráneas. Para la restauración y consolidación del claustro fue necesaria la inclusión de columnas nuevas, que, en todo caso, respetan los principios de conservación artística; ejemplo de ello son los capiteles modernos, simples y básicos, que se alternan con los cruzados, más ricos en su decoración.

Desde el claustro se accede a la Capilla de Santa Elena, situada en la base de uno de los campanarios cruzados; allí se pueden contemplar frescos del siglo XII, muy interesantes, pero mal conservados.
En el lado opuesto está la entrada al convento franciscano, ampliado respecto al cruzado. De éste último se conservan la sala de entrada con arcos ojivales, los muros perimetrales que dan acceso al lado norte del convento, el almacén y las cisternas, algunas incluso de época anterior a los cruzados.
A través de los subterráneos del convento es posible acceder al lugar que la tradición atribuye al Primer Baño del Niño Jesús.

Entrando en el claustro de San Jerónimo y dirigiéndose hacia la basílica, se encuentra la puerta de acceso a la capilla llamada de Santa Elena.
En el periodo cruzado, el nártex justiniano quedó compartimentado en varias estancias, una de las cuales fue dedicada a capilla. Esta capilla de Santa Elena presenta elementos de arquitectura cruzada y frescos de esa misma época (siglo XIII) de gran calidad, a juicio del padre Vincent, hoy en mal estado de conservación.

En el ábside está representado Cristo entronizado entre la Virgen y Juan evangelista. En el arco se observa un interesante medallón que representa la etimasia, tema clásico en la iconografía bizantina que reproduce un trono vacío preparado para la llegada de Cristo en el día del juicio final.
En el resto de paredes están representadas imágenes de santos.

El Convento franciscano

El convento fue construido sobre los restos de las grutas que utilizaron los primeros monjes que se instalaron cerca de la Gruta de la Natividad y del primer convento cruzado de los Canónigos de San Agustín.

La estructura esencial del convento es la cruzada, ahora modificada y ampliada. Quedan huellas de la arquitectura cruzada en el amplio salón de acceso del convento y en los espacios subterráneos. Actualmente se puede acceder a los antiguos almacenes cruzados e identificar la antigua cisterna en el espacio destinado a los ascensores.

La fachada y la entrada al convento cruzado estaban localizadas en el lado norte del edificio, donde hoy existe un aparcamiento y la entrada a la Casa Nova.

El lugar llamado “El Baño de Jesús” es accesible sólo desde el convento; aunque cargado de interés histórico y arqueológico, no ha sido todavía estudiado adecuadamente.

En todo caso, la roca de esta zona ha mantenido las mismas características desde el tiempo en el que estos lugares fueron pisados por la Sagrada Familia. Se trata de una gruta circular en cuyo centro está excavada una pila redonda, recordada por la tradición como el lugar en el que se produjo el primer baño del Niño Jesús recién nacido. Este motivo abunda en los iconos orientales y en las antiguas representaciones de la Natividad.

El espacio fue descubierto por un intrépido sacristán a finales del siglo XIX. La sacralidad de lugar queda testimoniada desde muy antiguo: por ejemplo, Arculfo (Sobre los Lugares Santos, 2, 1,3; año 630) cuenta que se lavó la cara allí mismo.
El lugar está todavía pendiente de investigación, pero por el momento se puede avanzar la hipótesis de que se trate de un recinto ya utilizado con anterioridad al nacimiento de Jesús.

La estructura del convento conserva el antiguo trazado de la época cruzada. Así lo certifica la presencia de espacios subterráneos como la cruz Hall, que ahora se utilizan como capilla para los peregrinos, una vez utilizado como almacén. Junto a esto aún se conservan antiguas cisternas.

El tejado

A diferencia de otras muchas iglesias orientales, la cubierta del tejado no era de bóveda, sino de vigas con cubierta, como describe Luis de Rochechouart antes de la restauración de 1461: “El tejado consiste en una estructura de madera construida en los tiempos antiguos. Esta estructura se va arruinando poco a poco, sobre todo en la parte del coro. Los sarracenos no permiten ni edificar ni reparar, de forma que es un milagro del Pequeño que allí nació si se mantiene todavía en pie”.

El tejado de la Basílica de la Natividad fue objeto de una notable reforma en 1479, por iniciativa del entonces hermano guardián, fray Juan Tomacelli. La madera, pagada por Felipe el Bueno, rey de Borgoña, fue trasportada en naves venecianas, mientras que el plomo para la cubierta fue regalado por el rey de Inglaterra, Eduardo IV.

Una ulterior reforma fue llevada a cabo por los griegos en 1671. En esta ocasión se sustituyó la madera de cedro por madera de pino, como certifica el padre Nau.

Esta gran inversión en materiales y recursos económicos tuvo como feliz resultado el tejado que perdura hasta el día de hoy, pero que se encuentra en avanzado deterioro, provocando además la degradación de la decoración musiva de las paredes. En particular, la estructura de plomo, que durante el verano alcanza temperaturas altísimas, se dilata con el calor y provoca fisuras en la estructura que facilitan el filtrado del agua.
Desde el tejado de la iglesia de Santa Catalina, ofrecemos a los visitantes una particular vista aérea que permite descubrir la construcción triabsidal del santuario y ayuda a entender los cambios acontecidos a lo largo de los siglos en el perímetro del edificio.

El tesoro de Belén

l tesoro de Belén está custodiado actualmente en el Museo Arqueológico del Studium Biblicum Franciscanum, en Jerusalén. Lo componen una serie de objetos de plata y bronce de la Edad Media pertenecientes a la Basílica de la Natividad, objetos que fueron hallados fortuitamente en dos momentos distintos: en 1863, con motivo de la restauración de la cocina del convento franciscano; y en 1906, durante la excavación para los cimientos del nuevo albergue para peregrinos.
El tesoro fue escondido con sumo cuidado en un periodo y por causas desconocidas para nosotros, aunque se puede conjeturar que esto ocurrió para protegerlo de posibles saqueos tras la prohibición del uso de campanas que impuso Mehmed II a los cristianos en 1452.
El tesoro está compuesto por:

  • Un báculo esmaltado;
  • Tres candelabros también esmaltados y otros dos de plata con inscripciones;
  • Un carillón compuesto por trece campanas;
  • Tubos de órgano de distintas dimensiones;
  • Una cruz armenia de metal encontrada en las excavaciones de 1962-64 por el padre Bellarmino Bagatti.

Además, se conservan en este tesoro custodiado en el Museo de la Flagelación otros objetos de arte procedentes de la Basílica de la Natividad.

Belén en la iconografía

Las representaciones de la Basílica de la Natividad en la historia

Las representaciones de la Basílica de la Natividad en la historia Desde los primeros siglos de la antigüedad cristiana, Belén quedó representada en muchos mosaicos y miniaturas, bien por artistas que habían visitado el lugar, bien por personas que no conocían realmente el santuario.

De toda esta larga historia es posible entresacar una breve relación de algunas representaciones que ofrecen imágenes aproximadas del desarrollo real del santuario: El mosaico absidal de Santa Pudenciana en Roma, del siglo IV, muestra, a la derecha del Redentor, un edificio octogonal y, a su izquierda, otro edificio que comúnmente es identificado como el Santo Sepulcro.

En el mosaico del pavimento de la iglesia de San Jorge, en Madaba (siglo VI), se representa la construcción justiniana, con los tres ábsides en forma de trébol que identifican muy bien la estructura.

