La Virgen de Guadalupe: una devoción que supera fronteras

Como ya es tradición, este año se celebró solemnemente en Tierra Santala fiesta de la Guadalupana.  También este año la devoción a la Moreneta del Tepeyac, la Virgen de Guadalupe, llegó más allá de las fronteras de México, lugar de sus apariciones, y de todo el continente americano y Filipinas, donde se extiende su glorioso imperio materno.

Una primera celebración, presidida por fray Ricardo Bustos, se llevó a cabo el 12 de diciembre, día en que tradicionalmente se sitúa la fiesta, en la basílica de la Anunciación en Nazaret. En ella participaron las clarisas mejicanas y otros religiosos y fieles, reunidos por iniciativa del padre procurador del convento, fray Carlos Molina, y del guardián, fray Bruno Varriano.  La celebración fue seguida por una procesión a la Casa de la Virgen.

El mismo día tuvo lugar otra celebración en Jerusalén, en el convento de San Salvador, presidida por fray Agustín Guadalupe Pelayo, superior y párroco de San Antonio de los latinos en Jafa y capellán de los latinoamericanos de Tel Aviv.  En la homilía de fray Nicolás Márquez, profesor del StudiumTheologicumJerosolimitanum de San Salvador, ilustró el acontecimiento guadalupano a la luz del Evangelio y de los documentos de la Iglesia.  Al son de las notas de “La Guadalupana” los asistentes se trasladaron en procesión al salón de la curia custodial en el que, tras la consagración a la Virgen y la bendición, fueron invitados a compartir un ágape fraterno con platos de tradición latina y filipina.

La tercera celebración tuvo lugar, siguiendo la tradición, en la capellanía latinoamericana de Tel Aviv. Dos coros animaron la solemne Eucaristía presidida por fray Agustín Guadalupe Pelayo, en la que participaron varios sacerdotes y jóvenes frailes llegados desde Jerusalén para la fiesta, así como seminaristas neocatecumenales.  En esta última santa misa también participó la comunidad árabe, que acompañó a los fieles latinoamericanos y filipinos para compartir la alegría y vivir una nueva experiencia de fe que abarca culturas lejanas.  En la homilía, fray Agustín insistió en lo que deben significar las apariciones de Guadalupe para la vida de los fieles: “que sean útiles para recuperar el amor y la ternura de Dios”, dijo.  “Todos estamos invitados a cambiar los montes desiertos de nuestra vida, como hizo María con su visita a nuestras tierras”, continuó fray Agustín.  “Debemos trasmitir la alegría que nos caracteriza como cristianos, especialmente como latinos”.

También esta última celebración precedió a varios momentos de fiesta que se sucedieron a partir de la pequeña procesión tras la cual se realizó el encendidodel árbol de Navidad, la iluminación del convento de San Antonio y un breve concierto navideño.  Una parte importante de la veladafue la representación del Milagro de Tepeyac, por parte de las hermanas del Verbo Encarnado, motivo de alegría para la comunidad reunida.  Posteriormente, los jóvenes del seminario neocatecumenal se encargaron de un pequeño concierto de Navidad al que siguió la cena en la que todos compartieron productos típicos de su país de origen. Como una familia, la comunidad se reunió de nuevo en torno a una gran mesa.

Fray Agustín dio las gracias a todos, comparando las cifras exorbitantes del santuario de Guadalupe, que este año conmovió a los diez mil fieles reunidos para la fiesta, con el número más reducido de representantes de la comunidad presentes en la fiesta de Jafa. “Realmente nuestros corazones latían llenos de alegría por el don de nuestra Madre”, dijo, y añadió el agradecimiento a Dios por el regalo de la impresión de su imagen.


Fr. Augustin G. Pelayo