Mensaje de Navidad 2019, Fr. Francesco Patton - Custodio de Tierra Santa

“Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre” (Lc 2,7)

Hace ocho siglos san Francisco tuvo la gracia de venir como peregrino a Tierra Santa. Fue en esa ocasión que se encontró con el sultán de Egipto desarmado y le anunció el Evangelio. Gracias a ese encuentro pudo, probablemente, visitar este lugar especial, el pesebre de Belén, donde la Virgen María recostó con amor y cuidado a su Hijo Jesús tras haberlo dado a luz y envuelto en pobres pañales.

Aquí san Francisco probablemente contempló lo que todavía nosotros y los peregrinos podemos ver: el pesebre y, junto a él, el altar en el que se celebra la Eucaristía. Tal vez es por eso que quiso celebrar la Navidad en Greccio con estos sencillos elementos: Un pesebre vacío y un altar sobre el cual celebrar la Eucaristía. Así lo recordó el papa Francisco en su reciente visita a Greccio y con la Carta Apostólica dedicada al Admirable signo del pesebre. 

En muchos de sus “Escritos” el mismo san Francisco nos habla del nacimiento de Jesús de María y de su humilde presencia en la Eucaristía, como en la Admonición I, en la que dice: 

“Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real vino al útero de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote.” (San Francisco, Admonición I, 16-18: FF 144).

Este lugar, el pesebre de Belén, embellecido este año por el regalo que el papa Francisco nos ha hecho de una reliquia de la Santa Cuna en la que María acostó al niño Jesús, y el altar sobre el cual cada día celebramos la Eucaristía, deben por tanto, y en primer lugar, llenarnos el corazón de asombro y gratitud. ¡Qué maravilla! El Hijo de Dios que se hizo niño continúa entregándose a nosotros humildemente a través de la Eucaristía. Así todo altar se convierte en el pesebre de Belén, las manos del sacerdote se convierten en el pesebre de Belén, cada uno de nosotros nos convertimos en el pesebre de Belén en el que es recostado con amor el Hijo de Dios en su pequeñez y humildad.

Que la celebración de la Navidad nos lleve a seguir imitando la humildad de Dios. Que el pesebre y el altar, lugar en el que recibimos el regalo diario del Hijo de Dios que se humilla por nosotros, nos comprometan a hacernos pequeños, a darnos, cada día.

A quienes os sentís solos, abandonados y humillados, a quienes sufrís a causa de la prepotencia, de la violencia y de la guerra, a quienes sentís que se os escapa la alegría y la esperanza. A todos vosotros y a vuestras familias:

¡Feliz Navidad desde el Pesebre de Belén!
¡Feliz Navidad desde el altar de Belén!
¡Feliz Navidad desde el lugar en el que el Hijo de Dios se hizo hombre para nuestra salvación!