Una miniatura medieval (siglo XIII), conservada en Cambray, en Francia, representa la fachada de la basílica en época cruzada, con dos campanarios. Un grabado contenido en el libro «Viaje a Palestina» (1483), de Bernhard von Breydenbach, dibuja la basílica con elementos que hoy ya no son visibles y que permiten recuperar el aspecto de la antigua basílica: el muro perimetral, los edificios habitados por griegos y armenios, las ventanas de la basílica en forma de arco, las tres cruces que indican las indulgencias...

Es de rigor citar, en fin, los dibujos de los padres Bernardino Amico (siglo XVI) y Ladislao Mayer (siglo XVIII); éste último ofrece detalles interesantes, en especial acerca del claustro.

El Niño de Belén

La popular imagen del Niño Jesús es portada en procesión hasta el Santo Pesebre en la Nochebuena y, tras la Epifanía, vuelve al altar de la Virgen en la iglesia de Santa Catalina. La talla fue encargada por fray Gabino Montoro, ofm, en 1920, a la Casa “Viuda de Reixach” de Barcelona y fue realizada por el artista Francisco Rogés. Éste es también el autor de la imagen del Niño en el trono que es llevada en procesión por el Custodio en la fiesta de Epifanía.

Las dos imágenes son de madera de cedro. Se prepararon varios modelos, entre los que fue elegido éste con las manos juntas. Con todo, la tradición de la imagen del Niño Jesús de Belén es mucho más antigua, como lo demuestra la crónica editada por fray Jerónimo Golubovich en su “Biblioteca Bio-bibliográfica de Tierra Santa”. Allí se narra un curioso episodio de la desaparición de la imagen: 

“De cómo el Pachá de Jerusalén arrebató a los frailes una imagen de madera del Niño Jesús con el fin de obtener dinero”. “Llegadas que hubieron el tres de junio a Belén casi todas esas naciones cismáticas para celebrar no sé qué fiesta suya, se llegaron hasta nuestro convento para visitar los santuarios e iglesias. Permanecían en nuestra sacristía admirando una bellísima escultura del Niño, la que nuestros frailes suelen poner en la noche de la Navidad del Señor en el Santo Pesebre, preguntando a quién representaba. Un monje griego les respondió que aquel era el Dios de los idólatras francos y que, si los ministros turcos se lo quitasen, se quedarían sin Dios. Pasada como una hora entró en nuestra iglesia de Santa Catalina el pachá. Encontrándose él allí con toda su corte, ordenó que le fuese llevado el Niño, porque quería verlo. Habiéndolo tenido un buen rato con mucho gusto entre sus manos, lo restituyó a nuestro intérprete, sin decir ninguna otra cosa. Cuando, por la tarde, estaban en nuestra iglesia grande (donde suelen residir y pernoctar tales personajes grandes) discutiendo de todo esto, le dijeron que había hecho muy mal en devolver el Niño, puesto que, si lo hubiese tomado y retenido, los francos se habrían visto obligados a rescatarlo pagando un buen millar de piastras, ya que ellos lo tienen por Hijo de Dios y así lo adoran. Estimando el pachá que podría sacar provecho en esta ocasión, mandó rápidamente a su intérprete a por el Niño, con la promesa de no extraviarlo o dañarlo de ninguna manera. De forma que, con esta vana esperanza, se lo llevó a su casa en Jerusalén.

El padre guardián, cuando fue avisado de todo esto, permaneció inalterado, sin rechistar ni hacer mención alguna. Pasados tres meses y viendo que los frailes no le dirigían ninguna reclamación, el pachá convocó a nuestro intérprete para decirle que se maravillaba mucho de que los francos tuviesen a su Dios en tan poca estima. El intérprete le respondió que a quien los francos adoran es al Dios Uno y Trino que está en el cielo, que aquel Niño representaba solamente al Hijo de Dios en carne humana, al cual ponían los frailes en la noche de su Natividad en aquel Santo Pesebre para representar el misterio de su nacimiento. El pachá le respondió que sabía muy bien que aquel era su real y verdadero Dios, pero que, por no hacer un gran dispendio en su rescate, trataban de tergiversar las cosas de aquella manera. Concluyó el pachá proponiéndole que, de todas formas, puesto que él no quería ya tenerlo en su casa, mandaría que se lo llevasen a Belén con muy buena cortesía. Y, entregándoselo en sus manos, le dijo que le diera al menos cien piastras. Después de muchos alegatos, se contentó finalmente con dos vestidos de seda y dos paños bordados. Alabado sea Jesucristo. Amén.” (T.S. 1969, p. 378)

Queda, pues, patente que la tradición de la representación del Niño es muy antigua y está ligada a la devoción que ya Francisco de Asís y sus frailes contribuyeron a divulgar y difundir. Está documentado el envío de algunas imágenes del Niño desde Tierra Santa a Italia en 1414, costumbre que prosigue hasta nuestros días. También hoy, en efecto, no sólo los franciscanos, sino los mismos peregrinos, gustan llevarse a casa, como recuerdo del lugar santo de la Natividad, la imagen del Niño Jesús.

Manufacturas

Entre las actividades económicas más importantes de la ciudad de Belén se debe enumerar necesariamente la de los productos de artesanado local en madera de olivo, madreperla y coral.

La historia de estas labores está vinculada directamente con la historia de la fraternidad franciscana en Belén. En efecto, a partir del siglo XVI, los frailes fundaron escuelas para la enseñanza del tallado de la madera y de la elaboración de la madreperla, favoreciendo así la apertura de talleres artesanales dedicados a estos trabajos, con el fin de realizar objetos litúrgicos, belenes y otras manufacturas.

Todavía hoy la economía de muchas familias de Belén depende de esto, sobre todo tras la construcción del muro que en parte ha aislado a la población de los Territorios.

El primer testimonio que nos habla del uso de estas técnicas se remonta al año 1586: el peregrino belga Juan Zuallart, describiendo su peregrinación a los lugares santos, cuenta que en Belén «hacen rosarios y crucecillas de olivo, cedro y otras maderas» (Il devotissimo viaggio di Gerusalemme, Roma 1595, p. 206).

La enseñanza de esta técnica se puede remontar con seguridad a la constitución de la escuela en 1347, donde además del estudio de las materias teóricas, se promovía la enseñanza de disciplinas prácticas y de artesanado. En estas pequeñas factorías artesanas, además de la producción de objetos sencillos, comenzó también la fabricación de objetos de gran valor artístico, como las maquetas de los lugares santos y los belenes en madreperla y madera de olivo. El gran auge de estas actividades se produjo a raíz de los estudios de perspectiva de Bernardino Amico, que estuvo en Jerusalén y Belén en 1593-97.

Con su aportación se realizaron auténticas obras maestras de modelismo, especialmente en madreperla. Bajo el Imperio Otomano disminuyó la afluencia de peregrinos y, en consecuencia, se redujo la actividad productiva del artesanado local. Sería a comienzos del siglo XX cuando esta pequeña industria retomó un nuevo vigor, gracias a la contribución del padre Pacífico Riga, quien, como director y maestro de diseño de la Escuela de Belén durante 24 años, redescubrió y renovó la enseñanza de esta técnica.

Entre los productos elaborados artesanalmente en Belén se pueden citar belenes, sepulcros, cuadros en madreperla, relicarios y candelabros, además de modelos monumentales en miniatura que reproducen los santos lugares.

En el Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, la ciudad de Belén es citada 44 veces, muchas de ellas con el nombre de «Belén de Judea», por la tribu a la que pertenecía, para distinguirla de la localidad homónima de la tribu de Zabulón, en Galilea.

La primera vez que Belén aparece en la Biblia es en referencia a Raquel, esposa de Jacob, que murió en las cercanías de la ciudad al dar a luz a Benjamín, “el hijo de la vejez”. Fue enterrada en el camino que va de Jerusalén a Belén (Gn 35,19). Debe recordarse también la historia de Noemí, esposa de Elimélec: tras vivir en la tierra de Moab, ya viuda volvió a Belén acompañada por su nuera Rut. Esta última se casó con Booz y de esta unión nació Obed, padre de Jesé y abuelo de David (Rt 4,17).

