Se celebra la Natividad de la Santísima Virgen María en la iglesia de Santa Ana en Jerusalén

En el calendario litúrgico de la Iglesia se celebran solo tres cumpleaños: la Natividad de Nuestro Señor, la Natividad de su precursor, Juan Bautista, y la Natividad de Su Madre. La Natividad de la Santísima Virgen María es importante por su papel fundamental en la historia de la salvación y se conmemora cada año, el 8 de septiembre.

En Jerusalén, esta fecha se festeja tradicionalmente en la iglesia de Santa Ana con una celebración eucarística. En esta ocasión, además de recordar el nacimiento de la Madre de Jesús, se conmemora la cercanía histórica de Francia a la Custodia de Tierra Santa. La misma iglesia de Santa Ana es propiedad de la república francesa, pues se trata de un regalo del sultán Abdul Majid a Napoleón III en 1856, como muestra de gratitud por el apoyo militar en la guerra de Crimea. El nombre de la iglesia, sin embargo, se refiere a la madre de María, Ana, que vivió aquí junto a su marido San Joaquín, como se narra en el protoevangelio de Santiago, que afirma que la casa de los padres de María estaba situada “no lejos del Templo”.  Se puede decir que este lugar es doblemente santo, por ser el lugar donde se alzaba la casa de los padres de María y por ser aquel donde tuvo lugar el milagro de la curación del enfermo en la piscina de Betesda, episodio citado en Jn 5, 1 y siguientes.

La iglesia actual, construida en época cruzada, es uno de los edificios que se mantuvo intacto a través de los siglos gracias al rey Saladino, que la convirtió en escuela coránica Shafi'i.

Hoy, la basílica ha sido confiada por el estado francés a los Misioneros de África, una sociedad de vida apostólica formada por sacerdotes y laicos creada en octubre de 1868 gracias al cardenal Charles-Martial Alleman Lavigerie.

Presidió la celebración eucarística en francés fray Stephane Milovitch, ofm, fraile de la Custodia de Tierra Santa, nuevo superior de la basílica del Santo Sepulcro. Asistieron los religiosos y fieles franceses residentes en Jerusalén y una delegación diplomática transalpina encabezada por el cónsul general de Francia, René Troccaz, acompañado por el consejero consular para asuntos religiosos, el padre jesuita Luc Pareydt.

El evangelio proclamado durante la misa estaba extraído del primer capítulo del evangelio según Mateo que, como es sabido, cita la genealogía de Jesucristo a través del tiempo, hasta el patriarca Abraham.

“¿Por qué evocar a Abraham en este día?” preguntó fray Stephane durante su comentario al evangelio; “los exegetas siguen diciendo que el evangelista Mateo, al escribir entre judíos y para judíos, intenta remitirse al Antiguo Testamento y demostrar que Jesús es de estirpe davídica.  Abraham prepara y anuncia la vocación de Jesús de Nazaret, así como la nuestra, la de los que están llamados a colaborar en esta obra a lo largo de la historia de la humanidad.  No muestra, ante todo, que es Dios quien tiene siempre la iniciativa y que espera de nosotros una respuesta.  Para dar al nacimiento de María su dimensión plena, debemos considerarlo como preparado proféticamente y configurado realmente por el nacimiento y la historia de Abraham”.

La celebración concluyó con la procesión ritual hasta la cripta de la natividad bajo la basílica donde, acompañado por las letanías lauretanas cantadas en latín, fray Stephane incensó el icono de la Virgen María.

 

Filippo De Grazia