Corpus Christi: “llamada, nostalgia y conversión”

Al son de las notas del Magnificat terminó la liturgia de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Santo Sepulcro, celebrada el miércoles 10 y el jueves 11 de junio.

“La Eucaristía es todo esto” dijo en su comentario al Evangelio monseñor Pierbattista Pizzaballa, administrador apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén, que presidió la liturgia ambas jornadas. “Alimenta no solo nuestra vida interior y espiritual, sino también nuestros afectos, nuestras relaciones, en resumen, todo lo que pertenece al aliento que Dios ha insuflado en nosotros desde la creación del mundo (Gn 2, 7) y que nos hace personas capaces de amor, de inteligencia, de entrega. Esto es lo que celebramos con la solemnidad de hoy”.

 

Según la tradición en Tierra Santa, la festividad se celebra el jueves en el Santo Sepulcro y comienza con la entrada solemne del administrador apostólico que precede a las primeras vísperas del miércoles.  A continuación, el administrador apostólico y los seminaristas del Patriarcado Latino participan en la procesión diaria con los frailes franciscanos, que termina con la oración de completas.   Durante la noche, siguiendo la liturgia reservada a la Cuaresma, se celebra el oficio de la Vigilia presidido por el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, ante el edículo de la Tumba Vacía.

 

Establecida históricamente en 1247, la solemnidad se creó para subrayar y celebrar la presencia real de Cristo en la Eucaristía después del recuerdo del Jueves Santo. Así como las celebraciones del Descubrimiento de la Santa Cruz ayudan a acercarse de manera más profunda al misterio de la Pasión y muerte de Jesús, también esta solemnidad permite a los fieles centrar la atención en la Eucaristía.  Es precisamente tras la Pascua, nos dicen estas celebraciones, cuando es posible meditar profundamente sobre los misterios que se celebran en los tres días del Triduo.

Celebrada litúrgicamente el día de la institución de la Eucaristía, el jueves, de la segunda semana de Pentecostés, en algunos países del mundo la festividad se traslada al segundo domingo después de Pentecostés para facilitar a todos celebrarla.  En Tierra Santa, la celebración es doble: la del Sepulcro conserva la tradición original y se celebra en jueves. La del convento de San Francisco en el Cenáculo, sin embargo, tiene lugar el domingo siguiente.

 

“La solemnidad que celebramos, y el momento particular que estamos viviendo, son para nosotros llamada, nostalgia y conversión”, concluyó su homilía el administrador apostólico.  “Que sea una llamada a nuestra vocación cristiana, de Iglesia, comunidad que sabe entregarse y vivir la pérdida sin por ello sentirse perdida.  Nostalgia por el cielo, al que ya pertenecemos, y que en experimentamos en el sacramento”. Y, finalmente, conversión, para que el momento que estamos viviendo nos permita reflexionar sobre nuestro estilo de vida, orientándola a “un cambio de perspectiva, que sea más respetuoso con la armonía de la creación y con la verdad del hombre, que Cristo nos ha revelado”.

 

La celebración concluyó con la tradicional procesión con las tres vueltas alrededor de la Tumba Vacía, en el centro de la Anástasis, y una completa alrededor de la Piedra de la Unción, que precedió a las tres bendiciones solemnes con el Santísimo: una frente al Edículo, una segunda en el altar de María Magdalena y la tercera en la capilla franciscana.

 

Giovanni Malaspina