En efecto: una de las grandes glorias de Belén reside en haber sido lugar de nacimiento de David, que fue consagrado como rey de Israel en sustitución de Saúl por el profeta Samuel por orden de Dios (1Sam 16,1-14). David, el más pequeño de sus hermanos, fue elegido por designio del Señor. Su encanto e intrepidez lo convirtieron muy pronto en un personaje importante para el reino, de forma que llegó a ser rey de los judíos. Por esta razón, Belén es llamada también “la ciudad de David”. Pero la verdadera grandeza de Belén radica en haber sido la ciudad donde nació Jesús, Mesías e Hijo de Dios. Ya el profeta Miqueas lo había profetizado con estas palabras: «Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales» (Mq 5,1).

El Mesías, según el profeta Miqueas, además de nacer en Belén, tenía que ser descendiente de David según la carne. Pues bien: precisamente en los alrededores de Belén nació el idilio entre la moabita Rut y Booz (Rt 2,8-22). De su matrimonio nació Obed, padre de Jesé, que fue padre de David, a cuya estirpe pertenecía José, el esposo de María y padre putativo de Jesús.

En el Nuevo Testamento

La fe en el cumplimiento del anuncio profético sobre el nacimiento de un descendiente de David en Belén había arraigado profundamente en la tradición judía en tiempos de Jesús. De hecho, cuando el rey Herodes pregunta a los sumos sacerdotes sobre el lugar de nacimiento del Mesías, éstos le responden sin titubeos: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta...» (Mt 2,5; cf. Jn 7,42).

Los evangelios Mateo e Lucas transmiten que Jesús nació «en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes» (Mt 2,1a), es decir, en «la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea» (Lc 2,4). Lucas cuenta además que José, miembro de la casa y familia de David, acompañado por su esposa María, que estaba encinta, viajó desde Nazaret hasta Belén con ocasión del censo romano que obligaba a todo judío a registrarse en su lugar de origen. La narración de Mateo, sin embargo, parece sugerir que María y José residían en Belén y que sólo tras el parto se trasladaron a Nazaret. Además del nacimiento de Jesús, en Belén tuvieron lugar otros acontecimientos.

Lucas narra la llegada de los pastores (Lc 2,8-20); Mateo aporta la narración de la visita de los Magos de Oriente y su viaje a Belén (Mt 2,1-12) y los episodios de la matanza de los inocentes y la huida de la Sagrada Familia a Egipto (Mt 2,13-23).

La espera: María y José

Evangelio según San Mateo (Mateo 1, 1-25)

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Aram; Aram, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; Jesé, padre del rey David. David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. Salomón fue padre de Roboam; Roboam, padre de Abías; Abías, padre de Asá; Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Joram; Joram, padre de Ozías. Ozías fue padre de Joatam; Joatam, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Josías; Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia. Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacim; Eliacim, padre de Azor. Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquim; Aquim, padre de Eliud; Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo. El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:"La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel", que traducido significa: «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa,y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.EL LIBRO DEL PUEBLO DE DIOS La Biblia (Traducción argentina) 1990

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De todos es conocida la conmovedora historia de la Sagrada Familia, una humilde familia de Nazaret cuyas andanzas iluminaron la historia toda de la humanidad. La suya es una historia de obediencia a la Vida y a la Voluntad de Dios, que se manifiesta a los dos esposos pidiéndoles una fe inmensa y una grandísima valentía. María, antes de dar a luz a Jesús, vivía con José en Nazaret.

Tras el anuncio del ángel sobre la concepción del Hijo de Dios, María responde con su ‘sí’ sin demora y con el solo deseo de cumplir la voluntad de Dios. Seguidamente, también el justo José aceptó esta misma obediencia, acogiendo a María a pesar de que llevaba en su seno un hijo que no era suyo. Y, en toda esta experiencia de fe, en la que el Eterno eligió manifestarse en la historia, Cesar Octaviano Augusto ordenó el censo de los habitantes de todo el Imperio Romano.

A causa de este censo, José, junto con su esposa, que estaba en avanzado estado de gestación, tuvo que salir de Nazaret y dirigirse a Belén, pueblo de sus antepasados, para registrarse. Aparentemente, pues, fue sólo una circunstancia casual la que hizo que María diera a luz en Belén. No encontrando alojamiento mejor, se acomodaron en una de las muchas grutas que se encuentran en los alrededores del pueblo habitado. «Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,6-7).

En esta espera y en la imagen de la Sagrada Familia se encarna un escenario de vida cotidiana, que nos hace reflexionar sobre la figura maternal de María, «la mejor de las madres» (Juan XXIII), y la paternidad de José, el mejor de los padres terrenos. Para los cristianos es esencial contemplar a la Sagrada Familia como modelo y ejemplo para todas las familias de todos los tiempos.

La Revelación: Navidad y la luz divina

Evangelio según San Lucas (Lucas 2, 1-7)

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue. EL LIBRO DEL PUEBLO DE DIOS La Biblia (Traducción argentina) 1990

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La narración del nacimiento de Jesús que hacen los evangelios es muy concisa y está exenta de detalles poéticos o fenómenos maravillosos. El evangelista Lucas, utilizando un estilo de cronista, cuenta que durante la estancia en Belén se cumplieron los días del alumbramiento de María (Lc 2,6-7).

En su relato se menciona el ‘pesebre’ y se nos ofrece una imagen muy cotidiana de María: como todas las madres tras nueve meses de espera, dio a luz, envolvió en pañales al neonato y lo acomodó en un lugar seguro. Según la narración parece que no ocurrió nada extraordinario y, sin embargo, este nacimiento cambió radicalmente el curso de la historia. Jesús, Hijo de Dios, nacido de mujer, es decir, nacido como todos los seres humanos, queda sometido a la entera experiencia humana.

En este Niño-Jesús, Dios sale al encuentro del hombre, quiere hacerse su prójimo. San Pablo escribirá: «Envió Dios a su Hijo» (Gal 4,4); aclara así la naturaleza divina de Jesús, que elige encarnarse en la condición humana para indicar al hombre el camino de acceso al Padre. También el evangelio según Mateo es muy escueto. En primer lugar, el evangelista precisa que María dio a luz a Jesús «sin haberla conocido» José (Mt 1,25), indicando así que Jesús nació por obra del Espíritu Santo y afirmando consecuentemente la virginidad de María. Pero lo que se trasluce de manera clara en estas narraciones es la novedad que se abre ante los ojos del hombre: un Dios que, hecho hombre, elige la condición terrena, opta por la vía de la humillación, despojándose de su misma grandeza y condición divina para acercarse al hombre y hacerse semejante a él y partícipe de su naturaleza terrena.

La elección de la pobreza que hace Dios encarnándose en el pequeño Niño de Belén deja perplejo, escandaliza al hombre, que se había hecho una imagen muy distinta de lo que debería ser el Mesías. La revelación de Dios en la carne representa una absoluta novedad. En esto se revela profundamente el amor del Padre: Dios ofrece al hombre la Luz y la revelación en su Hijo. La Luz de Navidad consiste en que el Niño de Belén viene a liberar al hombre de la sombra de la muerte y del pecado. «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande» (Mt 4,16; cf. Is 9,1).

El simbolismo de la luz que brilla en la noche oscura significa vida y felicidad; la luz destruye las tinieblas de la muerte. Se trata del esplendor del mundo celeste, una expresión simbólica de la santidad y de la gloria de Dios que evidencia la importancia de este momento como encuentro de Dios con los hombres. Esta luz y las circunstancias excepcionales de los acontecimientos de Belén nos ayudan a entender la alegría de la liberación ocurrida a través de la encarnación.

La Noche de Navidad es una ocasión única para evocar uno de los hechos más dulces y conmovedores de la vida de Jesús. En todas las culturas, la noche representa siempre un tiempo particular y propicio para las revelaciones divinas. Y de noche se produjo la encarnación del Hijo de Dios. En aquel preciso instante parece como que la vida de todo el universo quede suspendida ante el milagro de la encarnación, mostrando que toda la creación quedó concernida con la venida del Mesías, un acontecimiento que se convirtió en centro de la historia de la humanidad.

La Sagrada Escritura suele presentar el silencio y la paz de la creación en relación con las situaciones en las que Dios se manifiesta y actúa en la historia. El silencio se convierte así en condición indispensable para escuchar y acoger dignamente la Palabra eterna del Padre, esa Palabra que aquí, en Belén, se manifestó en el silencio de la gruta y que puede renacer cada día en los corazones dispuestos a recibirla.

Hic et nunc: Tradición litúrgica

La liturgia de todos los lugares santos, como es el de Belén, consiste en la memoria cotidiana de los acontecimientos de la vida de Jesucristo, que son revividos y actualizados en los lugares exactos que la tradición ha fijado como lugares santos tocados por el paso divino del Hijo de Dios. Esta especificidad permite entender que la liturgia de los lugares santos no es una simple práctica litúrgica, sino que representa la actualización continua del hic et nunc con el que, como en el caso de Belén, el Salvador se hizo carne y vino a habitar entre nosotros.

Estos ritos están testimoniados ya en la Antigüedad. Los dos documentos más significativos son el Itinerario de Egeria, el Leccionario Armenio de Jerusalén y el Kalendarium hierosolymitanum que describen los usos litúrgicos de los lugares santos en los siglos IV y V, VI y VII. Estos documentos nos transmiten cómo se celebraban las solemnidades de Navidad y de la Epifanía y son testigos de las peregrinaciones que se desarrollaban a los lugares de culto próximos vinculados con los relatos evangélicos en torno al nacimiento del Salvador. Evidentemente, el ciclo de solemnidades del tiempo litúrgico de Navidad tiene una importancia fundamental en la vida de la iglesia local y de los peregrinos que llegan de todo el mundo a la Basílica de la Natividad. El primer domingo de Adviento inaugura las celebraciones del año litúrgico, un domingo que es celebrado con la entrada solemne del Custodio de Tierra Santa en la Basílica de la Natividad, a la hora de las primeras vísperas. Todo el tiempo del Adviento queda consagrado a la preparación de las celebraciones navideñas: la Misa del Gallo, la Misa de la Aurora y la Misa de la Mañana, presididas por el Patriarca de Jerusalén desde el siglo XIX (hasta entonces eran presididas por el Custodio de Tierra Santa).

Estas celebraciones concluyen en la Epifanía, que celebra la manifestación de Jesús a los Magos y, en ellos, a todos los pueblos. En relación con estas solemnidades navideñas, se celebran también otras fiestas que se pueden considerar secundarias, pero que tienen su origen en los relatos evangélicos: la fiesta de los Santos Inocentes (28 de diciembre), que evoca la matanza de los niños ordenada por el rey Herodes; y la fiesta de la Theotókos (1 de enero), la fiesta de María Madre de Dios, que exalta la figura de la Virgen María, a la que está dedicada la Basílica de la Natividad. Junto a todas estas solemnidades se celebran también otras fiestas y memorias que tienen mucho que ver con la vida y la participación de la comunidad local. Entre las más importantes están la fiesta de Santa Catalina (24 de noviembre), santa titular de la iglesia conventual, que fue durante siglos la fecha en la que comenzaba la preparación de la Navidad; y la fiesta de San Jerónimo (30 de septiembre), santo y doctor de la Iglesia, que vivió en los lugares santos del nacimiento de Cristo.

Tienen también una gran importancia celebrativa la solemnidad de San José, en la homónima capilla-casa, y la solemnidad del Corpus Domini, fiesta que manifiesta la importancia de Belén como cuna del Pan de Vida. Se deben recordar además las peregrinaciones al santuario del Campo de los Pastores (25 de diciembre) y a la Gruta de la Leche, en memoria de los acontecimientos evangélicos o populares allí recordados.

Solemnidad

La fiesta de Navidad el 25 dicembre

 

En estos tiempos la fiesta de Epifanía, que incluía el doble misterio del Nacimiento y Manifestación del Señor a las gentes, se celebraba el 6 de enero como manifiesta el Leccionario Armenio (y a los cuarenta días la presentación de Jesús en el templo). 

Pero, entrado el siglo V, esta fiesta se anticipó cuando el obispo Juvenal (421-452) de Jerusalén, siguiendo el uso litúrgico de otras iglesias, introdujo la fiesta de Navidad el veinticinco de diciembre. Esta innovación encontró resistencia en Jerusalén pues muerto Juvenal deja de celebrarse la Navidad el veinticinco de diciembre y vuelve a festejarse Santiago, obispo de Jerusalén, al rey David, como era costumbre y lo atestigua el Leccionario Armenio. 

Hay que esperar hacia el 567/8 a que surtieran efecto la carta del emperador Justiniano (561) sobre las fiestas de la Anunciación y Navidad a los responsables de la Iglesia de Jerusalén y el edicto del emperador Justino II (564/5) para ver establecida en Jerusalén la fiesta de Navidad el 25 de diciembre de un modo definitivo como atestigua el Leccionario Georgiano de Jerusalén (de los siglos V-VIII). Según este documento litúrgico a la hora sexta del día veinticuatro, esto es, a las doce del mediodía, la comunidad de Jerusalén se encaminaba al Ovil o Campo de los Pastores. En esta estación litúrgica se leía el Evangelio del anuncio del Ángel a los Pastores, la ida apresurada de estos a Belén, la adoración del Niño y su vuelta al Campo (Lc 2,8-20). Inmediatamente después la Comunidad, emulando a los Pastores, se dirigía a la Ciudad de David y atravesando la pequeña llanura y subiendo el montículo donde estaba situada la ciudad entraba en la Gruta de la Natividad y hacía el oficio vespertino con la lectura del Nacimiento de Jesús según el Evangelio de san Mateo (1,18-25).

A media noche se celebraba una vigilia con salmos, lecturas bíblicas y cánticos cuyo vértice era el Evangelio de san Lucas (2,1-7) que narra también el Nacimiento de Jesús, cómo fue envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Hacia el alba, se celebraba la divina Liturgia o Eucaristía. El alba era saludada con el Evangelio de la Epifanía o Manifestación a las gentes; se leía el Evangelio de san Mateo (2,1-23) que conmemora la Visita de los Magos, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes y la vuelta de Egipto.

Navidad en Belén

13.30 - Entrada y Vísperas
16.00 – Procesión
23.30 - Ufficio delle Ore
00.00 - Misa de S. Navidad
1.45 - Procesión a la Gruta de la Natividad

Epifania

Las primeras fuentes litúrgicas (Itinerario de la peregrina española Egeria y el Leccionario Armenio de Jerusalén, que transmiten usos litúrgicos de los siglos IV-V) nos dan noticias de la celebración de la fiesta de Epifanía.
La fiesta de Epifanía coincidía entonces con el inicio del año litúrgico que se inauguraba con una celebración el día 5 de enero hacia las cuatro de la tarde en el Lugar de los Pastores no lejano a Belén. Se empezaba cantando el salmo 22 que dice: "El Señor es mi pastor: nada me falta".

Seguía el aleluya: "Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño" (Sal 79,1). Estos cantos preparaban el ambiente a la proclamación del Evangelio de san Lucas (2,8-20) con el que se celebraba el anuncio de la Buena Nueva del Ángel del Señor a los pastores, el himno de Gloria y Paz del coro de los Ángeles, la ida de apresurada y gozosa de los Pastores al lugar del Nacimiento y su regreso al Campo, que la tradición no ha dejado de llamar Ovil o Campo de los Pastores, precisamente por estos acontecimientos. Al Evangelio seguían once lecturas del Antiguo Testamento, que demostraban cómo la Providencia divina había preparado y dado a conocer con antelación la venida del Mesías. Los fieles contemplaban el Plan de Salvación y se disponían a celebrar el misterio de Navidad.

Después de este diálogo familiar del pueblo congregado con la Palabra de Dios se pasaba a la celebración de la Eucaristía cantando el cántico de Daniel (3,52a-90), se leía a su tiempo el Evangelio de san Mateo (2,1-12) con el cual se recordaba la peregrinación de los Magos venidos de Oriente a adorar al recién nacido Rey de los judíos, su encuentro con Herodes, el seguimiento de la Estrella, la adoración y ofrenda de dones y el regreso por otro camino a su país.

Esta reunión vespertina era celebrada juntamente por las comunidades de Belén y de Jerusalén. Pero una vez terminada, el obispo de Jerusalén volvía con los suyos pues tenía que celebrar la liturgia en la Ciudad Santa. Los de Belén, en particular clero y monjes continuaban en vela en la Basílica de la Natividad o de Santa María hasta el alba cantando himnos y antífonas.

Al día siguiente, fiesta de Epifanía, la Comunidad de Jerusalén leía durante la eucaristía, celebrada en la iglesia catedral del Martyrium, el Evangelio de san Mateo (1,18-25) que narra cómo sucedió el nacimiento del Emmanuel, Dios con nosotros. El mismo Evangelio se leía, con toda probabilidad, en el lugar del Nacimiento del Señor.

Durante los ocho días que duraba la celebración de Epifanía las dos ciudades vecinas experimentaban igual alegría y se vestían de inigualable esplendor. Los paramentos del clero lucían bordados de oro y seda, los edificios eran cubiertos por suntuosos cortinajes y la iluminación de antorchas y lámparas de todo tipo iluminaban las vigilias festivas que saludaban el nacimiento del Señor de la Luz. El, Sol de Oriente, se manifestaba a todo el mundo como gozoso pregonero del Alba.

Epifanía en Belén

10.00 - Misa Solemne del P. Custodio S. Catalina
15.30 - Vísperas y Procesión Solemne a la Gruta de la Natividad

Otras fiestas

28 de diciembre: Santos Inocentes

1 de enero María: Madre de Dios (en la Gruta de la Leche)

30 de septiembre: San Jerónimo

24 de noviembre: Santa Catalina

Liturgia diaria en memoria de la Navidad y la Procesión Cotidiana

La vida de los frailes franciscanos, custodios de estos lugares santos, está marcada diariamente por la animación de la liturgia y por la acogida a los peregrinos. Mientras la comunidad franciscana celebra cada día la Eucaristía siguiendo el calendario de la Iglesia universal, los peregrinos celebran siempre en el lugar la memoria de Navidad.

Una práctica litúrgica que cada día se celebra en memoria del nacimiento de Jesús es la Procesión Cotidiana a la Gruta de la Natividad. Esta procesión, como todas las que se celebran en los lugares santos, nació con la finalidad de acoger a los peregrinos y llevarles, a través de un recorrido preciso, al lugar santo. La Procesión Cotidiana de Belén se celebra todos los días a las 12:00, dirigida por la comunidad estable de frailes en la Basílica de la Natividad.

La historia de la Procesión Cotidiana de Belén ha experimentado muchos cambios en su forma ritual, debido a que a lo largo de la historia los espacios de culto dentro de la basílica y en las estructuras adyacentes han sufrido muchas trasformaciones.

Los primeros testimonios de los franciscanos recuerdan que en el siglo XVI, cuando todavía la Basílica era su propiedad exclusiva, la procesión partía de un altar dedicado a la Virgen que se encontraba a mitad de la nave izquierda. Por otro lado, en 1470, con el fin de evitar que los peregrinos tuvieran que pagar un impuesto a los sarracenos, los frailes abrieron un paso que comunicaba la Gruta de la Natividad, la Gruta de san José y la entonces capilla de Santa Catalina.

Estos son algunos ejemplos de las variaciones que la Basílica y el recorrido de la procesión cotidiana han sufrido a lo largo de los siglos. Es verdad también que el ritual diario sufrió variaciones según los diversos periodos históricos y debido a los litigios internos entre latinos y griegos, quienes en algunos casos llegaron a limitar el acceso a la Gruta.

Hoy la procesión sigue el siguiente itinerario, que conserva algunos elementos de las procesiones desarrolladas por el padre Bonifacio de Ragusa (siglo XVI) y después elaboradas por el padre Tomás Obicini (siglo XVII):
 

  • I. La procesión parte siempre del altar de santa Catalina para dirigirse como primera estación al altar de la Natividad;
  • II. Estación en el Sagrado Pesebre;
  • III. Estación en el Altar de los Magos;
  • Las siguientes estaciones, que en épocas pasadas se recorrían en su totalidad, hoy son elegidas cada día como último punto del itinerario:
  • IV. Estación ante las tumbas de los Inocentes;
  • V. Estación en el oratorio de san Jerónimo;
  • VI. Estación ante la tumba de San Jerónimo;
  • VII. Estación ante la tumba de San Eusebio de Cremona;
  • VIII. Estación en el altar mayor de Santa Catalina.



El recorrido ayuda cada día a revivir los momentos y lugares del Nacimiento y manifestación del Señor Jesús y de aquellos personajes que a lo largo de la historia fueron testigos de estos hechos.

El belén de Greccio y la tradición del belén

La memoria del nacimiento de Jesús se transmite hoy también con la tradición popular del belén. Se le atribuye a San Francisco la reproducción del primer belén de la historia. La tradición hagiográfica recuerda, aunque sin certeza historiográfica, que Francisco peregrinó a Tierra Santa y visitó Belén. De la ciudad donde nació el Salvador se llevó un vivo recuerdo, que le llevó a reproducir la imagen de la natividad en la famosa noche de Navidad de Greccio (1Cel 84-86). 

En efecto, Francisco, deseoso de que los fieles tocasen con sus propias manos el acontecimiento del Hijo de Dios humillado y encarnado en forma humana, quiso hacer efectiva esta representación, narrada en todas las biografías del santo (por ejemplo, la de Tomás de Celano o la de Buenaventura de Bagnoregio). Se cuenta que Francisco preparó un pesebre con heno, mandó traer un buey y un asno y, delante de este conjunto escénico, pidió celebrar la Santa Misa ante una multitud de gente llegada de toda la región. Su amor por la solemnidad de Navidad y su devoción a la imagen de la Natividad encuentra su máxima expresión en el misterio de la encarnación, donde el santo reconocía la humildad y la pobreza del nacimiento del Mesías. Francisco entendía que este misterio se renovaba perpetuamente en el sacramento de la Eucaristía, donde Jesús desciende cada día a través de las manos del sacerdote.

La narración pinta un cuadro de gran sencillez y ternura cuando Francisco, en la noche del 24 de diciembre de 1223, preparó la celebración de la Eucaristía con la ayuda de su amigo Juan Velita, que colaboró en la disposición de todos los elementos que reprodujeran la escena del nacimiento del Niño en Belén. Como Francisco mismo dijo: «de alguna manera, ver con los ojos del cuerpo las dificultades en las que se encontró por falta de las cosas necesarias a un neonato» (1Cel).

Llega la noche santa. Francisco, junto con los frailes y algunos fieles, se dirige al lugar preparado con el pesebre, el heno, el asno y el buey. Y después de «unas dulces palabras» predicadas por Francisco, aparece la imagen del Niño sobre el heno. Este hecho milagroso impresionó las almas y los corazones de los asistentes, que se sintieron tocados profundamente por esta experiencia.

Con esta acción, el santo trataba de hacer fácilmente comprensible a los fieles el Misterio de la encarnación.
Esta devoción, típica de la espiritualidad franciscana, contribuyó claramente en el desarrollo de la costumbre de representar el belén, práctica que ha llegado hasta nuestros días.

Como preparación a la solemnidad navideña, en la tarde del día de Nochebuena (24 de diciembre), en la Gruta de la natividad los frailes franciscanos rememoran el episodio del Belén de Greccio, que tuvo como protagonista al padre Francisco de Asís en la contemplación del Misterio de la Encarnación.

La Basílica del Ecumenismo

La Basílica de la Natividad constituye uno de los lugares más representativos, en Tierra Santa, para el encuentro entre las diversas confesiones cristianas y entre las religiones.

Su perfil, su historia y las circunstancias que la caracterizan permiten hablar de esta basílica como un lugar-símbolo del Ecumenismo. Ya en la época cruzada la Basílica fue lugar de unión de las dos iglesias, la de Oriente y la de Occidente, divididas entonces tras el cisma de 1054.

De hecho, aunque la Basílica estaba bajo la autoridad de los caballeros cruzados, que eran representantes del Papa en este lugar, el proyecto iconográfico de las decoraciones musivas de las paredes fue encargado por el emperador bizantino y realizado por maestros orientales.

Actualmente, tres confesiones cristianas (la católica, la greco-ortodoxa y la armenio-ortodoxa) conviven en la Basílica, experimentando todas las dificultades de la vida diaria y viviendo en la práctica lo que se podría llamar ‘ecumenismo cotidiano’. Pero, más allá del ecumenismo vivido día a día, es posible reconocer una naturaleza de diálogo en la Basílica de la Natividad.

Comunidades

Latinos

Designados por la Iglesia Latina custodios de los lugares santos, los franciscanos, hijos de Francisco de Asís, cuidan la Basílica de la Natividad de Belén desde 1347, año en el que se establecieron en este lugar santo. Hasta hoy, los franciscanos realizan el servicio litúrgico y la acogida de los peregrinos.

Su convento, de época cruzada, está adosado a la basílica y comprende en su interior la iglesia de Santa Catalina, centro de las celebraciones litúrgicas diarias y de la vida parroquial. Además, los franciscanos ofician cada día en el altar de los Magos la celebración eucarística. También animan cada día la procesión diaria que sale del altar de la iglesia de Santa Catalina para recorrer todas las etapas de la teofanía.

Armenio-ortodoxos

La Iglesia armenio-ortodoxa pertenece al grupo de las llamadas Antiguas Iglesias Orientales (ya sean de tradición antioquena, armenia o alejandrina) y está vinculada estrechamente con la historia de su nación, de forma que el patriarca supremo, llamado ‘Katholikós’, es considerado ‘padre de la patria’. El patriarcado armenio-ortodoxo de Jerusalén fue instituido en el siglo V. A lo largo del tiempo, la comunidad armenio-ortodoxa se ha ido ampliando con la llegada de inmigrantes de nacionalidad armenia, sobre todo a Jerusalén.

En Belén, una comunidad de monjes armenios vive en el convento contiguo a la Basílica de la Natividad, donde ofician sus liturgias diarias, con el privilegio de celebrar la Eucaristía en el altar del nacimiento de Jesús, en la Gruta (compartido con los greco-ortodoxos). Entre sus celebraciones más importantes está la Navidad, que se celebra el 19 de enero según el antiguo calendario armenio. Esta fiesta celebra la ‘teofanía’ y pone en relieve la ‘epifanía’ o manifestación del Señor en su bautismo; en la víspera se asiste a la solemne entrada del Patriarca.

Griego-ortodoxosi

La iglesia ortodoxa pertenece al grupo de las iglesias que aceptaron el Concilio ecuménico de Calcedonia (451). Agrupa a todas las iglesias de rito bizantino y geográficamente se localiza en Europa Oriental. Esta iglesia se considera distinta de las otras iglesias (Iglesia Asiria del Este, Antiguas Iglesias Orientales, Iglesia Católica, Iglesia Anglicana, Iglesias Protestantes) y considera su credo como el auténtico y original.

A lo largo de los siglos, la prevalencia del elemento helenófono en Tierra Santa permitió que la iglesia ortodoxa fuese identificada con la griego-ortodoxa, también porque los puestos de autoridad siempre fueron ocupados por patriarcas y obispos griegos. En Belén, los griego-ortodoxos administran la Basílica de la natividad y la Gruta, junto a las otras confesiones (latinos y armenio-ortodoxos). Su monasterio, situado al sur de todo el complejo basilical, es reconocible por su gran campanario. Las áreas de responsabilidad de los griegos dentro de la Basílica son el transepto sur, el presbiterio y, ya en la Gruta de la Natividad, el homónimo altar, junto con la comunidad armenio-ortodoxa. La festividad central de la comunidad greco-ortodoxa en Belén es la Navidad, celebrada el 7 de enero, con la entrada de su Patriarca.

El peregrino que viene a la Patria de Jesús, no debe volverse sin haber visitado el Campo de los Pastores en la aldea de Beit-Sahur, unos 3 kms. de la ciudad, ni sin haber pasado por los campos cultivados, sembrados de trigo y cebada, en donde se nos recuerda la hospitalidad de Boz hacia la bella moabita Rut, que venía a espigar lo que a posta dejaban los segadores. Hoy día la aldea de Beit-Sahur se ha desarrollado en los últimos tiempos, de una manera extraordinaria, con construcciones nuevas de casas, escuelas, etc.

La casa latina con iglesia, escuela y habitaciones, fundada en 1859 por el canónigo Juan Moritain, ha sido transformada en los años 1951-2 en una amplia iglesia por el arquitecto A. Barluzzi. Allí se conserva el bello altar de piedra con bajorrelieves, con episodios de la infancia de Jesús, esculpidos por artistas de Belén a imitación de las esculturas medievales. En la aldea y alrededores, se han encontrado diversas tumbas con material del período del Bronce y del Hierro.

En el s. V, en recuerdo de los santos Pastores, se levantó un santuario, cuyas ruinas, no se sabe hasta cuándo dejaron de atraer la atención de los peregrinos. Después de los cruzados, los devotos que descendían desde Belén hacia oriente para visitar el lugar de Gloria in excelsis, solían pararse en las ruinas de un pequeño santuario llamado Der er-Ruat, venerado todavía hoy por los cristianos.

Sin embargo, desde 1859, goza de mayor favor, según muchos autores, la localidad, propiedad de los PP. Franciscanos, de Siyar el Ghanam (redil de las ovejas), situada a menos de un Km. al NE de Der er-Ruat. Las excavaciones practicadas parcialmente en 1859 por C. Guarmani, y reanudadas metódicamente en los años 1951-2 por el P. V. Corbo, de la Custodia de Tierra Santa, dieron a la luz una gran instalación agrícola monástica, con numerosas prensas, piletas, silo y grutas.

El lugar, habitado ya en la época herodiana, tuvo gran desarrollo en los ss. V-VII. Excepto unos pocos ejemplares herodianos, la cerámica recogida va del s. IV al VII.

Una primera iglesia del s. V. fue ampliada notablemente en el s. VI, y en el ábside se usaron piedras que provenían de la construcción de Constantino, de la Basílica del Nacimiento. Los altares y algunas inscripciones de mosaicos, confirman el carácter sagrado del lugar.

Cerca de las ruinas del monasterio se construyó en 1953 el santuario del Gloria in excelsis Deo, con planos del arquitecto A. Barluzzi. En la parte exterior del muro, en forma de decágono, de piedra gris-rosada, hay cinco muros apoyados, con plano inclinado que dan la apariencia de una tienda de nómadas. Internamente 10 pilastras sostienen una bóveda, con ventanas redondas, y encima de ella la cúpula. Las palabras del Angel a los pastores, están reproducidas en mosaico de oro, alrededor de la bóveda de la cúpula (Cfr. P. Virgillo Corbo, "Las excavaciones de Kirbet el-Siyar el Ghanam, Campo de los Pastores y monasterios de alrededor", Jerusalén 1955).

Cerca de 300 pasos al E-SE del Santuario de la Natividad, se encuentra una Gruta de forma irregular, excavada en roca blanca y tierna, llamada la Gruta de la Leche. Se dice que allí reposo un día la Virgen, y la leyenda añade que amamantando al Niño Jesús cayó una gota de leche en la piedra de la gruta, y ésta, de improviso, se hizo blanca.

El oratorio o iglesita es muy frecuentado por las mujeres indígenas, cristianas o musulmanas, que recurren a la intercesión de la Virgen para obtener abundancia de leche para alimentar a sus criaturas. En el recinto, al O. de la capilla hay restos del pavimento de mosaico con diseños geométricos de la iglesia bizantina y una tumba cruzada, cavada en la roca. En el año 2007 se ha completado la restauración de la Cueva, que ha limpiado las paredes y volvió a la luz original.

La nueva iglesia, construida en la cima de una antigua cueva, fue diseñado por los arquitectos Louis Lions y Rovati Chiara, el trabajo realizado con el apoyo de los eslovacos fiel e italianos. La Gruta de la Leche está flanqueada por monasterio encomendado a la hermana de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento.

Un pasillo interior de la cueva se conecta con la Capilla del Santísimo Sacramento y de la Iglesia de arriba: la Adoración Eucarística continúa durante todo el día y es posible que todos los peregrinos que parar allí en oración silenciosa.

Continuando a lo largo de la carretera –a ambos lados de la misma se pueden ver diversos cementerios cristianos modernos correspondientes a los diferentes ritos–, tras un pequeño trayecto se llega a una capilla situada en el margen derecho: es la “Casa de san José”.

Una vez nacido el Niño, la Sagrada Familia permaneció todavía algún tiempo en Belén, donde tuvo lugar la circuncisión (Lc 2,21). Y, transcurrido el tiempo establecido por la ley mosaica, la Virgen y san José, con el Niño, subieron a Jerusalén para cumplir los ritos de la purificación (Lc 2,22). Por otro lado, los Magos visitaron al Niño Jesús “en la casa” (Mt 2,11).

Por tanto, que la Sagrada Familia vivió un tiempo en Belén tras el nacimiento de Jesús es un hecho atestiguado por el Evangelio; y que estuviera alojada en una casa de la ciudad es muy verosímil. No existe ninguna dificultad en este cambio de la gruta por una casa: san José procedía de Belén y probablemente tenía allí parientes o amigos que, conocedores de su pobreza, fueron generosos con él y lo ayudaron.

En la Edad Media se trató de localizar este recuerdo de san José en Belén. La búsqueda se desarrolló siempre en la parte este de la población, entre la Gruta de la Leche y el Campo de los Pastores, probablemente siguiendo una antigua tradición local. La fijación de la memoria tendrá lugar a mediados del siglo XIV, según el testimonio de dos peregrinos florentinos (Jorge Gucci y Leonardo Frescobaldi). A partir de entonces, la localización quedó determinada para siempre.

La moderna capilla (1890) se levanta sobre roca firme y sobre otras construcciones precedentes recordadas por muchos peregrinos. Todavía hoy se puede ver, a los pies del ábside, una parte de la roca; tras el altar se observa también una peña que tal vez formaba parte del antiguo altar. La “Casa de san José” queda así recordada con esta capilla gracias al legado de Ernestina Audebert. El 20 de marzo de 1893 la iglesia fue bendecida solemnemente por el Padre Custodio de Tierra Santa, fray Santiago Ghezzi.

Al sur de Belén, muy cerca de los Estanques de Salomón, se encuentra el pueblo de Artás (o Urtás), uno de las poblaciones más conocidas de Cisjordania.

El nombre de Artás deriva del latín ‘hortus’ (huerto, jardín), porque se cree que esta fue la ubicación del famoso ‘hortus conclusus’ que aparece en el Cantar de los Cantares de Salomón: “Eres huerto cerrado, hermana mía, esposa; manantial cerrado, fuente sellada. Es tu seno paraíso de granados” (Cant 4,12-13).

Debido a la proximidad de este paraje con Jerusalén, muchos europeos del siglo XIX se acercaban en verano a Artás buscando sus referencias histórico-bíblicas. Fueron precisamente los europeos los que volvieron a introducir la horticultura en todo este valle.

En 1894, la Congregación de las Hijas de María Santísima del Huerto construyó el Convento “Hortus Conclusus”.

Cisterna de David

Saliendo de Belén, frente a la iglesia siro-católica, se encuentran tres grandes cisternas, todavía en uso, excavadas en la roca: son las Cisternas de David, en árabe “Biar Daud”. La Biblia habla de ellas en 2Sam 23,15-17: “David sintió sed y exclamó: ‘¿Quién me diera a beber agua de la cisterna que hay a la puerta, en Belén?’ Aquellos tres héroes se abrieron paso por el campamento filisteo, sacaron agua de la cisterna que está a la puerta de Belén, la llevaron y se la ofrecieron a David.

Él no quiso beberla y la vertió en libación al Señor, diciendo: ‘Líbreme el Señor de hacer tal cosa. Esto es la sangre de los hombres, que han expuesto su vida’. Y no quiso beberla”. Además de las cisternas se pueden ver aquí restos de una iglesia y de un cementerio subterráneo. En lo que se refiere a la iglesia (del siglo IV-VI), en 1895 se descubrió una parte del mosaico del pavimento, que presentaba una inscripción con algunos versículos del Salmo 117 (Sal 118 [117],19-20): “Abridme las puertas de la salvación, y entraré para dar gracias al Señor. Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella”.

El mosaico está actualmente enterrado bajo un campo cultivado y es imposible realizar ningún tipo de investigación sobre él. Cuando se descubrió se pensó que se trataba del mausoleo de David, cuyo rastro se pierde a partir del siglo VI. Puesto que no existen pruebas arqueológicas, es más lógico pensar que la tumba de David estará en el Monte Sión (cf. 1Re 2,10). Bajo la iglesia se encuentra el cementerio subterráneo, formado por galerías que albergan 18 arcosolios, cada uno de los cuales consta de dos a seis fosas sepulcrales.

En 1962, la Custodia de Tierra Santa llevó a cabo trabajos de excavación (fray Miguel Ángel Tizzani), durante los cuales fueron restaurados los arcosolios y las catacumbas. Las excavaciones sacaron a la luz una gran cantidad de cerámica (siglo IV) e inscripciones murales (siglos IV-VI). El grafito más significativo consiste en un monograma constantiniano (siglo IV) dibujado en la roca a la entrada del cementerio, un grafito que atestigua la condición cristiana del camposanto.

Estanques de Salomón

La fortaleza de Qala’at al-burak, en Belén, es de origen turco, pero su estructura es mucho más antigua. El castillo probablemente funcionaba como torre de guardia para los llamados Estanques de Salomón, en el camino que va de Belén a Artás. Estos tres estanques constituyeron uno de los principales recursos hídricos de Jerusalén, por medio de un acueducto que llegaba hasta el Templo.

Con seguridad existían ya en tiempos de Herodes el Grande, pero podrían ser todavía unos dos siglos más antiguos. Los estanques son de forma rectangular y están situados en línea desde la fortaleza en dirección oeste-este. Por el lado nordeste, un pasadizo conduce a la estancia en la que mana una fuente; alrededor subsisten numerosas huellas de canalizaciones que recogen el agua de la superficie en las colinas circundantes. Una conducción, de época incierta, lleva el agua al acueducto superior; el canal desaparece para dar paso a una galería subterránea que comunica con una serie de nueve pozos. A la salida de la galería el acueducto continúa hacia el Wadi Bijar (Valle de los Pozos), desembocando en otra galería que comunica con una treintena de pozos todavía usados por los agricultores.

El conjunto muestra un minucioso complejo hidráulico destinado a recoger agua de los acuíferos subterráneos por medio de un sistema qanat. Todavía subsisten restos del acueducto inferior cerca de las ruinas del edificio bizantino denominado Deir al-banat (Convento de las Muchachas). En 1998 la situación de los restos arqueológicos había empeorado con respecto a la que se había encontrado cinco años antes, debido al abandono y dejación en que han quedado los estanques.

Situada justo al norte del cruce con la carretera que va hacia Hebrón se encuentra la Tumba de Raquel, en hebreo “Qubbet Rahil”. “Murió Raquel y la enterraron en el camino de Efratá, hoy Belén. Jacob erigió una estela sobre su sepulcro, la misma estela que aún está en el sepulcro de Raquel” (Gn 35,19-20).

Los primeros testimonios hablan de un monumento formado por una sencilla pirámide, que se asemejaba al ‘nefes’ de las tumbas judías. Más tarde fueron añadidas doce piedras (1165), en recuerdo de los doce hijos de Jacob, pero algunas crónicas hablan de sólo once piedras: faltaría la de Benjamín, cuyo parto le produjo precisamente la muerte (Gn 35,18). En la época bizantina, y probablemente también después, la Tumba de Raquel fue transformada en lugar de culto cristiano, como se deduce de los datos que aporta el Leccionario de Jerusalén, del siglo V-VIII, que sitúa allí dos conmemoraciones litúrgicas oficiales al año (20 de febrero y 18 de julio). El Calendario Georgiano de Palestina (según el Códice Sinaítico número 34, del siglo X) habla explícitamente de una ‘Iglesia de Raquel’, refiriéndose a las mismas conmemoraciones.

En el siglo XIV, la tumba fue restaurada, añadiéndose a las piedras un sarcófago alto con su parte superior convexa. El padre Amico realizó un dibujo en el que se ve el cenotafio en el centro de una capilla. En los cuatro muros perimetrales se abrían sendas arcadas, que fueron tapiadas en 1560 por Maomet, bajá de Jerusalén, quien, además, sustituyó la pirámide por una cúpula.

En el siglo XIX, Moisés Montefiore mandó añadir dos salas en la antigua entrada cuadrada, dándole así a la tumba el aspecto que presenta hoy. De forma que, más que de una tumba, habría que hablar de un “weli”, monumento funerario musulmán erigido en recuerdo de un santón o un personaje famoso.

Aunque tanto judíos, como cristianos y musulmanes veneran aquí la memoria de Raquel, existen muchas dudas sobre la autenticidad del lugar. Hoy en día la tumba está situada cerca de la pared de división del territorio israelí de la Palestina y se puede visitar sólo con permiso.

Horario de apertura de los Santuarios

Basílica de la Natividad:
Verano: 6:30 - 19:30.
Invierno: 5:30 - 18:00.
Los domingos por la mañana la Gruta permanece cerrada

Santa Catalina 
Verano: 6:00 - 19:00.
Invierno: 5:30 - 18:00.
 

Campos de pastores
8.00 - 17.00 - domingo: 8.00 - 11.45 / 14.00 –17.00 (verano)
8.00 - 17.00 - domingo: 8.00 - 11.45 / 14.00 –17.00 (invierno)

Gruta De Leche
8.00 - 17.45 - domingo 8:00 - 11:45 / 14:00 - 17:45 (verano)
8.00 - 16.45 - domingo 8:00 - 11:45 / 14:00 - 16:45 (invierno)

Santa Misa:
Es posible celebrar la Santa Misa en la Gruta de la Natividad, con reserva previa en la Oficina de Peregrinos Franciscanos - FPO

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Horario de Misas:


Iglesia parroquial de Santa Catalina

Domingo:
6:30 am (italiano)
7:30 am (árabe)
9:00 am (árabe)
11:00 am (árabe)

Diario:
6:30 am (italiano)
7:00 am (árabe)

Sábado:
Verano: 6:30 pm (árabe)
Invierno: 4:30 pm (árabe)

Miércoles (Capilla de San Francisco):
Verano: 5:30 pm (árabe)
Invierno: 4:30 pm (árabe)

Gruta de la Natividad (Altar de los Magos):

Domingo:
Verano: 6:00 am (italiano) y 9:30 am (italiano)
Invierno: 5:00 am (italiano) y 8:30 am (italiano)

Diario:
Verano: 6:00 am (italiano) y 8:30 am (italiano)
Invierno: 5:00 am (italiano) y 7:30 am (italiano)


Fiestas y celebraciones a lo largo del año:
Adviento
Navidad
Santos Inocentes
María Madre de Dios (Theotokos)
Epifanía
Santa Catalina
San Jerónimo


Reserva de misas para sacerdotes y grupos católicos acreditados como peregrinos de Tierra Santa:
CIC - Christian Information Centre
(Jerusalén: plaza de la Puerta de Jaffa, frente a la Ciudadela)
teléfono: +972 2 627 26 97
teléfono: +972 2 627 26 92
fax: +972 2 628 64 17
e-mail: cicinfo@cicts.org


Contactos:
Belén – Convento franciscano

Convento de Santa Catalina “ad Nativitatem”.
P.O.B. 45
Bethlehem
PALESTINIAN AUTHORITY

Teléfonos:
+970 02 274 24 25
+970 02 274 30 84
+970 02 277 61 72 (religiosas)
Fax: 
+970 02 277 61 71 (convento)
+970 02 276 56 97 (sacristía)
+970 02 277 61 27 (religiosas)
website: http://198.62.75.4/www1/ofm/sites/TSbtmain.html


Belén – Parroquia
Manger Square
P.O.B. 45
Bethlehem 
PALESTINIAN AUTHORITY

Teléfono: +970 02 274 33 72
Fax: +970 02 274 01 03
e-mail: pscbet@palnet.com

Alojamiento:
La acogida a los peregrinos se realiza por los mismos frailes franciscanos, que gestionan la Casa Nova para peregrinos y el Orient Palace Hotel, dos instituciones que cuentan con una larga tradición de hospitalidad. Para contactar:

Casa Nova para peregrinos:
P.O.B. 996
Bethlehem
Palestinian Authority

Teléfono: +970 2 274 39 81
Teléfono: +970 2 274 39 84
Teléfono: +970 2 276 56 60
Teléfono: +970 2 276 56 61
Fax: +970 2 274 35 40
E-mail: info@casanovapalace.com

Orient Palace Hotel
P.O.B. 996
Bethlehem
Palestinian Authority

Teléfono: +970 2 274 27 98
Fax: +970 2 274 15 62
E-mail: info@casanovapalace.com